lunes, 31 de octubre de 2011

ENTRE BICHOS






                                                     Patricia Franco Muller
En el envés de la hoja
dejó sus huevos
la mariposa




Una mariposa blanca aleteaba entre las macetas, en vuelo errático y cerca del suelo. Se posó en una espuela de galán, aquella planta rastrera de hojas redondas y flores anaranjadas que las atrae. Me llamó la atención que luego de detenerse en una hoja, se instalara por un buen rato en el reverso de ella. Cuando terminó su tarea, se echó a volar. Sin éxito. La gata Fridolina la había visto. Saltó atrapándola en el aire con las garras y la devoró. Mientras tanto, yo había intentado frustrar su ataque, pero ella fue más rápida. Me miró con aire de desafío, un trocito de ala asomando del hocico.

Fui a mirar el reverso de la hoja donde estuviera la difunta. Una serie de mínimos huevos colocados en orden. Tuve pena de la mariposa y decidí sacrificar la planta. Años atrás había matado las orugas que dejaban solo los tallos indemnes. Me distraje con otros asuntos y cuando volví a mirar el patio, una avispa rondaba insistentemente los huevos. La espanté y estuve un buen rato de guardaespaldas.

Cada mañana, entre los eternos quehaceres domésticos, les echaba una mirada. En días siguientes, ya habían aparecido los gusanillos y estaban devorando hojas. Olvidé el asunto por unos días y cuando revisé la mata otra vez.....oh....había varios ya secos, agrupados en los tallos sin hojas, seguramente habían muerto de hambre al no poder avanzar ni retroceder estando agrupados en racimo. Con sumo cuidado cogí dos que estaban aparte y vivos también en un tallo pelado y los coloqué en buen lugar. Más adelante lograron seguir encontrando hojas y crecieron, lucían el vientre de un vivísimo verde, lomo amarillo con manchas negras, erizados de púas. Saqué algunas hojas grandes más alejadas y se las puse al alcance.

Tiempo después, no quedaba ninguno a la vista, a pesar de los múltiples esfuerzos desplegados para salvarlos, pero ¡milagro! uno de ellos estaba ya transformado, envuelto en una cápsula de filamentos. Pasaron los días y en todos ellos estuve vigilando que nada le pasara. Pero una mañana, ya no estaba, lo encontré en el suelo, ya aplastado ¿algún perro, algún gato?

Aparecieron otras mariposas blancas, ya la espuela de galán se había recuperado y lucía hojas nuevas, hubo  más huevos que se transformaron en orugas voraces, pero cada día quedaban menos, para terminar en nada. En todo el año, no se produjo el nacimiento de ninguna mariposa.

En esta primavera, vi  por casualidad unas orugas nuevas en una planta también nueva. Pero ahora prefiero no seguirles la pista. Ha sido tan frustrante, tan cruel presenciar el esfuerzo de esas pequeñas vidas, luchando por crecer sólo para dejar otras vidas detrás en una lucha sin sentido.

Tuve alguna vez caricaturas de fieras hechas en peluche, cuentos milagrosos, todo para alejar a los humanos nuevos de la realidad, de manera que la vayan conociendo traducida, explicada en forma artera, porque tragarla de un sorbo no conviene. Ante la horrible naturaleza, se van fabricando mundos nuevos que estarían disponibles después de la vida de manera de seguir una ilusoria esperanza que haga soportar un mundo tan imperfecto.

Por la noche, salí a regar las plantas. Al terminar, vi un enorme caracol bebiendo al borde del estanque. En una noche, esos comilones voraces terminaron con las orejas de oso y su esplendor de colores. Estaba decidida a terminar con todos. Pero matarlo me pareció una barbaridad. Vemos en televisión tantos animales saciando la sed de manera confiada y de repente aparece en medio una fiera muerta de hambre y los engulle. En consecuencia, lo dejé vivir tranquilo.

Me he sentado a escribir esto, pero me distrajo un movimiento en el suelo: una loxosceles laeta corre por el piso, inesperada, como la muerte.




No hay comentarios:

Publicar un comentario