domingo, 27 de febrero de 2011


Revista del Círculo Literario de Maipú

Nº 6 - Febrero de 2011


Enrique Dario Lamas - Julio Abel Sotomayor
Osvaldo Mora - Palmenia San Martin
Roman de la Parra - Gladys Abarca
Connie Tapia - Patricia Franco
Alberto Perez - Raul Tapia y
Rolando SalasCabrera

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En el último encuentro del año pasado, el tema de la presentación fueron “las voces de la memoria”; recuerdos que cada persona extrae en un determinado momento, para presentarlos y mostrarse ante los demás. La época de vacaciones, ese tiempo como puntos suspensivos en el año, que facilita el descanso y hace olvidar las premuras y exigencias de la vida cotidiana, favorece también la retrospección, el ensimismamiento.


En esta ocasión se han tomado variados textos, desde la mirada que abarca una larga vida, momentos breves y significativos, parte de las memorias de alguien que quiso mostrar a sus hijos europeos sus raíces chilenas, ejercicios de memoria de otra escribiente “antes del olvido”, pinceladas de un amor pasado, andanzas en grupo por barrios olvidados, hasta el relato en tercera persona de un autor de varias obras publicadas, que planea convertir sus recuerdos en una novela.

Toda persona debiera plasmar sus vivencias por escrito cuando se ha abandonado el excesivo pudor de mostrar la intimidad y se pretende dejar una huella, por minúscula que sea.


Confesiones


                                     Enrique Darío Lamas

         Es un alivio, un aligeramiento,  confesarse. Si fuese creyente concurriría  a una  iglesia. No lo soy y entonces  molesto  a mis  amigos  contándoles  algunas  cosas. Total, son tan pocos los que en el día  de hoy se interesan por leer, que  pienso  que  estos  asuntos  no trascenderán  del Círculo  al que pertenecemos.
               
Primera.- Nunca  me  imaginé  viejo y todavía  no lo consiento, pese a que  hace poco  cumplí  40  años  por  segunda  vez . Esta  mayoría  de edad  me ha traído problemas  de orden  social .Se producen  en mi barrio  donde  entro  y salgo hace  ya  tantos  años . Vecinas hay  que  apenas  me saludan y noto en sus rostros  un rencor  algo sordo que  se puede  traducir  con  una pregunta...¿porqué  este  hombre  sigue  vivo? 
          Es  cierto  que  han  muerto en estos últimos  años, algunos  vecinos  de  mi  edad o quizás  menores, maridos, tíos  o  que  se  yo  de  esas  señoras. Los  jóvenes  que  me  conocen  desde  hace  mucho siempre  me  preguntan :"¿Cómo  está  la  salud , Don Enrique?" .Mi  respuesta  a  toda  voz  es :"Bien. Gracias.".Eso  al parecer,  no les  agrada.
           Por  supuesto  que  con nadie  repaso  mis  achaques  y  no tienen  que  enterarse  que  si  me  tomo  una  copa  de vino, el ataque  de  gota  que  me  acecha  me  clava  sus dientes  de lobo. Hay  un vecino  que  tiene  más  suerte  en  eso. Pasa  muy  seguido  a la cantina  conocida como "El  Cobre " y  allí  se  excede, pues ya  tiene  la piel  como  sopaipilla pasada. Es  un viejo  flaco que  anda  con  las  piernas  arqueadas para  no caer  al  suelo  cuando  camina. Es  el último  viejo  que  me  queda  en la absurda  competencia ideada  en este barrio para  dirimir  quien  estirará  primero  la pata.
         
 Segunda .-Los  que  estuvimos   en casa  de  María  A. Villegas  y  conocimos   aspectos  de  su biografía  de  su  libro "El pasado  visto  con  mis  ojos",quedamos  con  la  sensación  de  que  la realidad  que llamamos  el pasado, se puede  alejar, mantener  a  raya, diciéndole:  tú  estás  allá  y  yo  aquí .
           Pienso  que  eso  no  es verdad. El pasado  es  la única  realidad que  conocemos .Llamamos  presente  a  una delgada  línea ,que siempre  está  despegándose  del pasado, pues  somos  cual surfistas deslizándonos  sobre  esa  realidad  que  se nos  viene  encima  a cada  segundo. Con  la  muerte  individual  es  entonces  el  presente  el que  muere. Se  muere  la  conciencia  que  mantiene  el equilibrio entre lo que  hicimos  y  lo  que  hacemos. .Morimos  también  a cada  instante  cuando  reflexionamos  pues  allí  no tenemos  conciencia  de ese  acto.
               
Tercera .  Mi  varonía  tiene  aún  el privilegio de sentir la atracción  por lo  femenino. Aunque  mi  fuego  se  haya  apagado, alguna  brasa debe  quedar porque  aprecio  el  giro, el gesto, el  aire  y  el donaire, la  sutil  vibración  que emana de las mujeres. A  mi  mirada  apreciativa ellas  contestan  con  una  leve  sonrisa. Seguro  que  en casa  comentarán  :"pero  a este  viejo  todavía no se le  quita ..." Juro  que  no  es  lascivia  y  no  puedo  expresarlo  con  pocas  palabras.
              
Cuarta  confesión: Tengo  una  vida  secreta   en  un  espacio  mental  ilimitado. Si  me  lo  permiten  hablaré  de ello  en  otra  ocasión. 



Viento Ranquino




                                          Osvaldo Mora Rivas



Viento del Sur,
encontré al cordillerano viento;
venía del lago hacia los cerros,
iba yo mirando aquella altura y
me sentí empujado por su aliento.

La tierra seca bajo mis pies inquietos,
la va arreando como peón moreno;
cual niño travieso sopla al polvo,
polvo que a las hojas, al pasto,
a mi enredado pelo, a mis ojos;
es jinete de tierra en bueyes sudorosos.

Luego ya se calmó, bajó el polvo a la huella,
se agitó unos momentos y se durmió en las piedras.
Seguí mi marcha lenta y a poco subir cuestas,
sentí me hacía falta su mano suave  y fresca.

Cerca está ya  la cumbre, el sol quema mi rostro,
los pastos se retuercen por los fuegos eternos;
así pesa el cansancio, como pesan los años
al animal de tiro y al abuelo del barrio.

Mis pies quieren negarse a seguir avanzando,
pero siento tu voz viento cordillerano,
que me invita riendo, a seguir caminando y
mirar de más cerca, como vuelan los pájaros.

                                          

Cuando llegue ese día


Patricia Franco


(A la manera de Teillier)

La madera de esta caja volverá a ser árbol
el mesón del carpintero será puerta de la casa
tejas amontonadas en el suelo
coronarán las vigas del hogar materno.

El asador cubierto de hollín olvidado en un rincón
volverá a ser caldero que moldeaba el gitano
en el patio de la antigua casa
el perro escapará de la fotografía
ladrará a los espectros que se deslizan por los muros

Saldrá del sobre de papel manila
el mechón guardado en secreto
volverá rubia tu cabeza olvidada
cuando vuelvas  a casa en el landrover
la sombra de la pipa de cerezo
lanzará humo de Prince Albert
velando el fulgor que tuvo
tu mirada gris.

Los hormigas seguirán intercambiando señales
el día que alguien abra la cerca ruinosa
esperando que lo detenido en el tiempo
comience a vivir otra vez.



Ciclomagia reconstructiva



                                      
                            Román de la Parra

De pie frente a mi tumba
contemplo mi cadáver
y me doy cuenta
Que estoy vivo

Corro a la calle
tropiezo con mi sombra
un bocinazo me alerta
Se oye una frenada
es mi auto que me atropella

bajo para verme
me horrorizo con tal espectáculo
para romper en llanto
como una niña

entonces me doy tiempo
tomo el último cigarrillo
aplastado en mi billetera
lo enciendo tembloroso
-fumo-
cenizas caen
sobre mi cuerpo atropellado

Voy a mi auto
saco un revólver de la guantera
y tomo la vida de tu prójimo
con mis propias manos

Sólo yo fui a mi funeral
me llevé flores
y estando de pie frente a mi tumba
contemplo mi cadáver


¿Recuerdas?


                                                                         Connie Tapia Monroy


¿Recuerdas aquel lugar donde solíamos empuñar las canciones en nuestras manos, saborear el sucio sonido de la guitarra eléctrica, aspirar el humo del cigarrillo ajeno, beber esa botella de ron que pasaba de mano en mano? 
¿Recuerdas que aquellas canciones nos encontraron, cuando buscábamos alimentarnos de nuevos sonidos? ¿Recuerdas ese día que por primera vez nos miramos? saqué un mechón de cabello que molestaba tu rostro, esa fue la primera vez que mi mano rozó tu piel. ¿Recuerdas que muy cerca niños jugaban y gritaban, era un día de verano, febrero exactamente, te regalé un libro con hojas de roneo, era un libro barato, de mala calidad, con poemas y cuentos en el interior también de mala calidad, sin embargo tu lo recibiste con alegría, se suponía que cambiaríamos un tape o un CD, sin embargo a cambio de eso te di un libro de mala calidad e igual sonreíste y como agradecimiento me regalaste el primer beso? ¿Recuerdas que desde ese día ya no dejaste de llamarme?

¿Recuerdas que a los pocos días estabas aterrorizado? decías que solo éramos amigos, que ella aún estaba en tu corazón, yo te dejé tranquilo con tus recuerdos, me fui de viaje por largo tiempo y al volver aún era tu amiga, siempre fue así, una amiga que solo querías proteger, siempre repetías que tu misión era cuidar a la dama blanca del bosque. ¿Recuerdas cómo me acurrucaba atemorizada en tus brazos? ¿Cómo podía dormir con mi cabeza apoyada en tus piernas?

Recuerdas la primera película que fuimos a ver juntos, el primer helado, la primera barra de chocolate, la primera canción. ¿Lo recuerdas? Recuerdas aquellos poemas que deposité para ti en el buzón de correo en sobres de color. Esa fue la vez que logré que me miraras nuevamente y creo que esta vez ya no fue solo como amiga.

Recuerdas el viaje a Isla Negra, donde nos sentamos por horas en las rocas frente al mar, donde en silencio observábamos las olas romper junto a nuestros pies, mientras unas tímidas gotas de sal caían en nuestros rostros.

¿Recuerdas cuando una llamada telefónica cambió nuestro destino y decidimos estar juntos para siempre? Que peculiar forma de hacerlo, siempre te costó mirarme a los ojos, incluso para las decisiones importantes, sin embargo eso jamás importó. No pasó mucho tiempo después de ese episodio y en un pequeño cuarto comenzó la historia más importante de nuestra vida, solo tú y yo en nuestro universo. Nos amábamos, eso era lo importante.

Faltaron muchas cosas, faltó el trabajo, el dinero, pero no importaba, eso era lo de menos, ya que día a día nos amábamos más y más.

Aunque no sé realmente que pasó al transcurrir el tiempo, no lo sé. No recuerdo exactamente cuando mi cama se quedo vacía y no sé realmente si ese día tomé o no mis maletas o simplemente decidí seguir. Creo que tampoco recuerdas el día en que me llamaste Nora por primera vez y comencé a vivir en la Casa de Muñecas. 

Pincelada de existencia con anécdota




Julio Abel Sotomayor Campos


     En la ciudad de Santiago de Chile a mediados del siglo veinte, en el mes de agosto del año mil novecientos cincuenta y dos, una mujer de extracción humilde ingresa a un hospital con síntomas de parto acompañada por su segundo hijo, de diez años, para dar a luz su séptimo hijo. Además de sufrir los inevitables dolores del parto, aquella mujer, pensando de dónde va a obtener el alimento para otra boca que se agrega a su ya numerosa familia, padece de un gran sentimiento de culpa por traer a esta vida un hijo no deseado. Así aparecí por éste mundo un día diez y seis.

     Me pusieron Julio Abel, nombres de los abuelos y con los que bautizaran al hermano que me había precedido, fallecido a los pocos meses de vida. Mis dos hermanos mayores son varones y las tres siguientes mujeres, por lo tanto, a excepción de los primeros años de infancia, en que jugaba con la menor de las mujeres, hubo una distancia con ellos que perduró hasta cuando fui un hombre casado y nos juntábamos regularmente junto a nuestra madre cuando estaba con nosotros.

Mi niñez se deslizó recorriendo el cerro San Cristóbal, ya que vivíamos a sus faldas por el lado de Valdivieso y era nuestro patio, o bien, en otras ocasiones, chuteando una pelota contra la pared mientras escuchaba desde la radio encendida de un vecino las canciones de la nueva ola gringa, Paul Anka, Ray Charles, Brenda Lee, Ricardito, The Platers, Chuck  Berry, Frankie Lane, etc. Más adelante, los domingos asistía a la matinée  a ver wester norteamericanos, películas mexicanas. También en el cine Gardel, que estaba ubicado en la calle Valdivieso con Tres Norte, pude ver grandes películas con insignes actores y actrices de aquellos tiempos que me mostraban un mundo fascinante hacia el cual me evadía en mis largos momentos de soledad.  No recuerdo el numero de la escuela, ubicada a pocas cuadras de nuestra casa, pero sí el nombre de mi primer profesor, Don Heriberto Pacheco Jara, un hombre alto, delgado, semi calvo, de rostro bondadoso. En definitiva creo que fue él quien motivo mi interés por la lectura y la escritura que tanto me ha apasionado durante toda la vida, con esas composiciones que nos hacía escribir para el día de la madre, del carabinero, etc. , y las historias de Pedro Urdemales que leíamos.

     Posteriormente nos cambiamos a la comuna de Barrancas (hoy Cerro Navia) donde me matricularon en el Liceo San José. Empezaba entonces a  cursar el primer año de humanidades. En el segundo semestre, un día lunes que nos tocaba educación física, como no tenía el equipo de gimnasia que exigía el colegio, nos fuimos con otro compañero al cine que estaba cruzando la plaza Garín. A pesar de haber obtenido un excelente promedio en el primer semestre, el segundo fue un desastre. Frustrado por la falta de cuadernos y otros implementos, que en cierta oportunidad solicité a mi padre quien me mandó a freír monos, y como las clases eran en la tarde, me puse a trabajar en el almacén que estaba al lado de nuestra casa, en la calle Roma de la Población Italia.

     A las seis de la mañana salíamos con Don Víctor, mi patrón, a la Vega. Antes de terminar el año escolar abandoné el colegio y después de un tiempo de ser explotado por el vecino, comencé un deambular por diferentes oficios hasta que, estando por cumplir diez y seis años, ingresé a trabajar en un edificio del centro de la capital como aseador-ascensorista donde me mantuve hasta que me tocó cumplir con mi servicio militar el dos de enero de mil novecientos setenta y dos en el regimiento Coraceros de Viña del Mar. El veintisiete de septiembre de ese año me otorgan la baja, que había solicitado al ejército, y el día veintiocho nos casamos con Gladys quien esperaba a nuestra primera hija.

     En diciembre de mil novecientos setenta y dos, mi jefe en el edificio donde había vuelto a trabajar después de salir del ejército, me consiguió un puesto como auxiliar en una institución financiera. Como el sindicato de la empresa, en aquellos tiempos los sindicatos tenían fuerza, implementara un centro educacional aprobado por el Ministerio de Educación para regularizar los estudios del personal que así lo quisiera, me matriculé y, aunque después vino el golpe militar con todas sus nefastas secuelas, el sindicato destruido y con ello el centro educacional, de todas maneras terminé la enseñanza media completa y el año mil novecientos setenta y siete egresé del Liceo Nocturno Nº 14 Manuel Luís Amunategui.

     Posteriormente intenté seguir en la Universidad, donde estuve un año, pero las responsabilidades del hogar ya con tres hijos y del trabajo en donde, gracias al hecho de haber terminado la educación media se me había promovido a la planta administrativa y tenía la posibilidad de seguir ascendiendo, me hicieron desistir y concentrarme en el trabajo y participar en todos los cursos de capacitación que me convocaran. Siempre que entraba en una aula y aún hoy, es inevitable para mi no recordar mi primer día de clases.

     Yo estaba muy entusiasmado con la idea de ir a la escuela, sin embargo, el día que llegamos con mi madre y entramos a esa construcción inmensa, donde en una sala sombría me esperaba un señor a quien nunca había visto, quise salir arrancando inmediatamente. Fue inútil que me sujetaran, me rogaran, me amenazaran. El pobre Don Heriberto quedó con sus canillas delgadas llenas de hematomas con mis feroces puntapiés. No hubo caso. Logré desprenderme de las manos que me sujetaban y salí corriendo. Llegué hasta la casa de una abuela vecina donde me quedé toda la tarde. Ese día la abuela frió en una sartén grande unas sabrosas sopaipillas que le vinieron muy bien a mi estómago, por esos tiempos siempre medio vacío.

     Volví a mi casa entrada ya la tarde con susto, pero luego, como nada me reprocharan, me serené. Mi madre se hizo le desentendida, me sirvió un resto de sopa que engullí muy tranquilo y después me fui a la cama. Al día siguiente no pasó nada y pude seguir con las andanzas solitarias recorriendo el San Cristóbal. En la mañana del tercer día después de mi rebelde actitud vi aparecer una pareja de carabineros. Luego de conversar con mi madre se acercaron hacia donde me encontraba. No dijeron nada, fue mi madre la que hablo por ellos diciéndome que ellos decían que si no asistía al colegio tendrían que llevarme a la comisaría.

     Por la tarde entraba a la escuela, en donde siempre me sentí feliz.



Biografía




Gladys Abarca Villa


Mi nombre es Gladys Concepción, afortunadamente mi primer nombre es Gladys, el que mi madre defendió, ya que mi padre, católico ferviente, quería que me llamara Purísima de la Concepción.

Creo que ese hecho hizo que fuera toda mi vida una agradecida de mi madre, porque ella , una mujer que nació a principio del siglo XX, época en que la mujer no discutía las decisiones de los hombres, fue capaz de defender el futuro de su hija. ¡Gracias madre!
El tener un nombre yanqui tal vez fue lo que me dio personalidad. Desde mi época de estudiante participé en todo tipo de organizaciones; fui dirigente estudiantil, en un club deportivo, en un equipo de gimnasia, y en los aniversarios de los colegios, dirigente del show de las festividades.

Cuando me enamoré como a los 18 años, convencí a ese joven un poco tímido, aunque siete años mayor, que lo mejor que podía hacer con su vida era casarse conmigo, de eso hace ya más de 56 años y aún está a mi lado aunque creo que más de una vez se ha arrepentido.
Tengo tres hijos que son mi mayor orgullo, ellos ya tienen su vida formada pero siempre están cerca de mí, formamos un clan en el que están yernos, nietos, bisnietos, etc.
Desde que me casé, planifiqué mi vida y siempre pensé que nada en este mundo podía impedir cumplir mis metas. Pero no contaba con que a veces se desatan fuerzas malignas externas, poderosas, que nos hieren y destrozan todos nuestros planes. Fue un 11 de septiembre donde cambió mi vida, tuve un giro que ni siquiera en mis peores pesadillas lo vi, de pronto estábamos cesantes y con tres hijos en edad escolar.

El miedo pasó a ser el pan de cada día en nuestro hogar, fuimos allanados, nuestra casa casi destrozada, retirados nuestras cédulas de identidad, golpeado mi hijo, yo insultada, el delito cometido fue ser parte del gobierno derrocado.

Mi esposo y yo habíamos ingresado al Partido Comunista, allá por el año 60. considerábamos que un gobierno que favoreciera a las mayorías, defendiera las riquezas naturales del país, le daría mejores condiciones de vida a todos.

En estas condiciones, organicé mi vida lo mejor que pude, crié pollos, conejos y patos, empezó un desfile a la casa de compra de joyas, lo último que desapareció  fue mi argolla.

En ese estado estaba cuando aparece un compañero de partido que me propone hacer un viaje a Lota, me pagarían pasaje y un pequeño sueldo. Mi tarea era recoger un sobre en una casa y volver a Santiago. Sin pensarlo mucho, acepté. Partí el día indicado en un bus llevando poco equipaje, en el trayecto repasaba la historia que debía contar si por alguna razón fuera interrogada; el miedo me aguijoneaba el estómago pero estaba dispuesta a jugármela para salir airosa.
Llegué a Lota de madrugada, una leve llovizna mojaba las casas y mostraba con más crueldad la pobreza del pueblo.
Para no llamar la atención, tomé una liebre que me llevó al pie de una escalera que desembocaba en el cementerio.
Al empezar a subir, noté que era con pequeños descansos y un poco asimétrica. De pronto me volvió a la memoria la escalera de mi infancia.
Yo nací en Valparaíso y viví hasta los doce años en el cerro Bellavista, el ascensor que tenía para subir estaba detrás de la iglesia del Espíritu Santo que daba su frontis a la plaza Victoria. Me afirmé de la baranda y me puse a llorar, me veía bajar corriendo las escaleras al lado del ascensor, para llegar a la hora al colegio.
Mi padre me daba los centavos que valía el pasaje, pero yo bajaba las escaleras todos los días y el dinero lo usaba para comprar un pan de huevo que vendía una señora en la puerta del colegio.
Esa escalera era igual que la que estaba pisando en ese momento, pero las condiciones eran ¡tan distintas!

Creo que es la única vez en mi vida que me he cuestionado, ¿Qué hice de malo? ¿Dónde erré mi rumbo? Aún recuerdo la llovizna, la escalera y las lágrimas corriendo por mi cara.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero sé que al seguir subiendo ya tenía claro que si debía sobrevivir así, lo haría lo mejor posible.



Veraneos


    



    Patricia Franco Muller

   Cuando se tomaba la decisión de salir a veranear a la costa, los días transcurrían más rápidamente, llenos de expectativas y afanoso trajín. 
El bus partía lentamente de su paradero en la parte baja de la ciudad, hasta enfilar con nuevos bríos hacia el llamado Camino a Melipilla, luego Av. Ramón Freire, donde podían observarse a ambos lados de la carretera unas pequeñas viviendas, mitad inferior de ladrillos y mitad superior de madera, pareadas, provistas de un reducido jardín, que yo reconocía como “las casitas de enanitos.” Me preguntaba cómo sería vivir en esas casas, tan alejadas del centro de la ciudad y con tan poco espacio para darse vuelta. Me habría horrorizado conocer dónde estaría ubicada y cuánto más pequeña y miserable sería mi casa 65 años después.
   
      Llegando a Melipilla, el bus se detenía por un largo rato, mientras era asaltado por las vendedoras vestidas de blanco que voceaban sus comestibles: dulces chilenos, pan amasado, huevos duros y unos emparedados de ave. Según aseguraban los entendidos, los hacían de tiuque.
   
      El lugar elegido para los veraneos de todos los años era un balneario tranquilo y con cierto aire eclesiástico, que se llamaba apropiadamente Las Cruces. Lo de eclesiástico era porque los habitantes del sector alto se autodenominaban “Vaticano” y los de la parte baja “Quirinal” (o viceversa). Si mal no recuerdo, una de sus habitantes era Juanita Quindos de Montalva,  amiga de mi abuela, y quien propiciaba la artesanía local consistente en figuras diversas formadas por conchitas barnizadas: pájaros, pingüinos, perros, bailarinas, etc.

     Llegando desde Cartagena, se podía apreciar una pequeña laguna, llamada “de los patos” (ahora laguna El Peral) donde se observaban gran cantidad de patos y cisnes salvajes. No se permitía la construcción de viviendas en los alrededores para no molestar a las aves. Ahora, las viviendas han ido cercando cada vez más la laguna hasta que quizá terminen por ahuyentar a sus primeros habitantes plumíferos. Pasando la laguna comenzaba el balneario de Las Cruces con algunas casas en la calle junto a la playa, calle que iba subiendo hasta llegar a la parte central donde se ubica la Playa Chica. Desde la parte alta, la visión de la tal playa era muy prometedora, las olas se formaban parejas y previsibles, el color amarillo de la arena contrastaba con los verdes y azules del agua, hileras de oscuros pinos descendían en el extremo norte. Pero abajo era otra cosa. La arena era muy gruesa y se incrustaba dolorosamente en los pies desnudos. Entrar al agua no era fácil; las olas golpeaban con fuerza y rechazaban todo intento de aproximación. La playa era bastante profunda y sólo lo pasaban bien los buenos nadadores. A mí generalmente me aplastaban las olas o me cogían y me lanzaban al borde y tenía que retirarme completamente derrotada a lugar seguro donde sacar las pequeñas piedras incrustadas en las rodillas. Además había tanta gente que apenas se tenía espacio para extender una toalla. 

     Pero había otras playas en dirección a El Tabo donde era muy agradable ir por las tardes y recorrerlas, regresando después de la puesta del sol. El primer paso era llegar a la llamada Punta del lacho, que era un pequeño promontorio de rocas que se adentraba en el mar. Antes de llegar a él, bordeando la costa, la erosión había formado en la arena endurecida montañas y desfiladeros en miniatura que era muy trabajoso recorrer. Me imaginaba ser un gigante en el Gran Cañón del Colorado y recorría toda su extensión por puro gusto, ya que había otros senderos que evitaban tanto esfuerzo. Al llegar a la punta, se debía bajar un sendero algo empinado de polvo y arena suelta, fácil en la bajada y agotador al regreso. El encanto de esas playas más lejanas residía en su escasa popularidad; apenas se veía gente. Sólo en Guaylandia se divisaban pequeños grupos haciendo gimnasia en la playa o jugando bajo la dirección de algún monitor. 

     Alguna variedad en los paseos lo constituía el arrendar un caballo y hacer el mismo recorrido en forma más descansada. Las bestias iniciaban la ruta con muy pocas ganas; cuando enfrentaban una subida o bajada algo pronunciada se detenían en seco, echando las orejas hacia atrás con aire de protesta, como indicando que los esfuerzos extra no estaban contemplados en su contrato de trabajo. En cambio al regreso sufrían una increíble transformación: alzaban el cuello dirigiendo las orejas atentamente hacia delante, levantaban garbosamente las patas que hasta hacía unos minutos casi arrastraban y hasta se permitían un relincho de entusiasmo; entonces había que refrenarlos para que no se lanzaran a una carrera suicida en busca del anhelado descanso. Podía ser que pudieran quedarse ociosamente sin hacer nada mientras mordisqueaban el pasto, pero también se daba que, tan pronto llegaran a puerto, ya había otro cliente en espera de su paseo y la función empezaba de nuevo para el pobre animal. Ese comportamiento hacía recordar a los humanos que no se trataba de una máquina, sino de un esclavo obligado a trabajar, pero que se reservaba el derecho a expresar su opinión.


     Permanecíamos generalmente hospedadas en la Residencial Uribe, en compañía de mi abuela, mi tía Maruja y su marido más el perro del momento. En compañía de este último se emprendía por las tardes el paseo a las playas más lejanas. Y así transcurrían los días sin altibajos hasta que llegaba el momento del regreso a Santiago y me comenzaba a doler el estómago. Partía el bus por la tarde y el comienzo del viaje tenía cierto encanto al disponer de un par de horas sin recibir instrucciones de nadie. Pero a medida que el sol se ponía y llegaba la sombra a los áridos cerros que anunciaban la capital, una gran tristeza me invadía, como si la soledad y desamparo del paisaje se me hubieran metido adentro. Y esa sensación no era nueva, se había comenzado a manifestar mucho antes, cuando era llevada de vuelta a la casa después de jugar en una plaza, por ejemplo. El ingreso a casa era como una garra opresora en la garganta, todo me parecía feo y desolador. Esa especie de alergia doméstica tardó en disiparse. Sólo al regresar al departamento de Bustamante, ya en la edad madura, me parecía agradable y acogedor. 
Claro es que para contrarrestar el efecto de los maléficos espíritus del retorno, llevaba cassettes especiales en el auto, catalogados como “música de tarde” y que incluían melodías frívolas y engañadoramente escapistas. Pero sea cual sea el camino de regreso a Santiago, los accesos son terriblemente feos, fríos, miserables, sucios, deprimen el alma y huelen a tango. 

     El único camino feo y sórdido que tenía su cierta gracia, era el acceso al poniente en la carretera Norte-Sur, en las cercanías de la siniestra calle Placer, donde, luego de vueltas por calles grises y deprimentes, aparecía un letrero esperanzador y evocativo “AL ORIENTE POR PLACER”. Al verlo me volvía el alma al cuerpo, en el viaje de regreso a Maipú. Quizá haya otra manera de abrir el alma cerrada a esas viviendas tan desoladoras y sería el poder penetrar mágicamente en ellas y conocer a sus habitantes y su vida. Creo que podrían perder así parte de su sordidez. (O aumentarla, considerando que todo lo malo puede empeorar). Ahora, si miro con ojos ajenos el barrio donde actualmente vivo: lejos del centro de la ciudad, junto a un cementerio pobre, frente a una funeraria, calles llenas de basura, muros rayados, botillerías con vinos malos en cada cuadra, rebaños de perros miserables, cumbias a todo trapo a la menor provocación, gente mal encarada, caminando sin gracia, siento que el asunto es para enterrarse. Pero supongo que todos sienten lo mismo, porque nadie vive en un lugar así por su propio gusto, sino simplemente por su propia falta de presupuesto. 
Mal de muchos ..




NACIDO EN FEBRERO






Fue el mayor de diez hermanos supervivientes de una familia de clase media baja.  Nació el 2 de febrero de 1882 en un suburbio de Dublín.
 Existen dos estatuas de tamaño natural que lo representan caminando por las calles de Dublín y Trieste, un busto lo recuerda en St. Stephen’s Green en su ciudad natal; su imagen apareció en el billete irlandés de diez libras emitido en 1993, entre otros recordatorios. Es uno de los grandes escritores que no ganó el Nobel.

James Augustine Aloysius Joyce, (1882 – 1941) novelista y poeta irlandés es considerado uno de los más influyentes escritores en la vanguardia de comienzos del siglo pasado. Estudió en un internado de jesuitas hasta que debió retirarse porque su familia no pudo seguir financiándolo, pero posteriormente le fue ofrecido un sitio en otro colegio de jesuitas, Belvedere onteve, con la esperanza de que se uniera a la orden.
Sin embargo, Joyce habría rechazado el catolicismo alrededor de los 16 años, aunque la filosofía de Tomás de Aquino continuó influenciándolo a lo largo de su vida. Algunos biógrafos sostienen que, tarde en la vida, se habría reconciliado con esa fe, ya que, leyendo entre líneas los trabajos de Joyce se vislumbrarían vestigios de fe y actitud católicas. Sin embargo, a su muerte en Zurich (13.01.1941) cuando un sacerdote católico trató de convencer a su esposa Nora de celebrar una misa de difuntos, ella replicó: “No podría hacerle eso a él”.En cambio, un tenor suizo cantó: Addio terra, addio cielo del Orfeo de Monteverdi.

No fue nacionalista ni menos un entusiasta del idioma gaélico. Después de su graduación  universitaria – estudió inglés, francés e italiano – viajó a Paris con intenciones de estudiar medicina, lo que abandonó debido a su dificultad con los términos técnicos.


Tuvo que regresar a los pocos meses por la muerte de su madre.
Su primer texto fue la novela “Stephen, el héroe”, el que abandonó, después reescribió como “Retrato del artista adolescente”,obra semi autobiográfica desde la niñez a la juventud, donde aparece como Stephen Dedalus, nombre que usará también en “Ulises”. 
Conoció a Nora Barnacle, quien con el tiempo sería su esposa y ambos partieron a Europa, donde él se dedicó a hacer clases de inglés en Trieste, donde permaneció por 10 años, En 1909 Viajó a Dublín para publicar su obra: Dublinenses, una serie de 15 cuentos, algunos satíricos, ambientados en el Dublín de comienzos del siglo 20, cuando el nacionalismo irlandés estaba en su apogeo. Sus personajes de clase media y baja aparecerán después en Ulises. No tuvo éxito con su editor. A su retorno a Europa escribió el poema “Gases de un quemador” (1912) como una invectiva contra éste.:


Pues estoy obligado para con Irlanda:
tengo su honor en mi mano,
esta hermosa tierra que siempre envió
a sus escritores y artistas al exilio
y con irlandés sentido del humor
traicionó a sus propios líderes, uno tras otro.[    de Gases de un quemador  1912)

Escribió una sola obra de teatro “Exiliados”, a pesar de su antiguo interés por el medio teatral. En 1915 se trasladó a Zurich con su familia, ayudado por dos alumnos suyos, personas de influencia. Muchos amigos le ayudaron en su carrera, en especial Ezra Pound, un entusiasta de la obra de Joyce.
Publicó varios libros de poesía.
Comenzó después la novela por la cual sería mundialmente conocido: “Ulises”. Ésta se desarrolla en un solo día, el 16 de junio de 1904, como una parodia de la Odisea de Homero. El libro muestra varias áreas de la ciudad de Dublín en su miseria y monotonía. Consta de 18 capítulos, cubriendo cada uno de ellos una hora del día. Cada capítulo emplea su propio estilo literario y se refiere a episodios específicos de la obra de Homero. La combinación de escritura caleidoscópica con una estructura en extremo formal convierte al libro en una importante contribución al desarrollo de la literatura modernista del siglo 20. Tuvo un sinfín de dificultades para publicarla por motivos de censura.


A continuación, la parte final del monólogo de Molly (Penélope), muestra del flujo de conciencia o monólogo interior.


… me gustan las flores quisiera tener la casa entera nadando en rosas Dios del cielo no hay nada como la naturaleza las montañas salvajes luego el mar y las olas precipitándose luego la hermosa campiña con campos de avena y trigo y todo género de cosas y todo el lindo ganado andando por allí que haría bien al corazón ver los ríos y los lagos y las flores y todo género de formas y olores y colores brotando hasta de las zanjas primaveras y violetas eso es la naturaleza para aquellos que dicen que no hay Dios no daría ni el blanco de una uña por toda su ciencia por qué no se ponen a crear algo le preguntaba muchas veces a los ateos o como se llamen que vayan primero a lavarse sus miserias luego van pidiendo a gritos un sacerdote cuando se mueren y por qué porque tienen miedo del infierno a causa de su mala conciencia ah sí les conozco bien quién fue la primera persona en el universo antes de que hubiera nadie el que lo hizo todo ah ellos no saben y yo tampoco así pues podrían lo mismo tratar de impedir que el sol saliera mañana el sol brilla por ti me dijo el día que estábamos tumbados entre los rododendros en el promontorio de Howth con el traje de mezclilla gris y su sombrero de paja el día que conseguí que se me declarara sí primero le di un poco de la torta de semilla que tenía dentro de mi boca y era bisiesto como ahora sí hace dieciséis años Dios mío tras aquel largo beso yo casi perdí el aliento sí él decía que yo era una flor de la montaña sí eso somos flores todo el cuerpo de mujer sí esa fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla hoy por ti sí por eso me gustó porque vi que comprendía o sentía como es una mujer y supe que yo podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que podía para llevarle a que me pidiera que dijese sí y yo primero no quería contestarle mirando sólo el mar y el cielo estaba pensando en tantas cosas que él no sabía de Mulvey y Mr. Stanhope y Hester y de Papá y del viejo capitán Groves y de los marinos que jugaban a pájaro al vuelo y a saltar del burro y a lavar platos como ellos lo llamaban en el malecón y el centinela frente a la casa del gobernador con esa cosa alrededor del casco blanco pobre diablo medio achicharrado y de las muchachas españolas riendo con sus mantones y sus altas peinetas y de los gritos por la mañana de los griegos judíos árabes y Dios sabe quienes más de todos los rincones de Europa y de la calle del duque y del mercado de aves todas cloqueando ante Larby Sharon y de los pobres burros resbalando medio dormidos y de los vagos tipos dormidos con su cara a la sombra de las gradas y de las grandes ruedas de los carros de bueyes del viejo castillo de hace miles de años sí y de todos aquellos hermosos moros todos de blanco y con turbante como reyes pidiéndole a una que se sentara en su tiendecita de Ronda con las viejas ventanas de las posadas ojos mirando tras las rejas ocultos para que el enamorado bese los barrotes y de las tiendas de vinos entreabiertas por la noche y las castañuelas y de la noche que perdimos el barco de Algeciras el vigilante rondando sereno con su linterna y oh el mar el mar carmesí a veces como de fuego y las soberbias puestas de sol y las higueras de los jardines de la Alameda sí todas las raras callejuelas y las casas rosa y azul y amarillo y de las rosaledas y los jazmines y los geranios y cactus y de Gibraltar cuando niña y cuando flor de montaña sí cuando puse la rosa en mis cabellos como las muchachas andaluzas la llevan y debí llevar una roja sí, y cómo él me besaba al pie de la pared morisca y me pareció bien lo mismo de él que de otro y después le pedí con los ojos para poder volverle a pedir sí y él luego me pidió si quería decir sí mi flor de montaña y primero le rodeé con mis brazos y lo atraje hacia mí para que pudiera sentir mis pechos todo perfume sí y su corazón latía como alocado y sí dije sí quiero Sí


      Su última obra – y favorita – fue Finnegan’s Wake, texto que presenta un punto de vista de la historia fuertemente influenciada por Giambattisca Vico. Vico propone una visión cíclica de la historia, donde la civilización emerge del caos, pasa por fases teocrática, aristocrática y democrática y luego se precipita de regreso al caos. La más obvia muestra de esta influencia de la teoría cíclica de la historia se encuentra en las palabras iniciales y finales del libro, pues la obra finaliza con el comienzo de una frase y comienza con el final de la misma frase, convirtiendo el libro en un gran círculo. Fue escrito en Paris y su gestación abarcó 17 años.

     El título alude a una popular balada callejera cómica de mediados del siglo XIX, donde se narra la muerte y resurrección paródica de Tim Finnegan, un irlandés aficionado a la bebida, y que juega con el sentido etimológico de la palabra whiskey, «uisce beatha» o ‘agua de la vida’. El lenguaje empleado por Joyce lo hace en extremo complicado para el lector en inglés y casi intraducible a otro idioma, pues utiliza deformaciones de palabras, vocablos en infinidad de idiomas, siglas, símbolos, juegos de palabras y referencias que obligan al uso de un texto paralelo explicativo que algunos se han encargado de confeccionar. No fue el primer autor en distorsionar lenguajes, pues ya lo había hecho Lewis Carroll en “Jabberwocky” poema incluido en “Alicia a través del espejo” en 1872.

     Esta obra tuvo y tiene admiradores y detractores.

     Todos los personajes de las novelas de Joyce son irlandeses y la trama se desarrolla en Dublín.

Al respecto, declaró: Siempre escribo sobre Dublín, porque si puedo llegar al corazón de Dublín, puedo llegar al corazón de todas las ciudades del mundo. En lo particular está contenido lo universal.

Jorge Luis Borges afirmó sobre el autor: «Es indiscutible que Joyce es uno de los primeros escritores de nuestro tiempo. Verbalmente, es quizá el primero. En el Ulises hay sentencias, hay párrafos, que no inferior a los más ilustres de Shakespeare o de Sir Thomas Browne

 

 

Fuente: Wikipedia



AUTOBIOGRAFÍA




                                                     Palmenia San Martín Torrejón


-¡Ay, tengo que hacer mi biografía y no sé cómo empezar! Mi mente está en blanco. Bueno, a mis años, eso no es novedad. Pocas veces nos detenemos a pensar en el pasado, sólo para recordar uno que otro episodio. Pero abarcar toda una vida es una hazaña, por decir lo menos; sobre todo, si una tiene algunas décadas.

-Ja, ja, ja ¿Algunas?... yo diría un montón, más grande que la gran pirámide.
- ¿Quién habló?
- Uno de los fantasmas de tu vida. Nosotros te podemos ayudar mucho.
- ¡Sobre todo yo!
- ¡Cállate chicoco! Tú eres el menos importante.
- ¿Cómo que menos importante? Soy el fantasma de la niñez y sé que los mejores años de la Palme, fueron los de su infancia. Trata de no mirarme en menos. ¡Viejo!
- A ver, yo soy el fantasma de la vejez y creo que…creo que…¿Qué estaba diciendo? Se me fue la onda…¡Ah! Creo que cada uno de nosotros puede hacer un resumen de la época que le correspondió vivir junto a ti. Tú tomas nota y escribes ¿Fácil, no? Y como soy el mayor, me gustaría comenzar la narración.
- ¡Eso no es justo! Siempre los chicos comos los primeros.
- Así será, pero esta será una biografía atípica, así que siéntate y calla…¡Enano!
- ¡Siempre lo mismo! Parece que los años no te han enseñado nada. Ahora los chicos pueden conversar y opinar y nadie les da un coscacho, como en mi tiempo.
- Vejez, creo que el pequeño tiene razón.
- Mira, yo soy quien lleva más tiempo a tu lado, además, conozco mejor que nadie tus alegrías y sobre todo tus dolores.
- Pero no quiero hablar de ello.
- Es mi resumen y lo haré igual. Sólo me referiré al que más daño te causó.
- ¡No! Eso no ¡Por favor!
- Tranquila, lo contaré como si fuera un cuento, así nadie sabrá que, entre todos tus dolores, éste fue y es aún, el que más daño te ha causado. Escucha:
-…y cuentan que pasaron los años y aquella mujer siguió viviendo mucho más de los que habían augurado los médicos y, como era muy creativa, se inventó una vida de paz. Se volvió contemplativa y sabia.  Contemplativa porque, como no escuchaba, no le quedó otra opción. Sabia por eso de: “Más sabe el diablo por viejo, que por sabio”.
Dicen que olvidó sus grandes dolores, “son parte de la vida, decía con resignación”. Sin embargo, más de una vez, la vieron en un rincón del jardín, llorando con una vieja carta entre las manos – no sé si merece llamarse así – las cartas llevan el nombre de quien las escribe y se hace responsable de sus dichos, pero ésta no tenía firma y era injuriosa y grosera. Nunca comprendió tanto odio.
-         ¡No llores!, perdona si te causé daño; pero a veces es necesario encarar nuestros dolores. Mira, cálmate, ahora hablaremos de la mayor alegría de tu vejez, y no seré yo quien lo haga. Te cedo el privilegio.
-         Gracias. Vejez, eres muy comprensiva. Tienes razón al decir que es un privilegio hablar de ello. Mi mayor alegría deriva de los siete años de taller, donde aprendí a sacar a luz todo ese material que bullía en mi desde siempre, y no sabía cómo encauzar. Mis eternos agradecimientos para el artesano que me enseñó a dar forma a esa materia. Esto es lo único verdaderamente mío. ¡Sólo mío! ¡Gracias profesor!... Bueno, esta alegría sólo es comparable a la llegada de mis nietos, ellos son…
-         Chist, habla más bajo.
-         ¿Por qué?
-         Vejez se acaba de dormir. Bueno, últimamente lo hace a menudo. Me presento: Soy el fantasma de tu juventud, pero no tengo mucho que decir; mi etapa fue solitaria y opaca, mas bien triste, diría yo.
-         Perdona que discrepe contigo, pero la segunda parte fue la mejor de mi vida.
-         Si, tienes razón. Formaste un hogar, tuviste dos hijos que son tu orgullo y razón de vivir. Además, de la alegría que sostiene ese viejo edificio llamado vida.
-         Entonces, no todo fue tan malo ¿Verdad?
-         ¿Y tú, quien eres?
-         Soy el fantasma de tu adolescencia ¿Me recuerdas?
-         Pero, eso fue hace mucho tiempo.
-         Claro, pero eso no quiere decir que no recuerdes.
-         Puede ser…quizás…haciendo un esfuerzo.
-         No es necesario, yo te voy a recordar algunas cosas.
Eras una muchacha alegre, a pesar de todo. (Y tú sabes a qué me refiero) Cantabas de la mañana a la noche. Bailar te apasionaba, aunque en tu casa nunca se bailó, ni te dejaron ir a un baile. (Esas prácticas eran inconcebibles para el abuelo).
¿Recuerdas cuando, más de cien alumnas de tu escuela, bailaron “Voces de primavera” en el estadio de tu comuna? En esa ocasión te preguntaron ¿Dónde aprendió a bailar así? No supiste qué contestar, nadie te había enseñado a hacerlo; sin embargo, al escuchar la música, te desdoblabas. Volando al compás de la melodía. ¡Qué hermoso aquel arrobamiento, que te transformaba y hacía desaparecer tu eterna timidez!
Fue en esos años cuando comenzaste a escribir. Era otro mundo ¿recuerdas? En él te refugiaste y fue lo que te permitió sobrevivir a la interrupción de tu más caro sueño: ser maestra.
-         Perdona que me entrometa, aunque soy pequeño, quiero darte un consejo: no le permitas al fantasma de tu adolescencia seguir atormentándote, no fue tu culpa.
-         Qué sabio eres pequeño fantasma de mi niñez. Háblame de ese tiempo que casi no recuerdo…¿qué pasa?
-         Mira, Vejez duerme, Juventud mira en silencio desde la ventana y Adolescencia, arrobada, escucha junto al tocadiscos “El lago de los cisnes”. Este momento es todo nuestro y quiero que disfrutes estos retazos de tu niñez, que evocaré para ti.
Todos duermen, tienes seis años. Descalza dejas el lecho para ir hasta la ventana y contemplar las estrellas. ¡Qué nítidas brillan en aquel cielo de campo.
Ya sabes leer. Hurgando en un viejo armario, has encontrado un pequeño libro: “Poemas de Rabindranath Tagore” Te sumerges en él y tu corazón de ocho años comprende y se maravilla con esos versos, supuestamente para adultos.
Eres una niña sencilla, como las margaritas del campo donde habitas. Brincas, como el agua entre las piedras del estero. Los pájaros te enseñan a cantar, y de la espiga aprendes el secreto de la danza.
Cuando, cansada de jugar te tiendes sobre la hierba, las amapolas trepan a tu cara. Nada logra quitarte la alegría, eres una niña feliz. Tal vez debería decirte “fuiste”, porque a los diez años la familia se muda, y tu niñez se esfuma entre las cuatro paredes de un patio de ciudad y sufres y añoras esa anchurosa tierra que te vio nacer.
-         ¿Quién se mudó?...¿Cómo?...¿Qué?
-         ¡Bah!, despertó Vejez, ¡sigue durmiendo, mejor!
-         ¡Cállate, Adolescencia!  Eres una insolente…y tú chicoco ¿Qué miras con esos ojos curiosos?
-         ¡Perdón!, por si no lo recuerdas, me llamo Niñez, y exijo respeto.
-         Ja, ja, ja ¿Y por qué tendría que respetarte?
-         Porque soy la arcilla primera; sin mi no hay adolescencia, juventud ni vejez…¿estamos?...¡Contesten!...¿Dónde quedó tu osadía, Adolescencia?...¿Y tú Vejez,, dónde está tu sapiencia? Bueno, “quien calla, otorga”. Al fin comprendieron que soy la más importante. La primigenia, la que mira con curiosidad y ojos limpios, la del corazón puro, la que…¿Por qué lloras, Palme?
-         Porque me has traído de vuelta a la realidad y comprendo que mi niñez fue única y hermosa y se es niña una sola vez en la vida.
-         Toma, seca tus lágrimas; ya no eres una niña.
-         Es verdad, “ella” quedó en el pasado.
-         Dime, Palme, ¿hay algo importante que no mencioné? Los fantasmas también envejecemos y olvidamos algunas cosas.
-         Sí, querida Niñez, hay algo que me gustaría recordar. Es una gris tarde de otoño y…escucha, mejor:
-         Palme, Palme, ¿dónde estás?
-         Aquí, abuelita.
-         ¿Aquí dónde?
-         Arriba del nogal.
-         ¿Qué haces allí, niña por Dios? Te puedes caer. Baja de una vez.
-         Más ratito, ¿ya?
-         No, ven a tomar once.
-         Voy enseguida.
-         Mi abuela se marchó y yo seguí arriba del nogal.
Se avecinaba mal tiempo y un fuerte viento comenzó a remecer el árbol. Vi acercarse las primeras brumas
del atardecer; cuando quise bajar me di cuenta que no era tan fácil como subir, o tal vez el susto no me lo permitió. Grité con todas mis fuerzas, pero nadie pareció escucharme.
A punto de oscurecer, llegó mi abuelita con una escalera. Siempre pensé que la demora en rescatarme, fue para darme una lección. Llorando, le juré que nunca más lo haría y de su mano volví a la casa.

- Después de aquel susto, estoy segura que nunca más te subiste al nogal ¿cierto?
- ¿Me creerías si te cuento que al día siguiente, después del desayuno, ya estaba arriba otra vez?




EN LOS CALLEJONES ERA MÁS BARATO




                                                                                     Raúl Tapia Hernández





     Año 1954: la vida era dura. Jóvenes sin futuro, trabajadores explotados, sueldos bajos y sus hogares en conventillos, cités, poblaciones callampas, todo o casi todo muy similar a este milenio. Había una gran diferencia, no éramos tan pasivos ni consumistas; por supuesto no había TV.
      
     Éste era el ambiente donde se desarrolla la historia de este grupo de jóvenes.
Barrio Victoria, Nataniel, Pedro Lagos, Roberto Espinoza, sector de cités, conventillos y de casas en las cuales vivían de tres a cuatro familias, pequeñas fábricas de calzado, donde todo el trabajo era artesanal.
      
     Día lunes, ocho de la noche, esquina de Nataniel con Pedro Lagos, grupo de jóvenes de 17 a 20 años. La conversa versaba sobre el partido de fútbol del domingo. Todos eran jugadores del Deportivo Gabriela Mistral, club que fue echado a volar cuando todos eran niños. Ningún adulto, el mayor era el Jorge Órdenes, o el “Chuchata”. Hacía los partidos, se conseguía las camisetas, nos despertaba los domingos y hacía los equipos. Ustedes se preguntarán por el alias, bueno, era desbocado para hablar. Con necesidad o sin ella, le ponía su adjetivo a las frases o las personas. Lo curioso de todo era que el deporte favorito del Jorge era el box, pero como diría un entendido, no tenía dedos para el piano, porque las dos veces que peleó, besó la lona.
       
     La  familia del Jorge se componía de tres personas más, su hermano Óscar, que era diametralmente opuesto, las palabras groseras las tenía desterradas de sus labios, era alto, rubio, siempre bien presentado, las niñas lo encontraban buen mozo, pero como nada es perfecto, su coeficiente intelectual no era muy alto. Su pasión era ser arquero de un club profesional. Nunca lo logró. El padre de los Órdenes era carpintero, pero vivía en otro mundo, era alcohólico. Doña Clara fue la que sacó sus hijos adelante; hacía lavado y planchado, tendría cincuenta años, en su juventud tiene que haber sido hermosa. Ahora su rostro mostraba el sufrimiento y el cansancio de un siglo y la espalda, la curva de la artesa. Vivían en un conventillo llamado “La Paloma” en el cual vivían seis familias en igual cantidad de piezas. En invierno, la humedad se hacía eterna y en el verano, moscas y más moscas.
      
     El mayor del grupo era el Carlos Moreno, de 26 años. Lo llamaban el Huaso, sus raíces eran campesinas. Su familia: Rosa, su compañera, la hija de tres años, que llevaba el nombre de su madre. La señora Rosa daba pensión para ayudar a su compañero. Yo era un cliente. El Carlos me trataba como a un hermano, siempre decía: “Si no tenís plata, igual tenís que estar sentado a mi lado”. El Huaso trabajaba en una curtiembre ubicada en Ñuble con Nataniel. Siempre se quejaba del sueldo y del horario de 12 horas diarias. Y aquí es donde entra mi amigo Manay o Mario, como era su nombre, (lo de Manay, nunca supe su origen) era esmirriado de flaco, pero tenía una fuerza para exponer sus ideas y era claro. Cuando el Huaso empezaba a quejarse, le decía: “¡Qué reclaman los güeones si no tienen sindicato! Cada cual tira para su lado, parece que les gusta que los exploten, no tienen idea de leyes, después que se bajan los pantalones se quejan”. El Manay era militante del Partido Comunista. Como buen “rabanito”, como le decía el Abdón, siempre andaba a la caza de un nuevo militante, tenía una frase que lo retrata en toda su humanidad: “¡Cabritos, lean y escuchen, el saber no sobra!” (Ojalá el Manay esté vivo, creo que era de los imprescindibles, como escribía B. Brecht).
     
      Lo contrario del Mario era el Roberto Silva o “Cachito”: 1.75 de estatura, envasado en un terno vestón cruzado, una peinada a la gomina, zapatos lustrados y una labia que se la quisiera un che. Me olvidaba, unos lentes negros y como nadie es perfecto, era tuerto. Roberto era vendedor, todo lo que caía en sus manos era vendible. Creo que si alguien le propone vender la Virgen del cerro, la negocia y la vende. Éste vivía con su madre, hijo único; su padre se había echado el vuelo cuando tenía dos años. La señora Adela vivía para su hijo único, era modista, su clientela, como dicen los economistas, era A1, así que tenían un buen pasar.
      
     El Cachito era entonado y le gustaban los tangos y no era rogado, se sabía todos los discos de Alfredo de Angelis, cuando empezaba, no lo callaba ni su madre.
     Viernes, 8 de la noche: Nataniel – Pedro Lagos. La conversa versaba sobre el servicio militar de los Cortez. Sergio, el del medio, salía en la lista de los llamados.
     La discusión empezó cuando el Chuchata le dijo:
-         Serís gueón en lo que vai a perder el tiempo.-  Y ahí saltó el Cortez mayor:
-         Estai equivocado. Va a aprender a ser más responsable y más hombre.
El Manay, que estaba al acecho, dice:
-         No tenía idea que el Sergio era maricón. – Ahí no lo paró nadie, porque continuó:
-         Estai equivocado cabrito, para ser todo eso no es necesario que unos cabrones te den permiso hasta para ir a cagar. – Iba a seguir, cuando el Chuchata, con su lenguaje más florido, dijo:
-         Si los gueones volaran, Santiago pasaría nublado, así que veamos donde va a ser la despedida del futuro defensor de la patria.
El Abdón, que no había abierto la boca, musitó:
-         No sabía que hablaras tan de corrido. - Se escuchó un coro de risas y el ambiente se tranquilizó.
-         ¡Negro, te buscan en la puerta!
Abajo, la mamá del Cachito, con una cara de policía, lanza de sopetón la pregunta:
-         Negrito, ¿tú sabes donde se queda el Roberto todas las tardes? Cinco días que no llega a comer – Me mira como si sus ojos traspasaran mi mente. Aguantando su frialdad, le
contesto:
-         No tengo ni idea.
La señora Adela, no muy convencida, vuelve a su casa, mientras subo la escalera, pienso:
¿Dónde estará el gueón?
     Sábado 9 de la noche. Estaban todos menos el Roberto y el Óscar. Como siempre el Carlos Moreno era la alegría misma. Los Callejones y él tenían una atracción sin límite, bailaba, tomaba y era cargoso con las niñas.
     A las 10 partimos a pie para ahorrar locomoción. Caminamos en pequeños grupos, el nuestro lo integraban el Manay, Abdón, Peña chico y yo. La conversación era un almanaque desde fútbol hasta la nacionalización del cobre, que corrió por cuenta del Manay y terminaba ¿se imaginan? Más escuelas, hospitales, casas. El Abdón lo sacaba de su sueño. Le decía:
-         No soñís tanto, rabanito.

     El Peña chico no abría la boca, estaba nervioso, era debutante. Me imagino que pensaba que por ir a los Callejones estaba más cerca de ser adulto.
     Llegamos a nuestro destino. Los cuatro pasajes eran ver los paseos peatonales de hoy, todos con público vitrineando, cotizando precios y los vendedores de pan amasado, huevos duros, maní sandwiches de pernil y hasta el que vendía anillos de oro más falsos que Judas, le ponían fantasía al lugar.
     Después de recorrer los pasajes, llegamos donde doña Raquel. Ahí nos recibió un travesti que hacía de anfitrión, llemado Katy. Al entrar, pegó el clásico grito:
-         ¡Chiquillas, llegaron chiquillos!

     El salón era amplio, adornado con grandes espejos y una mala copia de un cuadro de Goya, “La maja desnuda”, unos grandes sillones y en uno de ellas estaba Cachito (Roberto) muy acaramelado con una niña. Le hago una seña de que se acerque, nos ubicamos en el rincón del salón.
-         ¿Qué pasó? –Pregunta.
-         Tu mamá anda preguntando por ti.
-         ¿Qué le dijiste?
-         Que no sabía.
-         ¿Estaba enojada?
-         ¡Claro!
Se acercó y me susurró:
-         Esta minita me espera todas las tardes con un bistec con huevo. Después nos acostamos y se me hace tarde. Poniendo una cara de decisión y con una voz más baja, dice:
-         Hoy es el último día de bistec con huevo y postre- y en su rostro se dibuja una sonrisa  maliciosa.
Por curiosidad, le pregunto.
-         ¿Y te da plata?
Enojado contesta:
-         ¡Esta niña no es guevona y yo no soy cafiche!

     En esos instantes, se escuchan los compases de un tango: “Fumando espero a la mujer que quiero”. El salón cobra vida, parecíamos lapas pegados a nuestras parejas. No había duda, éramos adictos al tango “Cuartito azul, fiel testigo de mi amor” letras de tangos que no pierden vigencia. ¿Quién no ha esperado o tenido un amor en un cuarto? Claro que no puede ser azul, pero hay un arco iris para escoger. Los parlantes hacían escuchar el tango “Cambalache. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Nada es igual, nada es mejor” Parece que estas letras fueron escritas en este milenio.
     Terminó el baile, me senté al lado del Óscar. No se había parado, estaba triste. Le pregunto:
-         ¿Estai triste o enfermo?
Haciendo un gesto con las manos, pide que me acerque más, hablando suavemente, agrega:
-         Esto es entre los dos- Y lanza la noticia – Le dije a la Olga que se fuera a vivir conmigo.
Dije:
-         Esto parece epidemia, porque el Roberto se lo pasa aquí – Sigo:
El Aprendiz
-         No, y yo la quiero.
-         Parece que ella no mucho – observé – Está feliz de la vida – Y para remecerlo, le espeté:
-         Es mejor así, o todo el tiempo te andarás preguntando ¿con qué gueón  se acostó?
-         Cabritos, la plata se terminó y además hoy jugamos en las canchas de Las Higueras.
El anfitrión nos despidió:
-         Chiquillos, vuelvan cuando gusten.

     Poco movimiento en los pasajes, era final de marzo, la noche estaba fresca. Enfilamos por 10 de Julio, cada uno metido en sus propios pensamientos. Carlos Moreno iba feliz de la vida. Habían sido unas horas de mujeres, baile y vino, en ese orden. Los Cortez, seguro que pensaban que éramos buenos amigos al despedir a su hermano. El Manay (Mario) difícil saber en qué estaba su mente, claro que no precisamente en Los Callejones; Roberto, más bien lamentando perder el bistec con huevo y postre y el tener que inventar una buena mentira para su madre.
     El Óscar caminaba solo y cabizbajo, era la fotografía de pena y desolación. Pensé en el tango “Rechiflado en mi tristeza por una mala mujer”. Era todo lo contrario el Peña chico. Según él, había debutado como hombre, había ido a una casa de putas. Igual que siempre, teníamos los valores al lote, unos más que otros.
     Caminaba el lado de Abdón. Cerca de San Diego, éste me comenta:
-         No estuvo mala la noche.
Le respondo:
-         Prefiero el cine acompañado de la chica que no me cobra por una sonrisa y un beso.

     En San Diego, el letrero luminoso de “Las Cachas Grandes”, el Mac Donald de la época, invitaba a una taza de café con sopaipillas.