domingo, 5 de octubre de 2014

TRES POEMAS, José Loyola





Imágenes

Tirábamos piedrecillas al estanque
mirando los anillos del agua,
que se agrandaban.
Las hojas vibraban
pulsadas por los dedos del viento.

Temblaban confundidos
los espejos del agua.
Sus manos y mis manos
después de lanzar
minúsculas piedras
se buscaban.

La conciencia del tiempo
nos llevaba a la puerta de su casa.
La pasaba a dejar, disimuladamente
todavía con un poco
de jardín en los labios.
Con un aire de besos en los ojos,
nos despedíamos.

Madre

Sé que temblaste cuando mi grito
desgarró por siempre
tu paz de seda.

Que cerraste humilde,
todos tus pétalos,
para darme con ellos,
la primavera.

Estabas durmiendo tan en silencio
que hasta la muerte
sintió mi pena.

Sólo encuentro en el fondo de mis raíces
que se me hizo amargo
el dolor de tu muerte.

Te busqué en sueños, limpios, serenos.
Ahora sé que tu alma viaja por las tinieblas.
¡Cómo me quema!



Aún te recuerdo

Por tu sangre rubia
que hiciste mía.
por el abismo que me dejaste
desde que te fuiste
algo extraño me invade,
de aquel calor, ¡no queda nada!
Me ahoga este silencio
que me hace tanto mal.
El mundo siguió andando
entre nostalgias y recuerdos.
Los hijos que jugaban por la casa
ya no están, se han marchado.
se fueron haciendo su propio camino.
Tú, agobiada con tus enfermedades
también te fuiste.
Todavía te siento rondar por la casa.
¿Quizás algún día
alguien pueda conducir a tu alma
a encontrarse con la mía?
Vivo en esta soledad
tan llena de recuerdos
pienso que todavía estás
que fuiste donde los hijos no has regresado.
Lo único que puedo decir es que te extraño.
Cuando llega la mañana
tiendo la mano hacia tu lado
siento las sábanas heladas
pienso que has madrugado.
Que estás por ahí, lavando, barriendo.
Digo ¡Tan temprano que se ha levantado!




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