domingo, 24 de abril de 2011

PALABR@S

 Revista del Círculo Literario de Maipú

                Nº 7    -   24 de abril de 2011
    

     

























 ESCRIBEN:

     Enrique Darío Lamas               Hernán Jara
     Sergio Rodríguez                      Patricia Franco                         
     Emilia Páez Salinas                  Eugenio Baeza
     Carolina Rosales                       Mario Cáceres
     Margarita Carvajal                   Juan Ramón Cuello




                      http://revistapalabrasclit.blogspot.com

  


 Para este número de la revista se había acordado tratar dos temas bastante dispares: el Festival de Viña y el Día de la Mujer. Sin embargo no hubo consenso y solo tres textos respondieron al acuerdo.

En esta temporada hay noticias positivas para los aficionados a la literatura. Una de ellas es la apertura del Bibliometro en la Estación de Maipú, cuya inscripción es gratuita durante lo que resta del mes de abril. 

La segunda es el inicio de un taller de narrativa básica en la vecina comuna de Cerrillos, a cargo del socio Julio Abel Sotomayor en un recinto muy especial del cual hablaremos en una próxima ocasión. 

Y la última es la creación del Grupo de Poesía Taller de la Esquina, cuyo profesor es el poeta Sergio Rodríguez Saavedra. Deseamos a todos éxito en sus actividades.

Gracias, señora Michelle



                                                       


                              Enrique Lamas Morales



Mucho más que el título de abogada, nos ha deslumbrado su cualidad pedagógica, que tanto echamos de menos en nuestros profesores.

Esta sociedad farandulera, gonzalocacerina, esperaba de Ud. una demostración del título de mujer elegante. Puede que lo sea. Sin duda ha demostrado que es la mujer  perspicaz que hace mucho necesitábamos como referente, con sencillez y  convicción en lo que piensa. Ojalá  su clase magistral haya logrado ahuyentar en los estudiantes del colegio de Renca, los pajaritos erráticos y la absurda creencia  que el éxito llega con pases mágicos a lo Harry Potter o con la participación en programas de T.V., en los cuales se les hace creer que las mayores posibilidades de triunfo están en  convertirse en artistas del baile, del canto, del malabarismo, todo ello unido a la varita maravillosa del azar, la suerte y el llanterío.

Usted dio ejemplos personales y locales de que es posible ser alguien valioso mediante el sacrificio, la dedicación, el esfuerzo, la perseverancia.

Señora, porque usted se lo merece, le deseo que pueda alguna vez caminar por las calles  con su andar tranquilo, sin cientos de guardaespaldas, en una comunidad realmente democrática donde exista el respeto a las personas. Por desgracia el Capitalismo ha degenerado en sociedades violentas, pues la apropiación y la conservación de los haberes se hace en desmedro de otras gentes. Así ha florecido la Norteamérica ilimitada,  sin contemplaciones con los países que ha pisoteado y que continúan en la miseria y el subdesarrollo.

Claro está que en estos países de tercera clase siempre hay un riquerío asociado al gran poder, que aplaude y obedece porque con eso sus privilegios están asegurados.

Buen viaje, señora Michelle Obama.

Las Patronas de Guadalupe


                                 



                                                                  Emilia Páez Salinas
 
       8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Como en muchos lugares del planeta, en Chile los actos y celebraciones abundan. La Moneda brinda desayunos a mujeres destacadas, las parlamentarias visten alguna prenda roja.
       
       México. Festejos en el Distrito Federal y ciudades importantes. Sin embargo, a cien kilómetros de Veracruz, en un pueblo llamado Guadalupe o La Patrona, catorce mujeres no tienen tiempo para chaquetas rojas, fiestas o champaña. Veintiocho manos cocinan arroz y frijoles, preparan bolsas con alimentos. Catorce palomas envasan agua, son Las Patronas, como las llaman cariñosamente. Pronto aparecerá el Tren de las Moscas masacrando el paisaje con su carga de muerte.
       
       Al menos cuatrocientos mil centroamericanos indocumentados cruzan México para llegar al país de las oportunidades. Después de recorrer cerca de ocho mil kilómetros sólo el quince por ciento lo consigue, pero tiene que enfrentar a la policía en la frontera y  también a los cazadores de “espaldas mojadas”.
       Desde Guatemala, pasando por Chiapas, Unión Juárez, Ixtepec, Oaxaca, La Bestia hunde sus pies de hierro en la selva, devora montañas y suda los dolores del desierto. Hondureños, guatemaltecos, salvadoreños arrastran sus pobrezas por México. Semidesnudos, como moscas sobre el techo de los vagones, son un amasijo de sueños, esperanzas y miedos.
       
        Las Patronas esperan el Tren de la Muerte cada día. Están con su arrojo de mujeres pobres que en un gesto de solidaridad y entrega alivian el hambre, mojan los labios de ese Cristo moreno que emprende su vía crucis en Guatemala para ser crucificado a lo largo del camino que lleva a Estados Unidos. Muchos mueren al dormirse y caer del tren. En los últimos años se han documentado más de cinco mil muertos y otros tantos desaparecidos en esta travesía de horror. La línea férrea es una fría herida que no cierra.
        
          Doscientas raciones y agua entregan Las Patronas cada día. El tren no se detiene en Guadalupe y pasa a gran velocidad. Nadie les ha dicho a estas mujeres que arriesguen su vida acercándose peligrosamente a los vagones para entregar su dádiva de amor, sin preguntar a quién. Ellas no discriminan, no cuestionan, no juzgan. Dan una grandiosa lección de humanidad, tan necesaria en este mundo consumista, que se mueve por el dinero y el egoísmo. Durante quince años han repetido su ritual de conmiseración y tienen claro que una persona vale por lo que es. Si la tierra natal no les da lo que necesitan tienen derecho a querer cambiar sus vidas o morir en el intento.

       Finalizo estas breves palabras de homenaje  con el nombre de Las Patronas que son un orgullo para el género femenino:
                          
                           Rosa Romero
                           Lidia Laura Reyes
                           Norma Romero
                           Leonila Romero
                           Leonila Vásquez
                           Mariela Nájera
                           Francisca Romero
                           Fabiola González
                           Bernarda Romero
                           Guadalupe González
                           Juana Anaís Romero
                           Lourdes Romero
                           María del Pilar González
                           Clementina Romero.
                           



Maipú, 11 de marzo de 2011.

      
Nota de la autora:
La información del presente artículo se basa en la película El Tren de las Moscas, España, 2010, dirigida por Nieves Prieto Tassier y Fernando López Castillo. Este cortometraje obtuvo el Primer Premio en el Festival de Cine Político de Ronda.
     


Tenemos Festival





                                                                                     Patricia Franco



La gente se preparaba con expectación al acontecimiento, se comentaba quienes vendrían, la televisión le dedicaba toda su cartelera. Nunca me entusiasmó la idea, no tengo idea por qué.

Cierta vez, pasando unos días en Viña del Mar, me encontré con un antiguo amigo, que, sin hacer caso de evasivas y firmes negativas, logró convencerme por cansancio. Corría el año 1972, aquel de ilusiones y expectativas,  cuando asistí por primera y última vez al mentado Festival.

La gente iba instalándose con mucho ruido y crujidera de envases con golosinas para matar el hambre por venir, pero a medida que iba pasando el tiempo, comenzaba a aburrirse.

Ese año estuvieron de moda los sombreros de paja para hombres y mujeres, exhibidos en los infaltables puestos callejeros. Al primer tipo se le ocurrió la idea. Cogiendo el sombrerito con que se adornaba el sentado en la grada más abajo, lo lanzó con gran impulso hacia el cielo nocturno. Gran gritadera, todos querían cogerlo, el que lo agarraba volvía a elevarlo cada vez más rápido hasta terminar desintegrándolo. A continuación, todos los ensombrerados recibieron la misma atención deportiva.  Volaban los proyectiles de paja por toda la galería hasta que se acabaron y los sufridos destocados, primero sorprendidos, después indignados, vieron caer los restos como polillas desmayadas y terminaron por sucumbir a la resignación ante el frenesí de la masa.
Pasaron raudos unos segundos de pausa, hasta que un gracioso avistó a una niña que miraba con ojos divertidos el espectáculo previo, abrazada a una gran muñeca vestida de celeste. Con rápido gesto, arrebató el juguete a la chica y al aire voló en medio de la euforia del público. La afectada rompió a llorar pidiendo auxilio a sus padres, pero nada podían hacer mientras la favorita volaba de mano en mano hasta terminar despresada, su cabeza de melena de oro era ya una pelota y torso, brazos y piernas se usaban como armas arrojadizas. Justo cuando la multitud buscaba afanosamente a la próxima víctima, temí que le llegara el último día de vida a un bebé que tenía cerca, cuya madre, asustada con buenas razones, lo tapó con un chal por si las moscas. Se salvó por un pelo o mas bien por un trompetazo que fue el anuncio, no del juicio final que podría haberse acercado, sino del comienzo del espectáculo.

En ese momento, me preparé para lo peor, el monstruo se lanzó con toda su batería de chillidos al aparecer uno de los primeros concursantes. El cantante se presentó en forma natural, sin brillo de lentejuelas ni dientes de caimán. Comenzó una prometedora melodía en las cuerdas y se puso a cantar una hermosa canción. Quizá fue porque su voz era de tono alto, o él era muy bajo o escaso de colorinches, pero no lo dejaron seguir y no pude escuchar nada del resto que mucho prometía.
Me dio rabia presenciar la brutalidad de esa gente y me dieron ganas de irme, pero habría sido descortés con quien me invitaba, por lo que seguí pegada al asiento por indecisa.

Una de las invitadas especiales fue Miriam Makeba, en extremo popular por esos días por su célebre Pata pata…
Simpatizando con el pueblo, gritó: “Vive la révolution chilienne” pero esa gente recibió el homenaje como picada de avispa y lanzó una tremenda rechifla que acalló las protestas de algunos, En respuesta, la cantante le volvió la espalda y respondió a ritmo de caderas. A duras penas logró terminar su actuación, abreviada por los vándalos.

Al final, triunfó en la competencia un moreno alto, no muy memorable de cara pero de buena percha forrada en lentejuelas, mostrando una dentadura de caimán y experto en tragarse al público con su canción Julie. Era Julio Bernardo Euson y tuvo éxito en el país después de esa presentación.

Pero nunca quise repetirme ese encuentro cercano con la muchedumbre endiosada, bárbara y sedienta de diversión a cualquier costa, esperando ver brotar la sangre de otros y responder luego a coro ante la rendición de cuentas: “¡Fuenteovejuna, señor!”.

¿Quién recibe la mercancía? (Comentario de libro)


Alusiones a Guía de despacho de Enrique Winter

                                                                          Sergio Rodríguez Saavedra


Cada autor es libre de producir la mercancía que trafiquen sus libros, desde el envase hasta la etiqueta que incluso puede ser “ poesía chilena joven ” . Cada autor tiene también la noción –a veces vaga, a veces documentada- del valor de su materia, aunque “ la poesía no se vende, porque no se vende poesía ” y de esas nociones surgen productos –disculparán los más clásicos esta palabra, pero deben tomarlo como un simple correlato- que son absorbidos, consumidos o vencen por estar fuera de plazo.

Esta obra desde el guiño inicial que formula su portada, su estructura interna y la disposición de su lenguaje nos estimula, cual pasillo Líder, a consumir sus poemas en forma perentoria y desde el hoy definir desde ya si es o no necesario en la canasta familiar de los poetas. Enrique Winter (1982) a favor de su edad, tiene obra anterior: Atar las naves (2003) y Rascacielos (2008), esta última, ya un libro inclusivo, donde propuesta escritural y andamio social logran reunir elementos que van más allá de la escritura. Texto que fuera bien acogido, al menos en las reseñas y artículos publicados, generalmente, destacando su capacidad de contener el lenguaje y al mismo tiempo la sociedad desde la cual se crea.

“(…) Soy luna llena. / Soy rock. Soy show de música en vivo. / Soy beso en la boca. Soy cómplice. / Soy un abrazo fuerte. / Soy un camino, soy río santos. / Soy una sonrisa. Soy explosiva. Soy reggae. / Soy arrepentida. Soy sicodélica. Soy equivocada. / Soy familia. Soy linda. Soy un sol. / Soy correcta. Soy una vuelta por pacaembú de noche. / Siempre fui labrador y ahora también soy Staffordshire. / Soy la Miná. Soy yo misma. / Soy Sabrina.”
(Ribeiro)
Lo interesante de Winter es que no descansa solo en la referencialidad del sujeto observado, también se compromete con él, también asume su mirada, establece su punto de vista, se ubica a sí mismo dentro de esa observación, lo que da un grado de verosimilitud a las diversas propuestas:
“Abajo marcha el primero de mayo. / La pareja casual del cuarto piso
duerme la noche del treinta de abril. / Las arengas en su sola dimensión sonora /
(jura que son evangélicos). / Abre las cortinas a los tambores / (parece un teatro, ellos tras bambalinas). / El sol se apoza en los sostenes /
y evapora la noche el pan partido. / Cómo se menea el agua en la batea /
y la leche en el plato de cereales.
(Trabajadores)
Ya que hablamos de propuestas, convengamos que surte de una buena variedad su creación Desde el texto experimental, el elegiaco, hasta la forma estrófica de la cueca, cuestión que permite transitar por diversos pasillos sin perder el camino. Más que nada es una composición.
Caso aparte el poema largo, donde lo inclusivo deviene en exclusivo, topando tópicos no siempre bien argumentados o por el contrario, en demasía, como esas comidas de trasnoche que finalmente saben a resaca. Aún así, Guía de despacho es un texto de construcción coherente, capaz de incluir alimentos perecibles y delicatessen en un mismo envase.
Ahora bien, a casi 60 años de los Poemas y antipoemas de Parra, a más de 30 de La nueva novela de Juan Luis Martínez, cerca de tres décadas también de Contradiccionario de Eduardo Llanos Melussa, por nombrar las líneas que creo percibir más cercanas a Winter, es conveniente acotar que el ejercicio intertextual se complejiza y exige cada vez una mayor innovación al mismo tiempo que un ajuste del lenguaje que, generalmente, son elementos opuestos. En este sentido, se puede decir que la formulación neovanguardista del libro nos recuerda a varios creadores de los 80 cuyo metalenguaje era de corte similar, dotando de añeja la propuesta actual. Nada más alejado. Winter incorpora cierto objetivismo al poema cuyo desciframiento cobra valor en el remate. Recordando un texto de George Oppen (objetivista norteamericano a la sazón), Citas, para ser más exacto, que no puedo dejar pasar: “Cuando le pregunté al anciano/ en las Bahamas/ cuan vieja era esta aldea/ él dijo:/ Yo la encontré”. Mecanismo, que con algo más de tiempo y narración se aplica a varias creaciones de Enrique. Y sin haberlos leído profundamente, recuerdo que fuera de plantear el poema como objeto, los objetivistas, también predicaban la acentuación de la sinceridad, la inteligencia y la capacidad que tenía el poeta de mirar claramente el mundo, requisitos que la obra, en general, de Winter, asume como propias.
La dosis cosmopolita que integra a su creación, también es otro factor que le aleja a las propuestas ochenteras, cuya mayoría tenía un claro acento nacional. Ahora, aunque no todos los textos tengan el mismo nivel, sí tienen el mismo de trabajo, ya no hablando de una “fusión” de discursos más o menos interrelacionados, sino de una “cohesión”, que es al final de cuentas lo que debe preocuparnos. A despecho de los que suelen establecer guías para la literatura futura, Guía de despacho se instala precisamente en la zona puente. De ahí que recibirla depende de un lado y otro, algo innovador en lo viejo, algo viejo con novedad. Hay que poner atención, la canasta ya contempla otros alimentos, y este autor es uno de ellos.

¡VIVA EL FESTIVAL!





                                                                      Carolina Rosales Stevenson

2011, nuevo año farandulero
La ciudad jardín se llena de:
ARTISTAS – FOTOS BORROSAS
PERIODISTAS – TRABAJO INERTE
ANIMADORES – ABSURDA COMEDIA
HUMORISTAS – ARTE DE HACER REIR
A costa del ridículo de la cotidianeidad.
¡VIÑA NUNCA HA TENIDO FESTIVAL!
¡VIÑA NUNCA HA TENIDO UN DIGNO VERANO!
Sólo ha sido escenario de algunos
  impertinentes fuerinos que ni siquiera saben
que ese bello espacio de arena y mar
se llama playa.




¡VIÑA EMPIEZA EL FESTIVAL!
Con los mismos de siempre,
apitutados de la nueva generación televisiva
y nosotros (los que no conoce nadie)
contando las monedas día a día
haciendo el intento de:
vivir,
sobrevivir
subsistir este verano,
los de antaño
los de mañana con el mismo programa
mismas palabras
misma mierda
falsedad vitalicia.




Esas pendejas gritonas no se dan cuenta
que su cerebro se ha envenenado
con la PAJA MOLIDA – “MODA IMPUESTA”
IGNORANCIA DESMEDIDA – PANTALLA GIGANTE
Escondiendo la ropa sucia no ventilada
De un país con su eterna falsa democracia
¡VIVA EL VERANO!
¡VIVA EL FESTIVAL!


Poemas De Margarita Carvajal Fredes




Casa de Bellas Muñecas Poetas y Durmientes

Yo Emilia
quiero una casa
donde echar mis huesos
y ver empañarse los cristales
cuando afuera llueva con total alevosía
Remojar historias en leche  para ver la lluvia
con espejos en las paredes
que la llenen de novedad
Silencio
para dormir la siesta
con ráfagas de sol, viento en las noches
 buhardilla y chimenea

Una casa que tenga amores furtivos
trepando por sueños que cuelguen de la ventana,
con ovejas en el ropero si hay noches de insomnio

          con risas
 y secretos por los rincones,
                         secretos
subidos de tono con dudosa reputación, (ejalé).

Quiero lo que todos
de donde sea que quieran
de donde quiera que sean
guarde una casa,
mi casa
,- fruto de penas blancas- ,diría Tito

Casa de muñecas que se mandan solas
manejan el auto, la agenda
y la billetera de Ken
de muñecas bravas que parlan en francés
y sueñan despiertas.   
Casa de durmientes
que besan príncipes sin importar su color
mientras sea intenso.
    Casa de bellas
que decoran las paredes con historias felices
Y maquillan las otras de carmín rosa   
  Casa de poetas
que escriben sobre uno que otro corazón
Total todo es cancha
Así quiero mi casa
 pintada de poemas
de los que están vivos
                        de los necesarios
que quitan el sueño y espantan el hastío
oliendo a café
                          y besos

Así quiero mi casa
una casa viva
                       mi casa viva
Viva mi casa



Rotativo
Los cabellos en la almohada
son hebras que achican la madeja
de esta vida monótona
Monocorde
 como una gotera
que impide conciliar el sueño

Cientos de intentos 
repletando mis cajones
Frases que nunca dije
Verdades que callé
resultan ser
voraces acreedoras
cobrando remordimientos de usura

Al final del día
no logro que el agua de la ducha
limpie la derrota
Respiro profundo
rogando  un poco de paz

Algo de cielo traído a domicilio



Luna

Te pondría en el bolsillo
humedecido  del invierno
para que la lluvia
censurando tu monólogo
te bajara los humos
con una ducha fría


dando  a la pirotecnia
 de una tormenta
la opción
de esclarecer tu lado oscuro

 y alumbres
sin premeditación
ni alevosía

como una vela única
un quinqué solitario

brillando con luz propia

como el sabor del vino
sumergido en  un beso



Destello

Descubro mi cuerpo en la penumbra
Espero
La oscuridad me cubre

Mano sumergida
 mágica humedad
 rito

Respiro
       Agitada
Sola
Brillo en la niebla

HASTA LOS 25´ NO MÁS



                                                     Hernán Jara


Después de 25 años de casados, Gabriela Maturana y Alfredo Peñaloza han decido separarse, la relación no da para más,  pero Carolina y Mario, sus hijos, ponen como condición que los padres esperen un tiempo y de den una segunda oportunidad.

Los Peñaloza Maturana son un matrimonio de clase media, ella es dueña de casa y alguna veces coloca inyecciones y hace curaciones a vecinos del barrio, ya que antes de casarse estudió primeros auxilios y fue voluntaria en la Cruz Roja . Alfredo trabaja hace unos años como vendedor en un local de ropa masculina. Ambos se casaron jóvenes y muy enamorados, así lo avalan  sus familias y amigos cercanos. Profesan la religión católica y van a misa todos los domingos. Ahora último  ni ellos mismos imaginaban que se derrumbaría lo que por años habían construido con amor y esfuerzo, se asomaba una crisis matrimonial. Alfredo comienza a ser  particularmente el protagonista, primero empieza por no estar  en su casa, a despreocuparse de su esposa y perder comunicación con los hijos. Su excusa es el trabajo, ya que fue ascendido a jefe de  local, lo que significó por cierto más responsabilidades. Valiéndose de esto justificará hábilmente el abandono como esposo y padre de familia. Gabriela, tranquila y comprensiva, en un principio decía poco, sutilmente le reclamaba  que era un trabajólico.

Pasaron los meses y esta situación se convirtió en algo rutinario. Para Gabriela era ya una molestia. Alfredo comenzó a llegar casi todos los días pasada la medianoche, ni siquiera conversaban de sus hijos. La intimidad de pareja ya no fue la misma; no había esa magia y pasión al hacer el amor,  no existía la más mínima complicidad para con sus cuerpos. Gabriela para involucrarse sexualmente tenía que hacer un esfuerzo y no llegaba al orgasmo, el hombre decía que estaba muy cansado y todo finalizaba con miradas que sólo delataban desamor y culpabilidad. Con todo esto, los hijos se sentían impotentes  y otras veces se hacían los desentendidos, ya que las discusiones eran  cada vez más frecuentes. 

En más de una oportunidad sintieron llorar a su madre por las noches. La situación no daba para más, debido a esto se armaron de valor y decidieron enfrentarlos, pero desgraciadamente nada consiguieron Como si ambos se hubieran puesto de acuerdo, explicaron que a estas  alturas de la vida suele suceder que la convivencia se desgaste y  que esto iba a solucionarse  pronto.

Un domingo por la noche todo este montaje  se vino abajo y el volcán matrimonial dio su  primera y convincente erupción reflejada en  una gran discusión: gritos, palabras ofensivas, recriminaciones, groserías e incluso  cachetadas. Este espectáculo fue presenciado desde la escalera por sus atónitos hijos . Todo terminó con Alfredo durmiendo en uno de los sillones del living, Gabriela en su pieza, desvelada y llorando, Carolina y Mario permanecían  en sus habitaciones, angustiados y asustados.

Al otro día Gabriela desayunó con sus hijos y les dijo que estaba decidida a separarse, Carolina que tiene su carácter parecido al padre pregunta en forma franca y directa ­– “¿MI padre tiene una mujer?- Gabriela no contesta. Mario, un poco más tímido y algo nervioso agrega: - Hermana, cómo se te ocurre pensar eso, papá nunca llegaría a tanto. La madre  no puede contenerse y se larga a llorar.  Después responde :- A estas alturas, de tu padre espero cualquier cosa. Si tiene una amante,  bien  por él, pero que empiece a  hacer sus maletas,   ustedes saben que he sido fiel como mujer y esposa, bueno lo que importa ahora es no seguir sufriendo, sobre todo ustedes, bastante han tenido y les pido perdón por no haber parado esto a tiempo, lo más sano para todos es la separación. Dios sabe por qué hace las cosas y pasará lo que tenga que pasar,  aunque esto no es fácil y nos deje a todos mal -.Sus hijos a modo de consuelo le dicen que todo tiene solución y dándole  un beso en la cara. Carolina va hasta su pieza, Mario al baño y Gabriela se dirige con las tazas a  la cocina.

 Una semana después, los hijos citan a sus padres  para anunciarles que en un principio aceptan la separación, pero que  por favor  no se queden en los 25 años y por todo el tiempo que han compartido se regalen una oportunidad. Alfredo se va a sentar a cierta distancia de Gabriela y les comunica la noticia, algo supuestamente inesperado, está algo nervioso y se toma algunos segundos antes de hablar: -hijos, agradezco de verdad este gesto, no esperaba menos de ustedes, si supieran cuanto me duele esto, pero tarde o temprano iba a pasar,  creo sinceramente  que era algo inevitable, sin embargo, quiero que sepan que cuentan   con mi amor incondicional  y que su madre  no tiene culpa de nada, si hay un culpable de todo soy yo,  tienen una linda mamá. Hace un tiempo  encontré  otra mujer y voy a rehacer mi vida  con ella, a Gabriela se lo  he comunicado ayer- Gabriela se para por inercia, va hasta la puerta y sale. Sus hijos quedan perplejos, se miran el uno al otro, no hay palabras. Alfredo  los abraza fuertemente y no contiene su emoción; “Que Dios me perdone y  los bendiga siempre.
  
Alfredo al salir no cruza mirada con la esposa, ésta se encuentra con la mirada fija en una hermosa rosa roja de su jardín, pasan los segundos, la mujer levanta su cabeza, va hasta la puerta de calle, espera ver la figura del hombre pero éste ya se ha perdido. Ella queda por varios minutos en actitud pensativa; “Cuando el jardín se mantiene bien cuidado uno espera que la rosa y el clavel no cambien de color, pero cuando el clavel ha mirado mucho rato a otra flora la rosa no le queda más que desteñirse”         

ALMEJAS CON LIMÓN




                                                                           Eugenio Baeza

Caminaba a paso rápido, agitado, mirando constantemente hacia atrás, tropezando a ratos, apoyándose en las murallas.
Se hubiese echado a correr hacia cualquier parte, pero la tenue claridad del día que recién despuntaba, lo cegaba; imágenes borrosas, sombras, degradés. Buscaba con desesperación y por sobre todas las cosas, no enfrentar esa claridad.

Entró a un restaurante y se acomodó en una de las mesas que estaban pegadas a la ventana. Desde ahí se podía observar la playa, la caleta, los botes, los pequeños puestos de los pescadores limpiando pescados, arrojando entrañas a la arena y las nubes de gaviotas aterrizando en grupos sobre ellas, disputándoselas, alzando el vuelo con rapidez ante el acoso de los perros, para dejarse caer nuevamente.

Pero él no lo veía, estaba cabeza gacha, aferrado a un vaso de aguardiente que luego vació de un trago. Levantó una mano, llamó la atención de la mesera y agitó su vaso para que se lo llenara.
La mesera se acercó a la mesa con un plato atestado de almejas y un pocillo con limones partidos a la mitad.
-         Permiso . dijo – aquí está lo que pidió – y comenzó a dejar platos, pocillos, un trozo de pan y cubiertos sobre la mesa.
-         Me trae otro vaso de aguardiente, por favor.
-         Claro – respondió la mesera, que primero acomodó las sillas de las mesas restantes, limpió manteles, y
desapareció hacia la cocina para aparecer al rato con otro vaso de aguardiente.
El sentía que bebiendo podría sacarse ese gusto a mar que tenía impregnado en la boca, en el pelo, en la piel.

En ese instante miró sus manos, ajadas, quemadas al rojo vivo por la inconfundible marca que deja la soga con que se tiran los botes, tanto para meterlos como para sacarlos de la mar.
Se pasó la lengua por los labios, apretándolos después, frunciendo el ceño, sintiendo un inmenso rechazo por ese sabor a salmuera. Creyó recordar que esa mañana se había dado vueltas por la caleta para ver si alguien necesitaba ocuparlo en alguna faena y así ganarse unos pesos. Había ayudado a sacar algunos botes del agua, tomando las gruesas sogas, húmedas y salinas, tirando junto a otros hombres hasta más no poder, sintiendo la arenilla raspar como vidrio molido entre las manos. El dinero pagado apenas alcanzaba para salvar el día.

El sol comenzaba a calentar con más intensidad, y la mesera llegaba con el cuarto vaso de aguardiente.
-         Pero no se ha servido ninguna almejita, coma señor, que no puede mantenerse sólo con alcohol – La voz de la mesera retumbó como desde la lejanía en su cabeza, nuevamente se había dejado llevar por algún pensamiento que lo mantenía absorto, fuera de este mundo. Se repuso con rapidez y sintiéndose un poco importunado, no respondió absolutamente nada, ni siquiera levantó la vista que tenía clavada en el vaso de aguardiente.
Intentó retomar sus pensamientos, pero no recordaba cuáles eran, sólo le había quedado una sensación preocupante y el estómago constreñido. Intentó por largo rato acordarse, pero no podía, ya no tenía muy claro si olvidar o recordar, algo lo atormentaba y no era capaz de rememorar aquello que tanto quería olvidar. Comenzó a forzar su mente, pero no podía, más allá de no evocar cosas o lugares, no lograba recordarse a sí mismo, no recordaba la vida. La angustia se apoderó de su garganta, su mandíbula se apretó, su mente se vaciaba, palidecía, se sintió a punto de caer en una crisis nerviosa. Optó por calmarse, respiró profundo, decidió remitirse a lo presente, a lo concreto, y culpó al agotamiento, al alcohol.

Tomó una almeja del plato y con la otra mano cogió el cuchillo, lo encajó en el lugar debido para abrir el molusco, presionó con fuerza, hizo palanca y abrió la almeja de par en par, dejó la parte de arriba  en el plato, quedándose con la mitad que contenía la carne en su mano. La imponente luminosidad que a esas alturas entraba por la ventana, inundó a la almeja mostrando todo el interior de aquel fruto marino; su carne rosada en el centro, sus bordes color ocre, la firme consistencia de sus formas. La almeja hizo un movimiento, estaba viva, fresca. El tomó una mitad de limón, la apretó con fuerza guiando la caída del chorro para que diese precisamente sobre la carne, el jugo cayó en gran cantidad, la almeja se recogió y retorció, acercó el molusco a sus labios y de un fuerte y vigoroso sorbo, depositó la almeja dentro de su boca.
Mientras masticaba, le hizo un gesto a la mesera que se encontraba un par de mesas más allá limpiando y acomodando sillas, le mostró su vaso vacío, y la mesera le hizo una señal para que la esperase un momento.

De pronto comenzó a sentir un pequeño malestar, sintió ese sabor a mar recorriendo su cuerpo.
La mesera llegó con un nuevo vaso de aguardiente, él le preguntó dónde estaba el baño, ésta le indicó con el dedo, se levantó, tomó el vaso y de un trago acabó su contenido, lo dejó sobre la mesa, le dijo a la mesera que le trajera otro y avanzó cruzando todo el local en dirección al baño.
Mientras avanzaba se sentía cada vez peor, sentía los labios salados, también la garganta, y la claridad del día que ya se colaba por las ventanas del restaurante lo cegaba. Intentaba concentrarse en algo y no podía pensar, percibía cosas, pero no recordaba las palabras, conceptos, como si poco a poco las ideas se desvanecieran sin poder hacer nada por retenerlas, simplemente se diluían, lo abandonaban. Sintió que sufría una crisis, la angustia y el pánico lo estaban doblegando.

Por fin entró al baño, las ropas mojadas por el sudor y un intenso dolor de cabeza, sentía olor a mar, ya no recordaba desde cuando lo torturaba ese sabor. Se mojó la cara, pudo tener un momento de calma, un respiro, no entendía lo que le pasaba, sentía profundamente algo que no podía describir, una sensación dolorosa, sentimientos inefables a punto de salir expulsados de golpe desde lo más hondo del ser.
Quería irse de ese lugar, desaparecer, tomar aire, caminar, recuperarse.
Al salir del baño, aturdido, inestable, sentía sin firmeza las piernas, como materia gelatinosa. Casi ciego, sentía que la piel de la cara perdía consistencia cayendo la masa abultada y rebalsante sobre sus párpados, sobre sus ojos.

Con lentos movimientos se dirigió a su mesa y se encontró con algo inexplicable, estaba todo limpio, quieto, las sillas ordenadas. Dudó por unos segundos si había estado en esa mesa, rápidamente miró a su alrededor para encontrar la correcta, pero nada, en ninguna mesa estaban los platos o el vaso o algún indicio de que hubiera estado alguien en ese restaurante, buscó a la mesera, pero no la encontró, el local estaba oscuro, las puertas cerradas. Una crisis de pánico lo poseyó por completo, se tomó la cabeza con ambas manos, se apretó fuerte los ojos como para salir de esa pesadilla, pero cuando los volvió a abrir, ahí estaba, solo y perturbado hasta la locura.
En un intento desesperado por aferrarse a la realidad, se le ocurrió volver al baño, quizás volviendo a salir de éste, quizá volviendo las cosas atrás, todo se volvería a componer, retrocedería aquel suceso irreal.

Al entrar al baño, el desplazamiento se le hacía cada vez más dificultoso, arrastrando un cuerpo invertebrado, una masa sin forma. Nuevamente se mojó la cara en un último intento por volver a lo razonable, se miró al espejo y al verse, un horror indecible lo recorrió por completo, una mueca en parálisis, su razón evanescente, vomitó sobre el lavamanos y se echó a llorar. Sintió fuertes convulsiones, le dolían las entrañas como si se las estuviesen arrancando del cuerpo, la piel se le estiraba y encogía, su cráneo perdía solidez, su cerebro reblandecía, intentó mirarse las manos, pero sólo vio dos masas amorfas colgando, y un ardor infernal lo quemaba por dentro, oponía una fuerte resistencia a su color, desesperado, repitiéndose a si mismo: “por qué…por qué…qué es esto…” hasta que su boca, perdiendo toda definición, todos sus contornos, ya no pudo abrirse más.
Por fin, las fuerzas lo abandonaron y ya no luchó, la masa que constituía su cuerpo tembló y se deslizó como lágrimas en el lavadero hasta quedar, primero en cuclillas, y luego postrado en el suelo, sollozando de manera cada vez más y más imperceptible hasta llegar a la más absoluta indigencia de predicados, perdiendo su ser, al final, toda reflexión…silencio…silencio.

Ahí se quedó, acostado, sereno, con la paz de estar en el seno materno, en medio de una oscuridad absoluta, sin saber de tiempo ni espacio.
De pronto sintió moverse el piso, y junto con un gran estruendo, algo se abrió, un poderoso haz de luz lo cegaba, estremeciéndose, se movió lentamente intentando evitarlo, algo lo había sacado de su oscura tranquilidad.

Cuando pudo reponerse, sólo sintió caer sobre sí un líquido muy ácido, realmente fuerte, que le recorrió todo el cuerpo, se encogió y retorció de dolor, se revolcó sobre su concha, a la vez que percibió una boca abriéndose gigantesca ante sí.





La vida continúa




                     Mario Cáceres Contreras

    Rubén, retrocedió en el tiempo y el destiempo atravesó su memoria. Las imágenes al inicio fueron nebulosas.  La ventana del pasado le mostró con nitidez al interior de su automóvil y el trabajo efectuado por el limpiaparabrisas. Las plumillas ejecutaron su tarea con eficiencia y el diáfano panorama  incitaba a la acción. La llovizna que refrescó el sector de Quilicura se retiró hacia la cordillera alimentando con el vital líquido a la vegetación precordillerana. Él, como limpiador Dedo Índice continuaba como sombra nítida, a veces alargada, otra recortada, tras los pasos del delincuente juvenil apodado el Loquillo, repitiéndose a sí mismo, la frasecita “No dejes que tus ojos vacilen”. El paraje estaba elegido. El Loquillo ejecutaba algunas acciones como rutina escrita en un aviso luminoso. Escogió un lugar que consideraba  propio… un lugar dónde podía aislarse, dónde se repetía a sí mismo que estaba destinado al infierno o  a un lugar peor. Irremediablemente estaba entrampado en la oscuridad. Al atardecer detrás del block 35 de la población marginal encendía el pito de marihuana y junto a una botella de tequila, planificaba sus próximas fechorías. Ése es el punto elegido por el Limpiador para ejecutar al maldito asesino de 15 años. En la mente de Rubén las carcajadas de la venganza sonaban en su Casa de la Risa como en la celda de un loco, carcajadas que siempre terminaban en gritos en la bóveda del silencio. Pero, luego la lógica detenía esos pensamientos, reflexiones en que la piedad intentaba alterar su decisión.  Algunos nacen en un hogar agitado e infeliz, en un hogar con la mesa sin pan, rechazados por sus padres; ocasionando más peleas y riñas. Nacido con un temperamento negativo, inclinado hacia el delito, a las drogas y el alcohol. Al momento de la ejecución gritará piedad. ¿Qué sabe el Loquillo de piedad? A sus víctimas las ultimó sin misericordia, sólo por el deseo imperioso de matar. Asimiló la palabra piedad a la de Miguel Ángel. El recuerdo de su hija violada y asesinada por otro igual que el Loquillo lo retornó a La Casa de la Risa y de nuevo las carcajadas de los enajenados muriendo en las paredes de la celda fungosa. Esa cicatriz sin sanar siempre supurando le volvió a su realidad y se dijo que era una gato, un gato ejecutor que debía subir al tejado, al lugar en donde se encuentra su dolorosa cicatriz. Descendió del vehículo después de revisar el máuser y el corvo y se dirigió al sitio previamente establecido.
     
La mirada del omnisciente observó las ventanas del block 35 dispuestas hacia el sitio eriazo. Las del tercer piso, esa de las cortinas blancas,  mostraba una pareja bailando salsa que repetía entre sonrisas 1, 2,3, y de nuevo 1, 2,3. Sobre la mesa una botella de ron, bebida Cola y la infaltable bolsa de papas fritas. Música y alcohol  aumentaban la libido en el hombre y la mujer. La ventana próxima exhibe a un anciano en un monólogo a viva voz con un fantasma del pasado, a veces las palabras con tono amoroso, otras alteradas para terminar en gritos de furia, mientras la soledad observa sentada a los pies de la cama sucia y revuelta. Las del segundo piso se mantienen cerradas en espera que el ocaso dé paso a la noche y ésta encienda las bombillas eléctricas para atenuar las sombras. Las del primer piso muestran a un hombre revisando cuentas por cancelar y la desesperación en su rostro porque las deudas aumentan y el dinero faltaría para comer. Una y otra vez busca la mejor fórmula para pasar la muralla de los 30 días, los ladrillos del mes a sortear para vivir. En el mirador cercano al lugar preferido del Loquillo, cuatro pares de ojos infantiles observan al viento levantar el polvo, a un par de perros olfateando la tierra en busca de algún mendrugo que calme el hambre siempre eterna en los perros callejeros. El quiltro blanco con manchas negras cojea de una de sus patas traseras. El otro más pequeño muestra las costillas que pueden ser contadas con facilidad, ha encontrado un trozo de pan duro que rápidamente engulle antes que su amigo de correrías se lo quite por la fuerza de sus colmillos. Más allá la ventana del vidrio roto sin cortinas deja oír el comentario del partido de fútbol. Un Sharpe  que ondea en el aire contaminado por el humo de la marihuana la camiseta de su club deportivo favorito. La ventana de la esquina expone a un jugador de naipes. Juega ante una mesa y dos sillas. Deposita una carta sobre el tapete y cambia de lugar para responder con otra carta a la enviada por él. Y así… sucesivamente en un juego sin contrincante definido y menos un vencedor. El Loquillo como todas las tardes prepara la bebida y el pito de cannabis sativa. Ha buscado un cartón para disponerle como asiento. Cercano a las sombras, el Limpiador vigila. La cara desprovista de máscaras, sus ojos culpables estaban vacíos, se reconoce como un asesino que acaba de ver a su víctima que debe eliminar. El rostro ha cambiado a un rostro de piedra que cuelga como una masa inerte.
     Se acercó sigilosamente al Loquillo. Éste que con un pedazo de alambre oxidado dibujaba figuras en la tierra, nunca se percató de su presencia. Sintió un par de manos  atenazar el cuello. Chilló levemente y trató de manotear el aire. En cambio el rostro del Limpiador era una imagen de la demencia, porque el Dedo Índice tarareaba tipití, tipitó, tata, ta,ta. El Loquillo chilló más fuerte, más  agudos y terribles, sus ojos negros en desesperación se revolvían. El ejecutor le tapó la boca y el corvo inició la búsqueda de la yugular para cortar de un golpe toda la maldad. De la boca del Loquillo manaba sangre, se oyó el crujir de huesos. El cuerpo se desplomó, la sangre salpicó el suelo. Luego el máuser habló, depositando una bala en el centro de la cabeza del desdichado. El Dedo índice continuaba con su melodía tipití, tipitó, ta, ta, ta. Se limpió la mano enguantada del viscoso líquido en la ropa del delincuente, dejando largas manchas rojas. Dijo –Ahora descansa en paz. Como en los negocios, no dejo heridos, no tomo prisioneros, ni doy segundas oportunidades- Se encogió de hombros y rió. Dio la espalda a su víctima y se marchó en dirección a la oscuridad que ya amenazaba al block 35.
    
Mientras la pareja  bailaba salsa, el hombre desvestía a la mujer entre besos y caricias. Ella, se refregaba contra él y con el movimiento le indicaba que no la satisfacía el roce o la ondulación de los cuerpos Pronto quedó desnuda, sólo tenía puestos sus zapatos de tacones altos. La carne de la fémina asomaba voluptuosa en ofrenda sobre la cama. El anciano transformado en el fiel retrato de la derrota, lloraba de rodillas frente a un espejo. La soledad en vano intentaba consolarlo. Las cuentas impagas continuaban sobre la mesa, mientras el hombre encendía, nervioso,  un cigarro. El jugador de cartas iniciaba un nuevo juego barajando los naipes como un consumado profesional. Los perros al sonido del disparo huyeron despavoridos. En cambio los ojos de los niños se habían abiertos desmesurados por el terror. Con el corazón palpitante en aceleración desbocada, no olvidarían esa cara de piedra blanca como la sal. Sus bocas como si les hubiesen inyectado novocaína, olvidaron los sonidos, inmóviles y sordos a las palabras de la madre que los llamaba a cenar. Vieron al Diablo caminar por el sitio eriazo.
    
Rubén, retornó al automóvil iniciando una prolija limpieza a sus manos y los utensilios de muerte. La brisa nocturna que agitó cortinas y levantó polvo dio por terminado su trabajo. Giró la llave de contacto del motor y se fue quizás a otra ejecución. La ventana del pasado abruptamente desapareció de su mente y la realidad le ubicó ante la esquela en blanco y el bolígrafo sobre el escritorio. No estaba seguro si escribiría su confesión…


Inmortalidad esquiva




                                                                    Juan Ramon Cuello Formas


Don Ettore se daba vueltas y más vueltas en su cama. El sueño, como todas las noches, ya desde tres meses, no llegaba, y se trocaba por un estado de ánimo irritable que perduraba durante todo el día.


Quítate de la esquina
chiquillo loco
que tu mare no quiere
ni yo tampoco!

¿Porqué ese maldito ratón canta toda la noche, sin dejarme dormir tranquilo?, se preguntaba.
¡Si siquiera cantara canciones napolitanas!

Don Ettore, un italiano originario de Terracina, un precioso lugar costero mediterráneo, había llegado a Chile en 1960, siendo muy joven, estableciéndose con un almacén en una esquina del barrio Recoleta.
Le iba bien, la gente lo quería y se había quedado soltero porque dándole prioridad a su trabajo, se le fue pasando el tiempo.

Hacía tres meses que en su almacén moraba un ratón. Era el único, pues jamás en su pulcro negocio hubo roedor alguno.
Le había puesto veneno, trampas, jaulas con queso dentro, pero nada. El ratón continuaba vivo. El animalito no sólo era cauto e inteligente, pensaba él, sino que además nunca se había cagado en el azúcar, ni en el arroz, ni en la leche en polvo, ni nunca se había comido nada, sino sólo lo que, fortuitamente caía al piso. Era un ratón muy especial, sin duda.

Durante el día nada se escuchaba, y don Ettore hasta se olvidaba del asunto, pero en la noche los soleares, las seguidillas, las sevillanas, martinetes y fandangos se escuchaban con claridad.
¡Y qué voz hermosa tiene el condenado!, decía el italiano. ¿Y por qué sólo cantará andaluz?
Pasaban y pasaban las noches y era lo mismo, hasta que un día don Ettore decidió quedarse en vela, en espera de ver aparecer al cantor.
En efecto, a eso de la una de la madrugada, el ratón se hizo ver al salir de su cueva.  Era pequeño, más bien debilucho. Ninguna ratona en la calle se habría vuelto para mirarle.
Se encaramó al mostrador y comenzó con un sentido fandango. Estaba inspirado, sin duda, y  cantando se olvidó por completo de su entorno, como los buenos artistas. Fue así que don Ettore aprovechó la ocasión, se abalanzó sobre él y le cogió con ambas manos.

¡Te he pillado “desgraciato”! ¡Ya no me meterás más tu bulla española. Prepárate a morir. Ahora verás!

El ratón sintió el tremendo apretón del indignado italiano, y dando un grito le pidió que lo escuchara.
¡Tengo que decirle algo muy importante,  no me mate, por favor!
Don Ettore lo soltó un poco para que el ratón tomara aliento.
¡Dime, habla pronto, ¿Qué quieres?

Don Ettore, debe saber usted la historia de mi vida.  Así como me ve soy la reencarnación del alma de Juanillo El Cortijero, famoso y aclamado cantaor de los años cincuenta.
Quizás usted me recuerde. Fallecí en un accidente en Sevilla y desde allí que vago de reencarnación en reencarnación.
No he podido entrar en la eternidad como debiera, ya que he tenido la mala suerte de morir por accidente en cada oportunidad.
Cuando esto ocurre se llega al cielo, sin duda, porque el infierno está clausurado por insalubre  desde hace mucho tiempo, pero la Oficina de Partes del cielo es muy rigurosa e inflexible: el que no haya muerto de viejo en la tierra no entra en la vida eterna.
Esa oficina es muy amplia y acogedora y tiene enormes ventanales desde donde se puede ver a la gente que está adentro.  Entre todos los que allí he divisado están San Agustín, Gabriela Mistral, Caruso, Mahatma Gandhi,  el que inventó el lápiz de pasta, Carlos Gardel y muchos más.

La primera vez que llegué allí se me dieron instrucciones de volver a la tierra convertido en un brioso caballo salvaje en las praderas de Montana, en los Estados Unidos. Corría de un lado a otro en ese lugar y podía interpretar mis cantes sin problema porque los otros caballos eran unos ignorantes en materia de flamenco, pero un día un cow boy atolondrado disparó sobre mí  y hasta ahí llegó mi vida norteamericana.

En seguida me enviaron de tigre a Bengala, en la India. Estaba contento. Allí cantaba en medio de la selva, teniendo un auditorio cautivo de monos y serpientes, hasta que llegaron unos cazadores ingleses y me convirtieron en una alfombra que se llevaron a Londres.

Vuelta a la Oficina de Partes. Allí ya era un conocido y dándome una mano me convirtieron en mosca, pensando que a las pocas semanas caería de viejo, sin embargo, la empleada de la casa en que vivía, con un diario doblado en su mano, me aplastó contra la mesa de la cocina.

Como  usted puede ver, don Ettore, habían pasado ya muchos años, pero la eternidad aún me aguardaba.

Fui enviado de nuevo como un rico terrateniente a la Argentina. Tenía problemas cardíacos y de seguro moriría de forma natural.
El único que allí escuchaba con atención mis sevillanas era Zoraido, un gaucho viejo muy condescendiente.
Pero como mi situación financiera era espectacular, Ignacio, mi sobrino predilecto puso diez pastillas de Diazepán en mi café, y alcancé a durar cuatro horas.
Ignacio se las arregló con un juez amigo, pudo salir libre de polvo y paja y se quedó con mi fortuna.

Subí otra vez a la bendita oficina en donde ya me saludaban por mi nombre, y después de una larga antesala, San Anacleto, que es el jefe de allí se apersonó a mí y me dijo : ¿qué hacemos contigo, Juanillo?
Dios está con la mejor intención de recibirte, pero tú sabes que hay que cumplir los requisitos.
¡Mira. Te enviaré  ahora a Santiago de Chile. Irás de ratón, y si te cuidas que no te atrapen y tienes mucho cuidado con los venenos, trampas y escobazos, pronto morirás de viejo. Tú sabes que los ratones duran poco tiempo. Suerte muchacho!

Don Ettore escuchaba todo esto con el asombro que era de esperar. Que hablara un ratón pasaba, pero que cantara flamenco y que además contara esta historia tan singular, era como mucho.
La compasión fue apoderándose de él y soltó aún más al pobre ratoncillo, quien continuó con el relato.

¡Es así, don Ettore, que he llegado a su almacén, en que me he sentido protegido y contento!
¡Usted es un hombre bueno y he tratado que mi presencia no le incomode. Nada le he destruido ni tampoco he cantado en el día, porque eso habría significado que su clientela se hubiese espantado, en cambio usted no se ha asombrado, porque sabe muy bien que, tanto en Italia su patria, como en España, la mía, hasta los ratones cantan.
Le ruego me suelte y me permita cumplir mi ciclo. Le juro que usted estará muy pronto libre de mí, ¡ah!, y además matizaré mis cantes jondos con tarantelas o arias de ópera. Creo que usted comprende que no puedo dejar el canto mientras viva!

Don Ettore, el sencillo italiano como tantos que llegaron a Chile y pronto amaron este país, soltó al ratoncillo.  Le quedó mirando largo rato y le abrazó con cariño.
¡Vete!, le dijo. Lleva lo que te queda de vida en paz, pero también deja llevar en paz la mía. Canta bajito y hazlo más lejos de donde yo duermo, por favor.

Ese día pasó raudo, y en la noche don Ettore se introdujo en su cama, leyó algo en el diario, apagó la luz y se dispuso a dormir.
De pronto escuchó una preciosa y clara voz, que con mucho sentimiento cantaba:

La donna e mobile
cual piuma al vento

Emocionado exclamó ¡menos mal que este “disgraziato” cambió de repertorio! y un dulce sueño le cogió hasta el otro día.