sábado, 17 de julio de 2010

EPOPEYA Y MILAGRO

Cuento escrito en Julio 2007 por JUAN RAMON CUELLO FORMAS
para el curso de Narrativa impartido por la Municipalidad de Maipú.


La Escuela Parroquial de Maipú se ubicaba detrás de aquella mole en construcción que un día sería el Templo Votivo, santuario que se originaba en una solemne promesa que hizo el Padre de la Patria don Bernardo O”Higgins Riquelme, al obtener el triunfo en la batalla librada el 05 de Abril de 1818.

Eran los últimos días de Noviembre de 1954, y los trabajos de aquel templo marchaban muy lentamente. Una que otra vez se veía a un grupo de obreros levantando murallas, enfierrando paneles, pero nada más que eso.

El joven y esforzado cura del pueblo, don Alfonso Alvarado Manrique, hombre lleno de energías, había logrado unir esfuerzos y conseguir que se edificara esa escuelita que tanto habría de servir a los niños pobres de Maipú, comuna que a la sazón contaba ya con apreciable cantidad de habitantes.


Allí estudiaba Choche, llamado legalmente Jorge Palacios, un niño de cara redonda, de ocho años de edad, siempre luchando por la caída de los mocos de su nariz, y partidas sus manos por el frío del invierno, que capeaba apenas en la modesta casita en que vivía con sus padres y hermanos.

Choche era alegre y rápido de mente. Inquieto por naturaleza, no había ningún niño que le ganara al juego de los tres hoyitos, con esas bolitas de piedra que compraba en el almacén de don Raúl.
Le fastidiaba que su madre le mandara a comprar parafina, pues en aquel lugar habían unos muchachos mayores que él que se reían de su pequeño porte y de sus feos y gastados zapatos. Pero la obediencia en su hogar era férrea, y las ordenes se cumplían al pie de la letra.

En la escuela era un alumno regular, a pesar de que don Evaristo, su padre, era muy exigente.
Simplemente a Choche, como a tantos niños como él, no le interesaban las matemáticas, ni el castellano ni la historia. Los estudiaba lo justo y necesario.
Pero donde el entusiasmo cambiaba completamente, era en el ramo de ciencias naturales. Choche se fascinaba con las flores, los árboles, las frutas y los insectos, teniendo varios de ellos disecados sobre un trozo de cartón.

Fue en una muy especial oportunidad en que la Escuela Parroquial consiguió que un prestigiado científico de la Universidad de Chile hiciera una clase de ciencias naturales, y llevara un microscopio para enseñar a los niños el fascinante e incógnito mundo de los microorganismos.
Choche no se apartó ni un momento del lado del profesor, ocupando cada vez que se lo permitían el maravilloso aparato técnico, descubriendo los secretos de la textura de las alas de una mariposa o la formación anillada y extraña de varias hojas de árboles y plantas.
Al término de la clase, el catedrático se despidió del profesor y de los niños, asegurándoles que volvería lo más pronto posible. Preguntó con interés por el nombre de aquel muchachito que tanta atención había puesto a la clase, y que el microscopio había dejado boquiabierto.

Nuestro Choche no pudo dormir tranquilo esa noche. Le venían una y otra vez a la mente esas figuras extrañas de maravillosos colores ; esas cabezas gigantes que se podían ver de hormigas y moscas, que el microscopio dejaba al descubierto.
El adivinaba que ese instrumento podía tener múltiples aplicaciones e influir positivamente en la gente, con sus incontables descubrimientos. Pensaba y pensaba lo feliz que él sería si tuviera en su casa un microscopio. Era su deseo más ferviente, pero sabía muy bien, y le apenaba muchísimo, que eso sería imposible para él, un niño pobre hijo de un obrero de INSA, la Fábrica Nacional de Neumáticos, que ganaba un sueldo que alcanzaba justo para sostener a la familia.
Una lágrima cruzó su cara, que le hizo enojarse consigo mismo. Ya llegaría el momento de tener lo que deseaba. Cuando adulto trabajaría duro para lograrlo. Mientras tanto debía ser fuerte.

Pasaron los días y Choche continuaba recolectando plantas, flores y tubérculos. Todo le interesaba. Su modesto dormitorio de su hogar contenía de todo lo que de vegetal e insectario pudiera haber. Su madre tenía gran paciencia al hacer el aseo y dejar después todo en su lugar.
Por otra parte Choche preguntaba insistentemente a su profesor por el retorno del científico y su microscopio, pero no obtenía respuesta.

Una noche de martes tuvo un sueño. Se vio en medio de la Batalla de Maipú, auxiliando a un soldado que había quedado rezagado de su línea. Era un hombre joven a quien Choche le daba agua y le acomodaba la cabeza herida.
Despertó sobresaltado casi a la hora en que debía levantarse para ir a la escuela. Soñoliento aún tomó su desayuno y se encaminó hacia el sector poniente del Templo Votivo, que era la ruta hacia su escuela.

Pasando por detrás del alto murallón, y entre la maleza que allí había y sin que nadie le acompañara, una luz de color celeste intenso se le presentó a unos pocos metros.
Se restregó los ojos intensamente y pudo ver con claridad a un hombre que vestía un hermoso uniforme militar que a Choche le recordó aquellos que había visto en los libros de Historia.
El militar se acercó sonriente y le estrechó la mano. ¡No temas Choche! le dijo. ¡Me presentaré. Soy o fui más bien dicho Ovidio Vicencio, soldado de infantería bajo el mando del general Juan Gregorio de las Heras. Luché en la batalla que se libró hace ciento treinta y seis años en este mismo lugar, y caí herido de muerte, no sin antes recibir agua y palabras de consuelo de un niño parecido a ti.!
¡De donde yo vengo sabemos todo lo que ustedes aquí piensan y hacen. Conozco tu afinidad a la botánica y al estudio de los insectos. He venido a ayudarte; sé que deseas tener un microscopio. Pues bien, busca unos pasos más hacia delante, y pegada a la muralla encontrarás algo que será lo que te llevará a tener aquello que tanto anhelas!

Choche no alcanzó a pestañear cuando ya toda la visión se había desvanecido. Muy aturdido aún empezó a buscar lo que el soldado le había indicado, pero no encontró nada de nada.
Pensando que todo lo había imaginado, inició su camino a la escuela, pero a poco caminar tropezó fuertemente con algo. Era un trozo de metal que sobresalía del suelo.
Comenzó a cavar como pudo, y al rato sacó a la superficie algo que lo dejó perplejo. Era una bellísima espada muy bien conservada, que de seguro había sido de alguien que luchó aquel 05 de Abril de 1818. Cuidadosamente la guardó entre la maleza, tapándola con tierra.

En la escuela, esa mañana se le hizo eterna. Al mediodía volvió al lugar en donde había dejado la espada, la envolvió en papel de diarios que había conseguido, y la llevó rápidamente a su casa.

Cuando su padre vio el arma, tan bien conservada, no podía creer lo que veía. Era una pieza magnífica, y de inmediato pensó que su jefe en INSA, don Eliécer Subiabre la compraría sin regatear. Era hombre versado en Historia de Chile, y un eximio coleccionista de armas.
Choche le contó a su padre cómo había encontrado la espada, pero sin decirle una palabra del suceso con el soldado fantasma.
Don Evaristo decía en la mesa, a viva voz, que vendería muy bien la espada y con el dinero podría hacer los arreglos que la casa requería por tanto tiempo.
Choche escuchaba esto y callaba, rumiando su pena y su desilusión, pero también confiaba en lo que el soldado le había dicho: “encontrarás algo que será lo que te llevará a tener aquello que tanto anhelas”

Dos días después, el jefe de don Evaristo quedó maravillado con la espada que se le presentó a sus ojos.
¡Te doy de inmediato tres mil pesos por ella!, le dijo.
El padre de Choche aceptó sin titubear. Era mucho dinero y alcanzaría para muchas cosas.

Al día siguiente, doña Mercedes, madre de nuestro personaje, muy temprano de mañana le dijo a su esposo que había tenido un fugaz sueño, en que una voz desconocida le decía que Choche era el legítimo dueño de la espada, y que por lo tanto debía decidir él, el destino de ese dinero.


¡Creo, viejo , le dijo, que sería la ocasión de que el niño tenga ese aparato que no sé como se llama ,del que tanto ha hablado, y que pueden verse muy grandes las lanzetas de las abejas!
¡Mujer, eso es imposible. No sabemos cuanto cuesta eso. Ni pensarlo!

Pasaban los días y Choche mostraba su frustración en su carita redonda y cachetona, lo que no pasaba desapercibido para sus padres.

Hasta que una tarde, don Evaristo cedió.

¡Voy donde el doctor Miranda!, le dijo a su esposa. ¡El me dirá como llegar a comprar ese bendito instrumento!

¡Sencillo, pues hombre! ,le dijo el bonachón médico. ¡Mañana debo ir a pagar un medidor de presión a la casa especializada de don Gustavo Brescia, en calle Huérfanos de Santiago. Allí podré comprar el microscopio. Debo advertirte que el aparato es caro, eso sí!

Fue un 22 de Diciembre de 1954 que el doctor Miranda pagó dos mil novecientos pesos por un estupendo microscopio.
El vendedor le dijo que había ocurrido algo muy inusual. El aparato era el único que había en existencia y lo había reservado un laboratorio de Rancagua, sin embargo sólo esa mañana habían avisado que no lo comprarían por el momento, quedando libre para su venta.

El aparato fue guardado convenientemente por los padres de Choche, quien ya se había olvidado del asunto.
Don Evaristo se lamentaba no haber podido ocupar el dinero para arreglar la casa, pero sabía que su hijo tendría una inmensa felicidad de poder estudiar en detalle a mariposas, pétalos, hojas, tallos, cucarachas y todo aquello que le fascinaba.


Fue así como de costumbre en esos años, Choche se acostó temprano esa Nochebuena, y al amanecer, al pié del modesto árbol navideño se ubicaba una caja de regular tamaño, que abrió con curiosidad.
Dio sólo un grito, esos gritos de felicidad que la gente humilde y modesta da muy de tarde en tarde, pero que se escuchan desde lejos.


Hoy, en el año 2007, por cumplirse cincuenta y tres años de esa noche maravillosa, Choche es un respetado y sabio científico, especialista en el estudio de insectos y vegetales.
Se desempeña en un instituto de gran prestigio en Illinois, Estados Unidos, y cada vez que viene a Chile, junto con visitar la tumba de sus padres en el Cementerio Parroquial de Maipú, concurre al ya terminado y bello Templo Votivo, se da lentamente una vuelta por la parte posterior de ese recinto de oración, y reza en silencio por el alma de los que cayeron allí, en 1818.

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