domingo, 3 de octubre de 2010

De cómo Nelson González se convirtió en conserje


                                             por Patricia Franco


Esperaba mi turno para un examen médico pedido con insistencia, eso de "para corroborar hallazgo", bla, bla. Ya había pasado una hora en tal inactividad y la clientela se impacientaba. Estaba metida en un libro tamaño espera de consultorio, cuando llegó una entusiasta vendedora de ¡Help!. La miré con cara de  plis no a mi, pero insistió. Primero me preguntó la edad, se la dije,  acentuó su cara de lástima comprensiva y también su posibilidad de éxito. Se explayó en las ventajas del sistema y en todas las tragedias que podían pasarme. Le conté del caso de aquella anciana con asma que llamó al citado servicio, le contestaron que no figuraba como afiliada y eso fue lo último que escuchó en vida. La vendedora puso cara de ¡a mi que me registren! 


Luego sostuve mi negativa al ofrecimiento diciendo que, si bien podría estar en condiciones de hacer la llamada telefónica, viviendo sola ¿quien abriría el portón  del pasaje y luego mi puerta? Dijo que ellos tenían solución en esos casos, o sea ningún problema con entrar a casas cerradas. "Tenemos gran experiencia en acceso a condominios - dijo y luego aseguró que siempre podían comunicarse con el conserje. Ahí me dio un poco de risa. Seguí explicando, pues quizá ella viene de alguna comuna más civilizada. "Aquí vive  gran cantidad de gente que proviene de poblaciones marginales erradicadas, campamentos, etc. Conserje es un término que no se ocupa". Después me acordé del Nelson González y lo vi clarito con gorro y chaqueta con botones dorados, vigilando desde su caseta, mostrando los dientes a los funcionarios de Help - ¡No se oye padre, aquí no entra nadie sin mi autorización! Y ladra que te ladra, corriendo con su patita coja detrás de los salvadores de ancianitas infartadas.


Mañana escribiré en el frontis de su vivienda: "Nelson González, conserje". A lo mejor así lo comienzan a tratar con más respeto los gatos insolentes que se pretendan comer su alimento (y sepan leer).

POEMAS DE PALMENIA SAN MARTIN

DIAS

Hay días de credulidad
llenos de arrobo.
Algunos varios
hasta entretenidos,
los hay también
de tedio y desencanto
y un inmenso cansancio
parecido a la muerte.
Pero, además, están
los de cordura
que te despiertan
como campanadas.
Abres los ojos,
contemplas lo vivido,
recoges las valijas
y te marchas.


ODIO

Odio mi sombra
cuando me precede,
porque me estorba
el paso y me recuerda
que estoy viva
y camino la vida.
Pero la odio mucho más
cuando la siento
pegada a mis talones
como un perro,
porque le sigue el rastro
a mi fracaso
y desentierra
todos mis dolores.


UBICACIÓN

La provincia de Tedio
donde habito,
queda al final
de nunca nada.
Limita al norte
con mi primer vagido.
Al sur con un camino
ya borrado.
Al este y al oeste,
con esta obscena soledad
que va arrancando
al calendario
las desnudas hojas.


CONJETURAS

Hay recostado en mi ventana
un ser vestido de inquietudes
muchos adioses, cien ocasos,
mil esperanzas, teorías,
ciertos enigmas y nociones.

¿Qué espera el ser de mi balcón?
¿Qué incertidumbre le domina?

Escucha al viento cuando pasa
en vano empeño, sin destino
y entre temblores de agonía
midiendo el tiempo conjetura:
¿También me iré como la tarde?
¿O he de morir tras los cristales?

POEMAS DE PILAR ARRATIA


                                                               

Culpas

eclipse  arteria rota de sol
resbala entre frío y desvelo
paseo en silencio a la estación muerte
y una parada al vacío
cayeron las hojas que recibían tu savia
se hizo ilusorio tu fuego árbol viejo ahora cenizas

culpas hurgan con su filo malicioso
remueven la conciencia de recuerdos
tus ojos dentro de los míos
apuntando al remordimiento
pido perdón y reflejos de odio
cada noche acomodan la almohada insomnio
mientras aquel cadáver viviente
mete el dedo en mis culpas y duele
mientras aprieto los ojos descubriendo
que vives en mi más que nunca

Desamor

fríos mojan la memoria
me traen tu voz
trae llanto de
primavera inconclusa
porque sigo en esta encrucijada leve
de cosas que gravitan mi existencia
después que tú

imágenes de nuestra habitación
besos amontonados
concavidad de los cuerpos
el secreto borracho de este invierno
escondido en la escarcha
miradas de una muerte suspendida
disolviéndose muy cerca del corazón


Envuelto en lluvia 


Cuando todo acabe
y usted ya no se encante
con mi encanto

Cuando a la distancia
lo busque con la mirada
y sus ojos me rehuyan

Cuando mi cuerpo se desgaje
por los años, sin amarlo a usted

Cuando a mi lado pase
en el supermercado

Yo me pasee por delante
usted, sin verme
comprará ese delicioso helado
que un día saboreamos juntos.

Entonces, querré acercarme
buscando un pretexto
justo allí, donde se amontona la gente
para comprar el pan más calientito
le tocaré una mano

avergonzada pediré perdón
y usted extrañado sin reconocerme
(la palabra perdón parecerá
todavía lo amo)
entonces como volviendo un poco al pasado
habrá un atisbo en su mirada
de que soy yo, a quien un día
le regaló un poema,
envuelto en lluvia.


LO QUE SE PIERDE EN LA TIERRA

                                                                     por Connie Tapia Monroy


“Un abandono
Un abandonado en suspenso.
Nadie es visible sobre la tierra.
Sólo la música de la sangre
asegura residencia
en un lugar tan abierto”.

Pizarnik, “32” de Árbol de Diana (1962).



                                                                  I

Antes de la llegada de los españoles ya fluía imponente entre los valles, atravesando todo el territorio de lo que ahora denominamos Región Metropolitana, cuna de la ciudad capital, Santiago. Ahí está, y no. Los habitantes de la ciudad lo han transformado en el vertedero de todos sus residuos.

                                                                 II

No son muchos los departamentos que se pueden arrendar a buen precio en el sector de plaza Italia. Después de una ardua búsqueda encontraron algo que se les ajustaba a los bolsillos. Un departamento en el sexto piso de un antiguo edificio.
En su época de estudiante universitaria Carol entró a trabajar en un Call Center con el fin de costearse los estudios. El día que comenzó a operar en la plataforma que le asignaron conoció a Fabián, su actual compañero de departamento.
Él corrió una suerte distinta. Al egresar de la carrera de ingeniería informática ya tenía un puesto asegurado en el gobierno. En cambio ella aún seguía cada mañana caminando por la calles de la ciudad dejando el currículum en todos los lugares posibles. Volvía a casa, preparaba el almuerzo, comía, se duchaba y luego salía a paso cadencioso a conectarse al computador y los audífonos. Antes le parecía entretenida esta rutina, pero ya no. Con el pasar del tiempo se hizo cada vez más desagradable atender con voz amable a cada persona que llamaba.
El teléfono personal, en cambio, jamás sonaba.

                                                                     III

Al cerrar los ojos para descansar, inmediatamente aparecían unos extraños sujetos siguiéndola insistentemente. Corría desesperada hasta llegar a un acantilado profundo, agitada miraba de lo alto como las olas golpeaban furiosas al final de la base, se volteaba y los seres extraterrestres estaban cada vez más cerca. El vacío que se dibujaba a sus pies era abismante y aterrador. Siempre veía como las olas la golpeaban bruscamente contra las rocas, el cuerpo se llenaba poco a poco de moretones y llagas, la sangre se mezclaba con la inmensa masa de agua. El final del sueño era recurrente y fatídico. Sus ojos se perdían en un abismo donde ni siquiera la muerte se atrevería a entrar.
Despertaba aterrada y con los ojos llenos de lágrimas.




                                                                 IV

Contestar el teléfono a diario y no tener trabajo en lo que había estudiado no era lo único que la atormentaba. Todos los días tenía que lidiar con el tétrico ascensor del edificio donde vivía.
Para entrar en él, debías abrir una puerta y luego correr otra con fuerza. Varias veces creyó ver el reflejo de alguien que se asomaba por la pequeña ventanilla que tenía en una de sus puertas, pero reaccionaba y se consolaba pensando que era el reflejo del espejo que había en el interior.
Un día al volver del trabajo, subió como de costumbre en el ascensor y apretó el botón del piso 6. El viejo aparato crujió como si los engranajes se hubiesen trancado y soltado al instante. Luego empezó a subir: piso 2, piso 3 y así sucesivamente hasta el 6. No se detuvo. Se le apretó la garganta y comenzó pulsar los botones. La máquina no se detenía y seguía subiendo. Con un fuerte golpe metálico el ascensor se detuvo bruscamente. Carol se remeció y tuvo que sujetarse con las dos manos en los costados. Suspiró. Se arregló el cabello y trato de abrir la puerta pero no pudo. Presionó con fuerza, pero fue inútil. Un gggrruuaauummm sonó de improviso y la cabina comenzó a bajar bruscamente. En la ventanilla de la puerta vio agua, como si se estuviera hundiendo en un gran lago. Poco a poco el nivel subía más y más. Carol apretaba desesperada los botones de emergencia, pero nada respondía.
Otro movimiento brusco. Cayó sentada en un rincón aturdida, un sonido fuerte metálico la hizo reaccionar. El ascensor se había detenido. Abrió las puertas, se encontraba en la orilla del río Mapocho. Lo reconoció por el color café de sus aguas, el rápido caudal y las paredes altas de piedra y cemento que lo bordeaban. Quiso salir, pero al otro lado del río divisó una figura blanca, como silueta de mujer, casi humana, casi transparente, con el pelo largo, negro, con mirada hundida, como si un vacío le hubiese apoderado de sus los ojos.
Aterrada, marcó nuevamente el piso 6. Subió, subió y bajó bruscamente. Al salir nuevamente estaba en la orilla del río Mapocho, pero esta vez, cerca del cruce Pío Nono, cerca del edificio, cerca de casa, pero no se atrevió a salir, era de noche, una oscura noche y pulsó otra vez el 6. El sonido ronco de los engranajes le dio aviso que estaba nuevamente en marcha y esta vez, ya se encontraba en casa.
Esa noche descubrió que el ascensor la podía trasladar a lo largo del cauce el río. Pensó en contárselo a Fabián, pero la catalogaría de loca y no lo hizo. Entró directamente a su habitación y no salió hasta el otro día, asegurándose de no toparse con su amigo.

                                                                 V


“Desde un pequeño lago a 32º 40’ de latitud sur, inician su curso las aguas del río Mapocho, “el río que se pierde en la tierra” (Mapu-cho), según el gráfico decir de los indígenas. Sigue desde allí una dirección nor-este a sur-oeste, y a los cincuenta kilómetros de su curso, luego de ser incrementado con diversos caudales, atraviesa la ciudad de Santiago. Acentúa luego su rumbo sur-oeste y se filtra en la tierra, desapareciendo totalmente. ¿Chuchun-co? dicen allí los indios (¿Qué se hizo el agua?) y un lugar de los contornos llega así con el nombre de Chuchunco hasta nosotros. El agua ha sido absorbida por la tierra y continuará como corriente subterránea para reaparecer más al poniente, en tierras de otros indios que, regocijados, las verán emerger cerca de sus campos de cultivo”

                                                                    VI

Nuevamente escapaba desesperadamente de sus perseguidores. Sin embargo, un chico corría a su lado a gran velocidad y no pudo alcanzarlo. Él también estaba huyendo de los supuestos seres de otro planeta.
El muchacho llegó primero a la orilla del acantilado, la miró, le hizo unas señas y se lanzó al vacío como un halcón tendiendo sus brazos hacia el abismo. Carol sin pensarlo demasiado corrió hacia él. En la orilla se detuvo, extendió sus brazos y se lanzó. Por unos minutos creyó volar, hasta que chocó violentamente contra el agua. El chico estaba sonriendo, ella nerviosamente también lo hizo. Se dejaron llevar por la corriente hacia las oscuras cuevas bajo el inmenso macizo de roca.
Aquella mañana despertó tranquila. El sueño que se repetía constantemente había cambiado.
Y con un ánimo distinto salió, como de costumbre, a recorrer Santiago a dejar el currículum. Era su día libre y todo se lo tomó con calma. Se sentó en el parque de las esculturas a mirar el río Mapocho, observar como sus aguas no se detenían jamás, era una sensación de que todo pasa y nada se queda en el mismo lugar. Le agradaba pensar que ya todo fluía, por lo menos en el río, aunque fuera pestilente y de mala apariencia.
Se quedó hipnotizada mirando las aguas de río. En ese preciso instante vio que algo intentaba salir a flote. Lo siguió con la mirada. Parecía un trapo blanco, pero no. Una mano parecía emerger de las aguas. Se irguió para observar con mejor ángulo. Creyó ver un cuerpo. Se restregó los ojos y observó que se hundió definitivamente. No pudo ver que era realmente. Se puso nerviosa. Pensó que a lo mejor era una mujer, no lo sabía con certeza y siguió mirando el río. Algo nuevamente intento salir a flote, pero esta vez era un pedazo de tronco que logro liberarse y navegar libre hasta que se perdió a la distancia.
Una voz interna le dijo: “el ascensor”. Corrió a tomar el metro. Corrió al ascensor del edificio viejo donde vivía. Entró en él, apretó piso 6. Las señales metálicas se repitieron y en solo un par de segundos estaba en la ribera del río Mapocho. Quería descubrir que era realmente ese trapo blanco que había visto. Subió y bajó una y otra vez del ascensor recorriendo la ribera aguas abajo.
Cansada de subir y bajar del ascensor se sentó agotada en una roca. Casi caía la tarde y pensaba que no era buena idea estar ahí. Volvió al ascensor sin antes asegurarse que la aventura del día había terminado. Se volteó. Un destello de luz cegó su visión, una poderosa luz salida de la nada dejándola ciega por segundos eternos. Cayó inconciente.

                                                                       VII

Llevaba días desaparecida. Su compañero de departamento había dado aviso a su familia y a carabineros.
Fabián no podía dormir, una extraña pesadilla lo atormentaba, aunque no era más que agua, agua turbia, revuelta, tranquila a veces, de escena negra, de colores grises. No entendía el sueño, solo sabia que era perturbador y con la preocupación de su amiga, ya no lograba dormir.
Decidió hacer afiches con la foto de Carol y comenzó a pegarlos por toda la ciudad junto con pequeños volantes que los repartía en cada salida del metro.
Caminando por el barrio Lastarria se encontró que en una de las esquinas se había acumulado un montón de gente. Un tipo con voz de pito, hablaba muy rápido y las personas a su alrededor trataban de calmarlo. “No volveré a la Clínica Normita, aunque el Señor demonio con escrupilisimo lo quiera así”, marcando bien las eses. Fabián se acercó y se dio cuenta que era un vagabundo vestido curiosamente como señora, un pañuelo negro en la cabeza, con vestido. Andaba con un carro de supermercado lleno de cachureos. Una señora dentro del tumulto “es la loca del carro”-dijo, el vagabundo la escuchó “no soy la loca del carro, ni el maestro, soy divino, divino porque vivo en la calle” –prosiguió con las incoherencias. “Lo, lo que ustedes no saben es que la Boloco esta reencarnada en Obama”. Fabián logró incorporarse dentro del tumulto llegando casi a su lado. El mendigo le miró los volantes que andaba trayendo en la mano. “Misiriarisimo!! no puedes andar buscando a ese demonisisimo, que asume la forma impostora de mujer” –le gritó de manera descontrolada. Intentó arrebatarle los papeles de las manos, “y tú ¿qué te crees?” -le dijo Fabián con furia contenida. Forcejaron hasta que los volantes se dispersaron por el aire como una lluvia de papeles. El divino anticristo tomó uno de los volantes y dirigiéndose a sus espectadores siguió con el discurso: “Miren bien, esta es la forma de los nazis reencarnados, ustedes mismos pueden acordarse de que en la vida anterior fueron nazis… nazis… nazis… hay personas como usted en textos universitarios y dicen chucha!! yo era nazi en los tiempos de Atila. En la vida anterior eran todos nazis del chanchisimo. Otros se acuerdan que eran…que eran nazis en los tiempos del chanchicisimo… chanchicisimo caballo de Prusia, otros se acuerdan que eran nazis en los tiempos de los Hucklyleberry Finn en los EEUU. Otros se acuerdan que eran… que eran… los… los nibelungos de España. Entonces se compra un uniforme nazi, nazi. Se compran alucinógenos y empiezan a masacrar cochinos…”.
Fabián logró salir del tumulto. “¡Mal nacido! ¡Enfermo de la cabeza! ¿Qué tiene que ver Carol con sus putos nazis?” -se preguntó. Siguió su búsqueda por la ciudad.

                                                             
                                                                       VIII


A las 23 horas terminaba de dejar volantes en las mesas que se ubican en las afueras de los pubs de Bellavista. El agotamiento le tenían destruido los pies y el cuerpo, pero no quería volver a casa. No sin noticia de su amiga.
Compró un par de completos en el carrito ubicado en la esquina de Pio Nono con Bellavista. Observó que la facultad de derecho de la universidad estaba en toma nuevamente. Repartió un par de volantes a las personas que compraban en el carrito mientras se terminaba de comer el último completo.
Le tocan el hombro, “yo la he visto” -le dijo una señora de apariencia humilde, “la vi anoche, ahí, en la ribera del río Mapocho”. Fabián trago el último pedazo de pan que le quedaba y casi se ahogo de la impresión.“Dígame donde” -zamarreó a la veterana. “Le digo que ahí en la ribera del río. Mire, nosotros los deudores habitacionales también estamos en toma, igual que estos cabros de la universidad y anoche después de comer salí a fumarme un cigarro y ahí estaba ella, esa chica que tiene usted en la foto paso caminando como si estuviera ida, sabe, como si un espíritu la hubiese poseído. Yo me asuste así que me entre”.
Desesperado corrió al puente. A lo lejos se veían las carpas unas al lado de la otra casi tocando el agua del río Mapocho. Estaban bajo el puente Pio Nono haciendo sus vidas cotidianas y no se había percatado. Miró a su alrededor y a lo lejos vio una bajada. Odisea que consiguió en solo unos segundos.
Se acerco respetuosamente a un grupo de personas que estaba calentando agua en una fogata. “Disculpen, estoy buscando a esta chica” –le muestra un volante. “Es mi amiga, hace días que no vuelve a casa, una señora en la feria artesanal me dijo que la vio anoche ¿pueden reconocerla?”- Las personas miraron la fotografía uno a uno. Algunos hacían gestos como de recordar algo, otros gestos de extrañeza. Un silencio desolador inundo el entorno de la fogata.
“Hemos visto una mujer que deambula por la ribera del río, pero no creo que sea tu amiga” -el más anciano del lugar rompe el silencio, negación insistentemente con la cabeza. “¿Por qué no?” –preguntan varios de los presentes. “Porque su amiga es del mundo de los vivos”. El lugar se llena de murmullos y exclamaciones:
- ¿Dices que la mujer que hemos visto todas estas noches no es del mundo de los vivos? –pregunta uno de los hombres más jóvenes del grupo, con tono escéptico.
- Creo que no ¿acaso no conocen la leyenda de “La Lola”? –les pregunta el viejo.
- ¡No! Noooo!! Noooo!!! –responden casi al unísono. Se acomodan más cerca de la fogata y se acurrucan al lado del viejo para no perderse los detalles.
- Bueno –comienza con el relato. Fabián se sienta a su lado, sin cuestionar porque se interesa por la historia.- Se dice que una mujer llamada Dolores enloqueció luego que asesinaron a su ser amado, fue tanto el dolor y el odio que sobrevivió al tiempo y la muerte. Baja desde las montañas andinas para horrorizar y acosar a los habitantes del valle central, los indígenas la habrían llamado “La Lola” que significa “Tierra Muerta”, ya que si escuchas sus gritos quejumbrosos caes irremediablemente muerto.
- ¡Esas son tonterías! –grita uno de al fondo.
- Claro que es verdad -dice el viejo con aire de seguridad en sus palabras- la hemos visto casi todas las noches, yo he rezado para no escuchar sus gritos.
- ¡Estás loco viejo! –dicen algunos con tono burlón. Otros también se ríen, toman sus tazas de café y se apartan del grupo. Fabián se pone de pie, le da las gracias a todos por el tiempo. Un chico le toma el brazo.
- ¡¡¡Es cierto!!! ya se han suicidado dos personas. Ellos cayeron dominados por su hechizo, debe creerle a mi abuelo- los ojos del chico brillaban de pena profunda. Fabián le toma la cabeza como entregándole comprensión.
Se retira del campamento caminando en silencio por el puente. A lo lejos escucha ruidos y se detiene para poder escuchar mejor. Los ruidos eran perturbadores, confusos, quizás risas lúgubres, malvadas, sarcásticas. Pensó que se podía tratar de las personas que estaban en la toma. Los sonidos se transformaron de pronto en un llanto, en un alarido escalofriante. ¡No! Parecía una mujer sufriendo. ¡¡Carol!! Se dijo a si mismo. Se le contrajo el corazón, se le apretó el estomago. A lo lejos vio una silueta de mujer con vestido blanco. Era ella quién lloraba desgarradamente. Pero podía ser cualquiera, no necesariamente su amiga. Santiago esta lleno de personajes extraños, sin embargo corrió, corrió hacia la silueta que caminaba por el costado de arriba del río. De pronto un ruido metálico inundó el espacio. Era ensordecedor, áspero, perturbador. Un resplandor lo cegó completamente. La figura fantasmal se abalanzó contra Fabián.

                                                                        IX


Despertó desplomada sobre la arena grisásea de la ribera del río. Recordó el destello de luz. Por primera vez la puerta del ascensor ya no estaba a su espalda, había desaparecido. En el afluente vio que algo se movía como si un gran pez estuviese observándola. Se acercó. Era el reflejo de una mujer, el horrible rostro de una mujer deforme. Se asustó y comenzó a temblar. Miró nuevamente, era su reflejo, solo su rostro. “No temas Dolores” -le dijo una voz áspera, ronca como mezclado con gorgoteos acuáticos. Estaba asustada, no había nadie a su alrededor. Solo estaba ella, su reflejo y aquella voz que de pronto creyó escuchar que salía de si misma. “No me llamo Dolores” -grito desesperada, agitada. Daba vuelta sobre si misma. Miró nuevamente el reflejo del agua, era ella. Su reflejo que se difuminó, apareciendo poco a poco una criatura infernal. De pronto, un largo tentáculo emanó de las aguas, le tomó uno de sus pies y la arrastró hasta lo más profundo.

                                                                   X


En el reverso de la cuenta de luz: “Nuestra energía es para encontrarlos”:
- Carol Miranda, 29 años, Santiago Centro
- Fabián Sepúlveda, 30 años, Santiago Centro.
Sus rostros casi sonrientes quedaron compartiendo espacio junto a otras fotos estampadas en aquella parte trasera del papel.

CUENTA SALDADA

por Lorena Díaz Meza

La pierna herida comenzó a humedecer el pantalón y a teñirlo de un púrpura que no se lograba distinguir entre la noche y la neblina. Sabía que el tiro no lo llevaría directo a la muerte, la idea era esa; verlo morir lentamente. Que sufriera. La cara del herido se retorció en una mueca de espanto y dolor, sabía que aquella noche moriría y la pausa hacía que su pensamiento volara a la familia, a sus secretos ocultos, a las traiciones, al dolor. No dijo nada, intentó mantenerse de pie pero el peso fue cayendo sobre la pierna buena hasta que ella no resistió y lo dejó caer.

— Así te quería ver… ¡Párate! ¿Creíste que nunca más nos veríamos las caras?

Había esperado ese momento por años, primero encerrado, luego en la calle. No era fácil sanarse del pasado por eso prefirió esperar para que el pago fuera verdadero y no nublado por la ira. Robles no sabía con quien se había metido.

— ¡Párate dije! Nuestra fiesta está comenzando…

La calle estaba completamente sola, ni los angustiados que solían pararse cerca del sitio eriazo que colindaba con la plazuela estaban allí en ese momento. No había nadie. Sólo un par de metros lo separaban de paradero, pero Robles sabía que las cosas venían mal. Tumbado en el suelo, sujetando la pierna herida con ambas manos, no se atrevía a mirar a los ojos a quien tenía en frente. Sin duda le era cara conocida, lo sabía a pesar del maquillaje, a pesar de los años, a pesar del terror.

— Arreglemos esto… te van a volver a meter en cana… —Dijo con voz dolorosa y retorcida, tratando de provocar alguna reacción en la sombra que a veces se dejaba ver.

Pero el arma seguía apuntándolo quieta, calma, como si la emboscada estuviera ya ensayada, el plan de acabar con la vida del uniformado se había dado hace ya un par de años atrás.

A las nueve en punto, una llamada telefónica desde el interior del lugar, le aviso que era momento de actuar. El dato le había costado un par de millones, pero valía la pena; sabía que el Cabo Robles saldría solo y hacia dónde caminaría. De todas maneras comprobó que el arma estuviera en la pretina del jeans. Miró el reloj y respiró hondo. Le gustaba mirarse las uñas cuando quería concentrarse, las tenía tan suaves blancas que sentía orgullo de ellas, además el rojo oscuro les sentaba bien. Dejó su auto estacionado a una cuadra del protón principal y caminó.

Sus pasos tenían una mezcla de frío y solemnidad, su andar era seguro, se advertía porque aun tarareaba inconscientemente la canción de Madonna que sonaba en la radio antes de bajarse del vehículo. A lo lejos vio un bulto caminar en dirección poniente. Sin duda era él; no necesitaba verlo de uniforme ni mirarlo de frente para reconocerlo. Su imagen le había quedado grabada en la memoria y jamás se borraría. Lo siguió controlando el sonido que los tacos producían al contacto con el pavimento húmedo. Hasta que Robles llegó a la mitad de la plazuela solitaria por donde cada noche cruzaba con amigos o solo, camino al paradero. Entonces preparó su mejor voz y lo llamó.

— ¡Cabo Robles!

Robles se dio vuelta bruscamente, afuera pocos sabía de su apellido y menos de su cargo. Ahí se encontró con una mujer; una mujer de esas que provocaban que las miradas se dieran vuelta a seguirlas. Alta, delgada, con unos jeans ajustados y unos tacones aguja que estilizaban sus piernas. El pelo se dejaba caer libre, sin cubrir el rostro.

— ¿Qué pasa Cabo? ¿No me reconoce?...

El herido no alcanzó a decir nada. La lengua se le trabó en un nudo angustiado. Él pensaba que la deuda estaba saldada con la libertad y el tiempo, pues había olvidado que con los narco no se jugaba, y el lo había echo a la mala. Sin alcanzar a responder sintió un ruido bajo, como ahogado entre la neblina y el impacto en su pierna derecha.

— Así te quería ver, ¿Creíste que nunca más nos veríamos las caras? ¡Mírame maricón! ¿Te acordai de mí ahora? ¿Te acordaste de la noche año nuevo?


Raúl llegó ahí por error. Un traslado, desde otro encierro, lo hizo ir a parar a un lugar ajeno. La voz de que había llegado ahí se corrió rápido, tenía buena fama afuera. Su madre se sentía orgullosa de él, y habría sacado a lucir a ese hijo dulce y sensible que tenía y que manejaba las armas como sólo los mejores saben hacerlo, si no hubiese sido porque la honra y el respeto eran lo que manejaba el negocio. Era el más querido para sus padre, pero la mala suerte, como decía el hombre, lo hizo desviado.

Allí se enamoró; el amor lo enloqueció. Pero fue una noche en que la situación pasó de negro a azabache. A mitad de la noche de año nuevo el alcohol había entrado no sólo a las celdas, sino a los vigías más irresponsables. Mientras algunos se comunicaban para sus casas Raúl intentaba apagar el fuego del asado que había echo en medio del descontento y, como de solidaridad sabía muy bien, había compartido su banquete con algunos que aceptaron comer junto a él.
Robles se acercó cuando ya era de madrugada, hasta entonces de los pocos con que un preso podía cruzar palabras. El Cabo se paseó por la calle comprobando que todos mantuvieran el orden y no existieran indicios de alguna pelea como la que horas antes se había formado en la torre vecina.

— Feliz año Raúl.
— No bromee con eso… Lo pueden escuchar.
— ¿Y qué? No le tengo miedo a estos delincuentes. Un puro palo y los mato si se me da la gana.
— Se mandó sus buenos brindis parece…

En medio de la conversación, Robles reía sarcástico, mientras, Raúl comenzaba a sentirse nervioso ya que, además de vivir en la constante lucha de ser aceptado, que lo vieran conversando animadamente con un contrario, le podía acarrear, incluso, más problemas de los que ya tenía. Sin que Raúl se diera cuenta, Robles fue cambiando el tono de la conversación,

— ¿Y con cuántos de aquí?
— ¿Con cuántos qué?
— No te haga’i el tonto… si sabí.
— No se pase de vivo conmigo…
— ¿Se enojó el marica? Cuenta la pulenta… si yo sé que te calentai con el que se te cruza… ¿O está enamorao?

Raúl guardó silencio. No iba a responder; menos a él. Se mordió la lengua y caminó hacia su pieza. Era de las pocas noches en que aun se escuchaba bulla y se veía uno que otro hombre moviéndose de un dormitorio a otro, como ratas cruzando en medio de la oscuridad, de cajón en cajón.

— ¡Ven pa’ aca hueón!… No hemos terminado de conversar.

Raúl supo que la fiesta había terminado; el año que se asomaba tendría el mismo sabor a mierda, que él le encontraba desde que estaba encerrado. Antes de entrar a su pieza sintió un golpe en el hombro que lo hizo trastabillar. No se dio vuelta. No iría si no era por la fuerza. De pronto la mano del gendarme lo tomó del pelo y lo arrastró hasta la puerta. Algunos de los que aun no se dormían miraron desde sus piezas, pero nadie dijo nada. Nadie vio nada.
El interno fue a parar al castigo, entre dos le pegaron, esperando que dijera algo que lo condenara, o que gimiera de dolor, pero el preso no volvió a hablar. Raúl parecía una estatua, la que únicamente abría y cerraba los ojos ante el golpe. De pronto el gendarme se acercó, se acercó tanto que, en la tibieza de su aliento, se percibía el olor a alcohol.

— ¿Quiere jugar a ser mudo el mariconcito?

Los mismos que le pegaron, fueron quienes lo sujetaban. La sangre de la nariz le salía como debiluchos ríos de ira, de maldiciones. El gendarme se bajó los pantalones y se montó sobre él. La risa del par que ayudaba se le hacía lejana, y la voz del que se movía tras él, con la respiración agitada y el palo en la mano, inconfundible. Cuando la fiesta acabó, el castigo volvió a quedar en silencio. No hubo más palabra, ni risas, ni golpes.
Los castigados de las celdas vecinas hicieron como que no escucharon. Raúl se quedó ovillado como perro hasta que amaneció. Cuando abrió nuevamente los ojos, la sangre que había perdido se repartía entre el suelo y su ropa. Tenía el pantalón roto y había perdido un zapato. Fue castigado, como tantos, por mal comportamiento. La última vez que Raúl vio al Cabo Robles fue cuando puso un recurso de amparo en su contra. Cuando comprobó con uno de los mejores abogados del país, que esta vez él era la víctima y no el contrario.
Raúl no quería que el cabo Robles fuera preso; no quería que lo dieran de baja ni quería que perdiera el trabajo. Tampoco quiso hacer una llamada telefónica, aun cuando tuvo que aguantar, entre llantos y desesperación, la burla de todos los de su calle, perdiendo el respeto y el poder que le había costado años conseguir. Raúl quería esperar a que se le pasara el odio, a que las cosas se calmaran para saldar la cuenta.

— ¿Qué pasa? ¿Está mudo el mariconcito? — dijo la voz desde arriba.

El Cabo Robles sudaba frío. Sabía que luego de él, seguiría su familia o los otros gendarmes, porque así era la ley de los narco, porque asi era la única forma de acabar estos asuntos. Intentó hablar pero no pudo. Pensó en su esposa, en sus dos hijos y en la maldita noche de año nuevo. Pensó en los tragos que se tomó de más y en los meses que estuvo en la mira de la Institución. Pensó n esa mano firme y decidida que sujetaba el arma que lo apuntaba.
Se escuchó un disparo más; del vientre del hombre nació una mancha roja que comenzó a expandirse como la mala hierba. La mujer que se paraba frente a él le era una extraña conocida. A media que se iba desvaneciendo, trataba de unirla a Raúl, al Raúl que él conocía, al hijo de la reina de la mafia, al homosexual que vendía de lo que presos y guardias necesitaban para sobrevivir en el día a día del encierro, al hombrecito fino, de buenos gustos, de ropas de marca y carácter sociable, con la mujer que se paraba frente a él fría, alta, de voz atractiva, pero no podía. No podía unir en su mente ambas realidades. Tampoco podía creer que su vida acabara allí, ovillado como perro. Solo.

— Raúl… yo…
— ¡Cállate mierda! Tuviste años para hablar. Ahora cierra el hocico infeliz.

La mujer comenzó a caminar en dirección a su auto, un par de pasos y se volteó. El cuerpo del herido dejaba brillar en medio de la oscuridad, unos ojos aterrados. Se escuchó el último disparo. La sangre comenzó a salir a borbotones mientras el cuerpo dejaba de moverse y los ojos rogando por piedad y ayuda que sabían imposible, comenzaban a cerrarse ente lágrimas y terror.

El sonido de los tacos fue perdiéndose de forma lenta y pausada hasta desaparecer en la cuadra. El arranque de un vehículo se sintió a lo lejos mientras la canción de Madonna se esparcía en el aire.

LA MATEMÁTICA ES MORTAL

por Mario Cáceres







“-No soy más que un mortal como todos los demás; un descendiente del primero que fue formado de la tierra. Mi cuerpo se elaboró en el vientre de mi madre, donde durante diez meses fui modelado en su sangre, a partir del semen viril y del placer compartido en una cama. Una vez nacido, respiré el mismo aire que los demás, y vine a caer en la misma tierra, lancé el primer grito y lloré como ellos; me envolvieron en pañales y cuidaron de mí. Ningún rey comenzó la vida de otra manera: la vida tiene una entrada, y la misma salida para todos...”
Alberto Dantón Numers, profesor de matemática habla con elocuencia como si estuviese con sus alumnos, pero frente a él, solo se encuentra su esposa Beatriz. Recita, demostrando un amplio conocimiento de La Sagrada Biblia.
El docente afirma las manos en el respaldo de la silla del comedor. La mujer se encuentra sentada al lado opuesto con su boca y los ojos abiertos.
Aumentando el volumen de la voz, agrega: -Todos nacen y mueren de igual forma pero el vector vida aclara la diferencia. Tiene una medida para cada uno de nosotros, también tiene dirección y sentido. Los dos somos vectores, y la acción misteriosa del amor permitió que nos interceptáramos. Posteriormente la ecuación humana del matrimonio nos ubicó en paralelo y hasta que la magnitud de la diferencia en años nos separe.
Alberto prosigue: –Tú aceptaste que un tercer vector nos cruzara formando un triángulo. El lado A (Alberto), el lado B (Beatriz) y el lado C (X Incógnito) Mi amada esposa, perdón, el verbo amar no puedo conjugarlo. Debo decir mi odiada esposa. La incógnita la resolví aplicando Pitágoras: X=C. El lado C corresponde a Carlos, mi hermano. La traición con cualquier hombre, al final la aceptaría, pero ¿Carlos?
Golpes en la puerta del departamento. El gordo del 521 –Vecino, ¿Pasa algo? ¿Qué fue ese ruido? Vecino, sabe que cuenta con nosotros ante una emergencia. Abra la puerta, por favor.
El sol se ha ido pero la luz se aferra al cielo, pronto, muy pronto será el dominio de la oscuridad. El teléfono reclama insistente, una y otra vez, con su mala educación acostumbrada cree que es el centro del universo, invento fatuo e inoportuno. El educador responde: -¡Carlitos, hermano querido! ¿Cómo estás?- Silencio mientras oye a su interlocutor a través del aparato. –Beatriz te envía un beso grande, es muy efusiva, da la impresión que es el último adiós, te sorprenderás cuando sepas de nosotros. Saludos a Carmen.
Mientras cuelga el fono, piensa: “Sí, ¿Querido hermano? Te sorprenderás cuando el juez te llame. La carta que he dejado solicitando sea leída ante todos los componentes de la familia mayores de 18 años. Te convertirás en un paria. Sin raíces paternas tú jamás serás raíz de otros de nuestra sangre; cuando conozcan el contenido, odiarán ser tus hijos. Sufrirás las desventuras de Job. Gritarás como él, desgarrando tus ropas y con el puño en alto, dirás: “¡Maldito el día en que nací y la noche que dijo ha sido concebido un hombre! ¿Por qué no morí en el seno y no nací ya muerto? ¿Por qué hubo dos rodillas para cogerme y dos pechos para amamantarme? ¿Encontraré un Dios que se apiade de mi alma?”
Alberto Dantón, con tono amoroso, mirando a su esposa: -Recuerdo cuando nos conocimos en la empresa “Portland y Portland – Agentes de Aduana”. Acompañaba a un amigo exportador de aceitunas del valle de Azapa, eras la cara visible de la compañía y a la entrada les representabas como recepcionistas y secretaria. Por cierto muy hermosa y de una voz musical. La música es matemática ordenada, además tu cuerpo simétrico y la forma sensual de vestir, transparencias de la blusa y los botones prisioneros de dos en uno, me cautivaron. La blusa era de color blanco, similar a la que hoy lleva mi asombrada Beatriz ¿Cooperaste para la colecta del Sida? Tienes dos rosetas rojas en tu pecho, el dinero aportado fue interesante. ¡Mmh! Dos cintas rojas.
El hombre alto de contextura delgada y de espesa barba, ordena su retórica matemática tras una prolongada pausa. Las paredes del comedor esperan las palabras para estamparlas en sus ladrillos. Presienten que se convertirán en una habitación maldita y en cualquier noche oscura y tormentosa se repetirán las escenas con fantasmas como actores.
El monólogo continúa en forma irónica: –El cálculo en física sobre proyectiles fue correcto, los impactos están donde esperaba. Beatriz, pondré en tu mano cuatro monedas de plata para el barquero Caronte. Al atravesar el río de los muertos sus insultos y palos espero sean menores.
La frialdad del profesor es como el hielo eterno. Su rostro se mantiene inmutable. Continúa en un tono más suave y conciliador: -Describiré al demonio Caronte para evitarte una desagradable sorpresa: Es un anciano cubierto de canas, velludas mejillas con círculos de llamas alrededor de los ojos, insulta y golpea con su remo a las almas perversas.
La atmósfera en la sala es tensa, dramática. El hombre carraspea y sorbe un poco de jugo del vaso que se encuentra frente a su mujer, quien no emite sonido alguno, de su boca un hilo de sangre nace muy tenue, muy fino…
Los golpes en la puerta son más insistentes y las voces alteradas suben de tono. La rubia del 520 pregunta por la señora Beatriz. Varias voces solicitando al conserje: -¡Rápido: llamen a don Arturo, por favor!
El preceptor, después de aliviada su garganta, continúa:
-El infierno, según Dante Alighieri, tiene la forma de un embudo, además de un vestíbulo se compone de nueve círculos, otra vez la matemática, la geometría. Círculos en donde los suplicios aumentan en intensidad a medida que aquellos se estrechan. Es el infierno, mi vida. Caronte con voz de ultratumba recita una y otra vez: “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se llega al lugar en donde moran los que no tienen salvación”.
Los golpes en la puerta son más violentos. El gordo, descontrolado - ¡Llamen a carabineros! ¡Llamen a carabineros!- En cambio, Alberto, como si estuviese sordo, prosigue:
–Beatriz, tu círculo es el noveno del cuarto recinto, llamado la “Judesca”, donde se encuentra Judas y los traidores a escasos pasos del rey de los demonios, “Lucifer”. El mío es el séptimo círculo del segundo recinto, donde son atormentados los asesinos y suicidas. En este recinto anidan las brutales Arpías que tienen alas anchas, cuellos y rostros humanos, pies con garras y el cuerpo cubierto de plumas. Las perras negras y hambrientas destrozarán mi cuerpo una y mil veces hasta que los despojos se conviertan en semillas y luego en un árbol maldito. Las Arpías comerán de mis hojas y cada hoja arrancada provocará un gemido del alma. Pero, comparado con lo que a ti te espera en el círculo de los traidores atormentados por Satanás, es la nada misma, mi pálida Beatriz.
En mi bolsillo también llevo cuatro monedas de plata para mi estimado barquero Caronte, has partido primero y difícil será encontrarnos ¿Verdad?
La alocución ha terminado. De la pretina del pantalón extrae el revólver y dice:
–Una acotación al margen, en mi juventud, si algo o alguna situación era espectacular o maravillosa, decíamos que es o era mortal, mis alumnos hoy en día dicen que es bacán. Puedo decir con autoridad que la matemática es mortal
Se observa en el espejo que refleja una sala idéntica a la del departamento y tras el cristal a otro hombre muy distinto a él. Un disparo, vidrios rotos y un silencio sobrecogedor. Los gritos de los vecinos mueren en sus gargantas presagiando el drama. Al fin el conserje con las llaves en sus manos que tiemblan al entregárselas al suboficial de carabineros, quién abre la puerta del departamento. Los veinte pares de ojos ponen en aprietos sus órbitas. Esperan un espectáculo aromatizado por el olor a pólvora. Aroma de la muerte anunciando su visita.
Alberto Dantón Numers, vuelve su rostro a sus inesperados invitados y les dice:
–Él asesinó a su mujer y luego se suicidó – Su dedo índice de la mano derecha señala a Beatriz y al espejo despedazado por el impacto de la bala. Mira a los atónitos espectadores y les dice.
-Vecinos, señores carabineros, debo retirarme. Mis alumnos de la Universidad esperan por mí. El examen final de cálculo matemático es impostergable. Buenas tardes– Inclina la cabeza a modo de despedida y recogiendo el portafolio se dirige a la salida…

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Página final Revista N° 3

domingo, 29 de agosto de 2010



REVISTA N° 2 AGOSTO

ESCRIBEN :


ENRIQUE DARIO LAMAS
BRUNO ANTONIO GONZALEZ
MIGUEL ANGEL VERAGUA
JULIO ABEL SOTOMAYOR
PABLO DELGADO
LORENA DÍAZ
CONNIE TAPIA
PATRICIA FRANCO
Agarrándose apenas de los últimos días de agosto, Palabr@s de este mes llega a toda carrera a presentarse ante ustedes, con poco resuello, pero entera disciplina con su proyecto inicial. En esta semana, much@s de los soci@s se aprontan para celebrar el paso de agosto y la revista no quiere quedarse atrás, no vaya a ser que ....

VERSOS DE SALÓN




























El lenguaje abreviado y práctico de estos días permite ahorrar tiempo sin perderse en elaboradas introducciones, rodeos y arabescos para llegar al hueso del asunto. La mensajería telefónica elimina algunas letras y usa símbolos y números para abreviar. El vocabulario se flexibiliza usando términos precisos, apoderándose incluso de palabras extranjeras si parecen más adecuadas que las del propio idioma.
Hubo tiempos, no tan remotos, en que el tiempo parecía sobrar y todo vacío debía llenarse de adornos reales o figurados. La arquitectura, el amoblado, la ropa y accesorios abundaban en volutas, tallados, encajes y plumas. Las niñas de entonces tenían álbumes para atesorar poesías, dibujitos y versainas de todo tipo. Los enamorados y no tanto, intercambiaban postales floridas y llenas de versos sentimentales. El amor era para siempre y sólo la muerte podía separar a las parejas felices.
Tenía mi abuela una caja lacada negra, con pinturas en dorado y provista de llave, donde guardaba cartas y mensajes intercambiadas con su novio, en aquel tiempo cuando brotaban ilusiones y se esperaba iniciar una larga vida llena de bienaventuranzas.
Si bien muy pronto el destino destruiría el futuro que se esperaba, aquellos amores apasionados dejaron su huella escrita en un manojo de postales y permanecerán allí mientras alguien las conserve y de vez en cuando, abra la caja de madera y eche una mirada para encontrarse con ellos. Es lo que hago cada cierto tiempo y emociona descubrir los sentimientos vivos estampados en la cartulina con la minúscula y bella letra de la abuela en su juventud, y con la más espontánea del abuelo.

MIS FRASES CÉLEBRES






Por Enrique Lamas


- El que comienza a pensar está sembrando libertad . Es probable que coseche incertidumbre.
-¿ Habrá algo más miserable que aportar con un granito de arena ?

- Los señores de los grupos de poder están destruyendo el medio ambiente . Deben tener los genes del suicidio.

-El ser Huevón tiene varias características .Entre las principales están :
a) creer todo lo que escuchan.
b) tratar de sacar ventajas de eso que dicen.
¡Lo digo por experiencia!

-Si estás pensando en una colección de libros de terror ,no olvides colocar allí la Biblia .
-De la Antigüedad hemos heredado en lo cultural, la mayor serpiente pitón: el Jehovismo

-Los mineros deben aprender la sabiduría del conejo:
Construir una cueva de entrada a la madriguera y de inmediato una o dos de salida .

CUENTO VIEJO






Bruno Antonio González

Les voy a recordar un viejo cuento
como va quedando atrás la lejanía
inmensa, implacable la distancia
años que se fueron
generaciones que pasaron
el tiempo inmutable las contempla
decir “te amo”
cuántos siglos lo hemos dicho,
amor que se pierde en la
inconstancia
triunfa el odio,
la mentira, la venganza
las guerras
arde la tierra
el bosque, la pradera,
la humillación y la desidia
levantan sus banderas,
vuelve la paz
resurge la esperanza
de mil maneras repetimos
“el amor triunfa de nuevo”
amor construido sobre cadáveres
de los que cayeron
amor sobre la sangre derramada;
mil veces repetimos,
restañando las heridas
“¡Perdónalos, Señor, no saben lo
que hacen!”
Uniremos las manos formando
una cadena
por donde la maldad no pase
volveremos a repetir “te amo”.
Es tan hermosa la vida
volverán a reverdecer los montes
se vestirá de flores la pradera
un canto de amor llenará la tierra
lo repetirán los pájaros,
los animales.
las plantas y las gentes
y me dirás y te diré
“el Paraíso está en la tierra”
Y repetirás y repetiré
“te amo”
el eco de los besos vivirá
en el viento
y también las voces
de este cuento.

EL PENSAMIENTO BUENO




Miguel Angel Veragua

Qué falta hace en esta civilización del siglo xxi reemplazar los malos pensamientos por el pensamiento bueno: a toda costa hay que tener éxito y todo está permitido si es por lograrlo, además de hacer fortuna; por qué se envidia tanto y se hace tropezar a aquellos que hacen bien su trabajo; por qué en política no hay acuerdo puesto que primero está la orden de partido y el pueblo después de eso.
El pensamiento bueno es aquel que seguramente tenía el ser humano que primero habitó el planeta al tener su mente limpia y no podía abrigar nada que no fuera belleza y positivismo, pues es lo que tenía a la vista.
Por qué no podemos despojarnos de envidias, soberbia, indolencia, arrogancia y todo lo que daña al interior y exterior del ser humano.
No es necesario ahondar más en este tema, los invito a que reflexionemos y descubramos el lenguaje del amor, lo transmitamos a nuestros hermanos que son todos iguales y sin duda sentiremos mucho gozo, de poder entregar un sentimiento original.

OTRO TIEMPO, OTRA VIDA

Julio Abel Sotomayor Campos

Suena la sirena. Cae el interruptor y las máquinas cesan su monótono rugido. Lentamente detienen su sincronizado movimiento. Los operadores abandonan los ingenios y, como de costumbre al finalizar la semana, tomaron un trago antes de volver a casa.

En el hogar, la mujer abandona el espejo para disponer la mesa mientras canta, segura que esta vez, él cumplirá su promesa.

Las horas pasan, la dulce voz languidece. Las finas manos, que hace un rato se movían firmes, temblorosas y torpes dan vuelta un vaso sobre el mantel impecable. Un ruido la lleva ansiosa hacia la ventana y al abrirla, el viento enmaraña su pelo; el vecino que va pasando la saluda.

A una hora incierta, el ruido de la puerta y de sus torpes pasos advierten a la mujer que el hombre ha llegado.

Una silla acoge al que regresa. Desde el otro lado de la mesa surge la pregunta; una lacónica y grosera respuesta preludia un silencio protector en la cocina, donde mantiene el agua hervida y lava la loza, mientras espera que él termine la copa para servir el café. Afuera, la lluvia solidaria suplanta las lágrimas extinguidas de sus ojos. Una seca tristeza lacera su garganta.

La lluvia no cesa y ella tiembla acurrucada en la cama, oyendo el rugido del viento que le hace presentir una tormenta. Temerosa e inquieta por ese presentimiento reflexiona: - Qué hará si el tiempo empeora. El viento sopla cada vez con mayor fuerza y la lluvia azota con violencia; parece que en cualquier momento traspasará el techo, inundando la casa, arrasándolo todo.

Debe tomar una decisión.

Corre desesperada por la calle anegada, la oscuridad y el caos reinante dificultan su avance. Se detiene por un segundo y mira hacia atrás. La tormenta, convertida en huracán ha destruido su casa y ahora avanza hacia donde se encuentra.

Toda la larga noche se la pasa huyendo. Ya no le quedan fuerzas para seguir y el huracán se aproxima cada vez más; en cualquier momento la atrapará en su remolino. Las piernas no le responden, extenuada física y mentalmente, siente que se va a desvanecer. En ese instante ve aparecer a Juan con sus brazos abiertos y se refugia en ellos. Luego, al volver en sí, todo ha terminado, sin embargo, Juan no está.

Beatriz despierta agitada, sus manos se extienden buscando anhelante el cuerpo que yace a su lado, sus brazos y su calor la serenan. – Aquello fue una pesadilla y pertenece a otro tiempo, Juan, es una nueva vida – piensa aliviada mirando hacia la ventana, a través de la cual se percibe un día tranquilo.


DOS MUCHACHAS


Julio Abel Sotomayor Campos

Una fría noche de mayo, caminando hacia mi auto estacionado a la salida de la biblioteca municipal, dos muchachas conversaban sentadas en un banco de la pequeña plaza ubicada frente a aquel recinto, con sus manos tomadas. Como es habitual en la comuna de Maipú, cuando se acerca el invierno, una densa neblina empezaba a cubrirlo todo. Sentí frío y apresuré mis pasos para subir luego al vehículo. Mientras encendía el motor, miré hacia el banco donde se encontraban las jóvenes, la luz de los focos apuntaba hacia ellas; sin importarles aquello, se besaban y acariciaban con sublime ternura. Lentamente retrocedí para salir hacia la calle mayor, más iluminada y di una última mirada a las mujeres que caminaban abrazadas, felices, a encontrarse en un sueño. Esa noche solo, desvelado en la cama, pensaba en aquellas muchachas; envidié su suerte.
¡Cuánta falta me haces!

DOS POEMAS DE PABLO DELGADO

A continuación, poemas de un ilustre invitado desde la Revista La Mancha, Pablo Delgado Ulloa.


MUGIR NO ERA EXACTAMENTE


Te contaré de las tardes con ella;
no de la brisa que hacía crujir la madera del tiesto.
Ni de los alambres púas rascando el pavimento.

Mugir no era exactamente lo nuestro, era preludio,
hecatombe concebido de hembra a hembro en su torcedura.
En su rascar de entorno, como sintiendo la lengua.
Eso era lo nuestro, depositar el nervio,
despoblando los poros como desviando la marea
para prescindir del ahogo.

Entonces era lo nuestro.
Habitar meramente sus cuencas
sin eludir sus vaivenes que de lomas se apresaban mis manos,
que de hondonadas se tropezaban mis dedos, curvos, torcidos,
rectos para caber en la planicie honda de su entrepiernas.

Entonces era lo nuestro.
Tendernos boca arriba, boca abajo,
poblando con brazos y piernas la infinita jura de creernos uno.
Era, furiosos rasgando y quebrando las vértebras
en ecuánime coincidencia de avistar el goce.

Si de aquella brisa,
de aquellos alambres rascando el pavimento,
de aquellas tardes con ella.




CERCENANDO EL MAR EN SU CAÍDA


Sabía de esa calle
cercenando el mar en su caída.
Bajaba mis pisadas por la vera
y cruzaba la plaza en un desdén hasta tu cuarto.
Condell, Pudeto, el café,
eran mis señas para golpear las escaleras
donde hubo disturbios, malos entendidos
y destrozos de amor en esa turba.

Ya en ese entonces amaba
y bajía cual preñado mi frondosa saliva.
Mordía pañales y banderas para conquistarte
en fuese de gloria sobre las otras batallas.
De mí no se cuenta elocuencia, sino, la brevedad
de ser parsimonioso, como el gusano que se atreve
al éxtasis en fuga de cruzar la selva
de frondosa vaguedad.

Ahí fue mi conquista.
Me atrevo a decir que mantuve la calma
para despistar mi inocencia.
Nada se sabe,
ni se ha descubierto pito alguno
para acusar mi adicción.

Sólo amaba cual petardo las tardes enteras
en tu cuarto de paredes oscuras.
Menuda fragancia aterrizó en mis labios
cuando ya sabía de esa calle
cercenando el mar en su caída.




BIOGRAFIA

Pablo Delgado U., se inicia tangencialmente en la literatura a partir de O Crónica de un Territorio, versión que merece en un certamen regional su primer premio. Entre ciertos afanes escribe su más logrado texto Gusano de Tierra, que quedó como finalista en un concurso consagratorio de poesía. Afanado y escurridizo merma su creatividad por el año 79 donde otro premio en el ámbito de región le otorga a Disturbio helado de una sombra, un galardón en la Casa de la Cultura de Viña del Mar. Allí se congela siendo cómplice de ciertas publicaciones que lo motivan a iniciar un camino de incipiente editor de noveles escribientes como él. Su escritura allí se congela, dedicándose a tiempo completo a su oficio de diseñador de packaging por muchos años, sólo vinculándose a la literatura como lector de poesía.
Posteriormente, el año 2003 reinicia su verba literaria vinculándose al taller del Centro Cultural de Quilicura, donde colabora en la edición de Fragmentos para otros textos, publicación que reúne a un número no menor de incipientes escritores de esa comuna.
Hoy es parte - como editor - de la revista La Mancha, edición ya publicándose en el número once. Paralelamente escribe haciéndose parte en algunos concursos donde obtiene el premio Bar Per-Verso, servilletas de papel, edición marzo 2008. Además este año clasifica con una mención para el concurso de poesía Horno Nicho Ecológico. Y es seleccionado para la edición Ancla 2008 con el tema del erotismo.
En la actualidad participa de los proyectos La Mancha, Caja de Fósforos, Edición especial La Mancha, Antología de Cuentos Manchados y en preparación su libro Perro Muerto (Q.E.P.D..

POR UNAS PALABRAS MÁS

Patricia Franco


Si va por la calle y los conocidos no la saludan, si entra en una tienda y los vendedores la ignoran, si al pasar le dan un empujón sin siquiera disculparse, si la caja del supermercado cierra justo cuando le tocaba ser atendida, si pretende cargar su tarjeta Bip y se cae el sistema, si intenta salir por una puerta de vaivén y el que pasó antes le lanza la puerta a la cara, su autoestima puede bajar al tercer subterráneo y quedarse allí a llorar sus penas.
¿Qué hacer para subirla unos tramos? Un saludo, un apretón de manos, el hecho simple de ser nombrada pues el sonido del dulce nombre propio es como azúcar para el café (siempre que no sea diabética) Un elogio podría hacer milagros y un abrazo de todo el cuerpo es mejor que un masaje en esas circunstancias. Elogiar al próximo en forma sincera brinda beneficios tanto al receptor como al emisor porque establece una corriente cálida entre ambos. Muchas veces uno calla por discreción, porque no se trata tampoco de andar elogiando en cadena nacional, pero si el prójimo muestra o manifiesta una cualidad grata, es justo reconocérselo en el minuto.

Supe que un compañero de trabajo había entrado a una iglesia nueva, diferente a la católica. Al preguntarle por las razones que tuvo, explicó:
-
- Si voy a misa los domingos a la parroquia, nadie me pesca, me siento como si fuera invisible. Pero cuando llego a la iglesia nueva, hay alguien en la puerta que los saluda a todos, me da la mano, me toca el brazo, pregunta por la familia y la salud. Así uno se siente conocido y apreciado. Ahora es otra cosa, soy alguien”
Es posible que esta costumbre venga de la mentalidad saca-ventajas de los estadounidenses. Actualmente el personal que atiende público ha sido aleccionado para saludar al cliente, agradecerle por preferir su institución y desearle buen día. Cliente bien tratado, compra más y reclama menos. También se elogia al comprador cuando se prueba ropa, siempre hay algo que pueda salvar la apariencia más desastrosa. Elogiar no cuesta mucho.

Pero ¿qué hay sobre recibir elogios? Asistiendo a un seminario de análisis transaccional, recuerdo una de las tareas más complicadas. Cada participante tenía que sentarse en una silla giratoria mientras el resto hacía un círculo alrededor. Por turno, al sentado se le hacían observaciones agradables, resaltando sus cualidades presuntas, mientras éste debía mirar a los ojos al elogiador o emisor de bienaventuranzas. El sistema se usaba para cargar de energías positivas al otro. No era fácil tragarse el cuento.¿Demasiado tropical para la personalidad del ciudadano común de estas latitudes? Lo cierto es que al comienzo se hacía soportable, pero a medida que avanzaba el número de frases de elogio, al individuo de la silla giratoria se le comenzaban a parar los pelos. ¿Para qué tanta cosa linda por turno y por obligación? Y el sufrido receptor trata de mantener una sonrisa escarchada en la cara sin dejar traslucir que está por ladrarle al próximo del círculo. Porque el jueguito se va pareciendo a una burla, y si alguien tiene baja autoestima, no creerá ni uno solo de los piropos, todos le parecerán insultos y lo único que deseará será salir corriendo de allí. De manera que se necesita aprender a recibir elogios sin tomarlo a mal y agradecerlos, sin rechazar al interlocutor. Es comprensible que pueda molestar si se nota demasiado que el halagador lo hace sólo por interés de conseguir algo del personaje que está adulando, sin embargo es una tarea por cumplir para la gente que no los tolera. Algo anda cojeando en su adaptabilidad social, como se notó en el seminario aquel, pues varios participantes estuvieron a punto de tirar la esponja en el momento que debería haber sido el más agradable.
Por mi parte me hago el propósito de aceptar elogios sin buscarle cuescos a la breva, aunque las mecánicas frases amables que usan funcionarios y vendedores me haga recordar que la suya es una lección aprendida y que no siempre alcanzan a recitar el texto completo. Pero no se puede negar que algo queda al escuchar tales palabras, algún calorcillo se prende por dentro y hasta el entorno menos amigable pierde sus aristas de agresividad.

Hace bastante tiempo que no entro en una comisaría, pero no me extrañaría escuchar al cabo de guardia – esa estatua impasible y muda – volver a la vida, mostrar los dientes en una sonrisa y decirle a la atribulada víctima que fue a estampar una denuncia por asalto: “Muchas gracias, dama, por preferir nuestra institución, estamos a su servicio.. Hágase cliente frecuente, tendrá grandes ventajas. Que tenga un buen dí.... No se enoje señora, usted sabe, yo solo obedezco órdenes”.

EL PAÑUELO NEGRO

Lorena Díaz Meza


El comisario miró el cuerpo, anotó lo que le había dicho uno de sus detectives y salió de la habitación. No había más pistas tras el primer peritaje; el arma no estaba en el lugar, y seguramente nunca la encontrarían, en la cama un hombre con dos heridas de bala, se encontraba de espalda, como tratando de cubrir el charco de sángre que había bajo su cuerpo, y en el suelo una mujer también herida de muerte, la que a pesar de las circunstancias, se notaba aun atractiva. No había testigos ni se escucharon los disparos la noche del crimen.
El comisario le dio el día libre a sus hombres; sería un caso difícil de esclarecer por falta de pruebas y la perfección del asesino. Además el comisario había amanecido con un insoportable dolor de cabeza y no tenía ganas de alimentar más a aquel mal fin de semana.
Fue la tarde anterior cuando salió de su casa, como muchas otras tardes —y noches—, argumentando a su esposa que lo llamaron por un caso urgente de resolver. Llegó hasta el bar, pero Lucía, por segunda vez lo dejó esperando. En esta oportunidad no creería en excusas. Antes que oscureciera llegó al hospital donde ella trabajaba; con la placa en mano era fácil saber de ella. Pero no estaba, no estaba ni llegaría, porque tampoco tendría turno por la noche.
Malhumorado decidió volver a casa y calmar la pasión con su mujer. Fue cuando estaba esperando que el semáforo diera el verde, que la vio. Era la mujer. Era ella en el auto de otro hombre. Los siguió hasta que el auto se perdió tras las huinchas de goma que hacían de cortina en el “Marín 014”. Perra, pensó. Definitivamente no volvería a estar con ella, ya no era el único, ya no tenía la exclusividad, ya no sería ella la que lo hiciera liberarse de las tensiones del trabajo y sacarse el letargo de su hogar de encima. Ya nunca más. Nunca más querría sentir aquel perfume ni mantenerle el gusto que ella tenía por carteras y zapatos. Y el pañuelo negro, ese pañuelo que ella usaba al cuello y con el que luego le pedía que la atara o amordazara para jugar a creer que lo hacían a la fuerza. Nunca más. Volvió a su casa y en vano quiso conciliar el sueño.
Aquel y todos los siguientes días, serían ‘un mal día’. Perra pensó, y se levantó para intentar calmar la ira y serenar ese sentimiento de traición que le hervía la sángre y que jamás había sentido junto a su mujer. Salió y volvió al amanecer. Con su uniforme siempre impecable, el arma bien puesta en su lugar y con aliento a alcohol.
Mientras dejaban el lugar del crímen, uno de sus hombres se acercó ansioso, con algo entre las manos.
— Jefe, encontramos huellas de un treinta y nueve aproximadamente, cinco disparos en total y un pañuelo negro atado a una de las muñecas de la mujer. Nada que nos ayude aún, pero acá los hombres propusieron que ellos pueden quedarse trabajando.
El comisario negó con la cabeza, él ya había dado una orden. Volvió a la habitación junto al detective y con la serenidad que le daba la costumbre de su trabajo, se acercó al cuerpo de la mujer desnuda, anotó un par de cosas en su libreta, frunció la nariz como tratando de oler alguna pista, y dio media vuelta. Perra pensó, mientras salía.

QUEBRANTADORES DE CONCIENCIA

Connie Tapia Monroy

Al pasar la barca, me dijo un barquero / qué niña tan linda, no tiene dinero / Un, dos, tres, Pedro, Juan y José / lima, limita, limón, rosa, clavel y botón / sale niña que vas a perder, uno, dos y tres.

Miraba desde la ventana con nostalgia como saltaban la cuerda niños de su misma edad. Clarisa no sabia qué era salir a jugar, ni siquiera cómo era un aula de colegio, todos los días se asomaba escondida detrás de las cortinas a observar. Jamás decía nada a sus padres, pero ese día al escuchar “al pasar la barca” se perdió su mirada entre la cuerda y los pequeños pies de aquellas criaturas saltando con tanta alegría, no pudo contener las lagrimas. “No eres igual a ellos” -le dijo su madre, mientras la tomaba del hombro y la llevaba en silencio a la sala de estudios para que tomara la lección del día: “Lee la página 131”.

-¿Estas?- -teclea Clarisa en el computador. - Si, no he podido dormir -responde su contacto. -Te he buscado estos días ¿dónde has estado?-. Me mandaron de urgencia a España-. -¿Por eso no te has conectado?-. Te dije que era como tú-, ¿aún no me crees?.- Mientras nuestros encuentros no sean como hologramas… aun tengo mis dudas-. -Linda, ya nos podremos ver… ya verás.

El estado del comunicador virtual de su contacto aparece como desconectado, Clarisa suspira pero no se desconecta. Abatida, sus brazos lacios quedan paralizados al costado del cuerpo.

“No quiero leer” -con un tono de disgusto cierra el libro con fuerza, lo comprime contra su pecho dando señal de que nadie se lo puede arrebatar. “Tú no eres como ellos Clarisa, entiéndelo” -a pesar de sus cortos cinco años, no lo entiende, mira a su madre con furia acumulada y exige desafiante más detalles. “Eres…” -silencio incomodo- “Tú eres un ser humano puro, ellos son tan solo hologramas, imágenes enviadas a través del ciberespacio” -dice al fin su madre abatida, mientras el brillo de sus ojos se desvanece en la oscuridad.

Ella no se despega del computador. Desea que Guido se conecte. Ha estado años buscándolo. Esta vez cree que lo ha conseguido, a sus veintiún años lo ha logrado.
-Hija, creo que ya es tiempo que sepas como ocurrieron los acontecimientos-. Clarisa bordea las rodillas con ambos brazos, sentada en el suelo frente a sus dos padres.

En el año 2010 las personas perdieron toda fe. Ellas ya no se tocaban, no se veían. No escucharse entre sí, fue la enfermedad que se generó dentro de un caos colectivo esperando el fin del mundo. Algunos creían que la tierra cambiaria la polaridad y con ella vendría una gran catástrofe universal. Al ver que su Dios cristiano no los salvaría de dicha desgracia, terminaron convirtiéndose en seres débiles y vulnerables. Los Raelianos con sus adelantos, tomaron una fuerza y poder hasta hoy incontrolable. Los pocos católicos que existieron en la última época fueron exiliados a Roma, el único lugar, y casi extinto, donde existen personas devotas a esta creencia. Los que se quedaron en Chile, casi todos creyeron fuertemente en la ingeniería genética y en los Raelianos, llegando a pensar que ellos eran los únicos seres perfectos como los Elohim y que deberían ser solo ellos los que se perpetuaran en el gobierno. Se obsesionaron por la clonación. Hasta que un día apareció Rupert Sheldrake con una máquina que cambiaría la historia de Chile y el mundo.

En la pantalla aparece una ventana de conectado, era Guido que había vuelto a la red. Ella sonríe. Se preguntaba si él era capaz de sentir la misma emoción cada vez que se encontraban a través de la pantalla.

La maquina de “Campos Morfogenéticos” la trajeron ellos justo en el momento en que las personas depositaron toda su confianza en la creación de clones y seres de otros planetas. Todos pensaron que al acabar el año 2010 la única forma de salvarse era aceptar dicha máquina. El primero de diciembre todos los chilenos se acercaron voluntariamente para ser escaneados y formar parte de la base de datos. Menos tus abuelos, Clarisa, ellos se escondieron junto a un grupo de personas que no querían ser parte de esta locura y bien que lo pensaron. Al tiempo, todos los que no habían ido ese día de diciembre fueron perseguidos, atrapados, torturados y mutilados, nadie supo más de ellos. Sin embargo, los Raelianos han escondido esta realidad a todos sus asquerosos clones. “No entiendo ¿qué hacía la máquina? ¿Qué tiene que ver con los hologramas que transitan por la ciudad cada día?” -preguntó con interés.

Al escanearse, tu cuerpo se vuelve no material, pudiendo manipular esa información mediante la resonancia mórfica y moldear el desarrollo y comportamiento de todos ellos. Se han vuelto máquinas sin sentimientos que son controladas por los altos mandos.

<> -sin despegar la mirada de la pantalla, ansiosa, espera ver alguna palabra desplegada. <>.

Esa tarde venía de conseguir un poco de comida en los suburbios de Santiago. Había sido tarea difícil, pero lo había conseguido con algunos hologramas que traficaban ese tipo de especies. En la ranura inferior de la puerta vio un reflejo. No era una luz normal dentro de la casa. Se quedó un rato esperando en las afueras y no logró aguantar su curiosidad. Se tiro al suelo para mirar por debajo de la puerta. Vio unos pies luminosos. Sintió unos disparos. Desconcertada, aterrada, se escondió bajo las escaleras. Esperó con los ojos llenos de lágrimas a que se fueran.

Abrió la casilla de correo. Ahí estaba la dirección de Guido. Se duchó, arregló, delineó sus ojos, se aplico lápiz labial. Estuvo varios minutos mirándose en un diminuto espejo. Sigilosamente subió las escaleras del sótano, salió sin que nadie la viera. Caminó hacia el metro. Logró escabullirse entre los hologramas que orbitaban los vagones. Se sentó en una esquina, sintió un hielo subir desde la punta de los dedos, se estremece, trata de perder la mirada en el oscuro túnel.

Esos horripilantes hologramas salían por montones desde la casa. Después de los disparos se había quedado inmóvil en un rincón temblando de la impresión. Pasaron varios segundos antes de atreverse a salir de ahí. Trago saliva y entró a la casa. Había sangre derramada por doquier, sesos pegados en la pared, cráneos quebrados, ojos abiertos, blancos. En la mano de su madre la fotografía ensangrentada de Clarisa. Tanto fue el impacto de la sombría escena que su mente sucumbió como una pesadilla devorada peor que un cáncer.

Sube las escaleras del metro, camina por las calles solitarias del devastado Santiago. Una ciudad llena de escombros, casas a medio reconstruir, tambores encendidos. Clarisa los mira, recuerda que esos tambores aparecieron como forma de mantener el equilibrio entre los vivos y los muertos, para mantener alejados las almas errantes de quienes fueron exterminados. Ella por un tiempo quemó dinero falso por sus padres fallecidos, se entristece, ya no lo hace.

Mira a su alrededor, quizás está en un barrio donde habitaban seres humanos puros. Así se lo explica ella, mientras camina insegura. Al menos eso pretende creer. Vacila en cada paso y los recuerdos se apoderan de su mente como película enferma. En unos pasos más estaría frente a la puerta de Guido. Su andar se vuelve lento, inseguro. Llega, ahí está. Duda, vacila.

Toca el timbre. Silencio. Pulsa nuevamente el botón. Se estremece. La puerta se abre pero nadie esta detrás de ella. La empuja, no ve a nadie. Moja sus labios, suspira, se arma de valor y entra. Queda perpleja. El piso de la habitación está inundado de cables negros, blancos, rojos y amarillos amontonados unos sobre otros. No sabe donde pisar, pero avanza entre ellos con escalofrío lúgubre. Al final del pasillo, hay trece computadores. Se aproxima. Escucha ruidos metálicos. Mira, busca. Ahí esta Guido. Se horroriza. Ahí esta con la tapa del cráneo abierta con electrodos incrustados, manos y pies con placas eléctricas. Era un obeso mórbido, asquerosamente repugnante, con los ojos blancos como si viajara en alguna onda paralela, botando espuma por la boca incesantemente como si quiera hablar, pero no le alcanzaba ni siquiera para balbucear. No era el único. Los aparatos restantes constaban con “usuarios” de similares características. Verdaderamente repulsivo. Clarisa se contiene para no vomitar. Ruido ensordecedor. Se tapa los oídos consternada. De pronto, inmensos y espeluznantes hologramas entran al departamento, toman fuertemente los brazos de Clarisa. Había llegado su turno de ser escaneada.






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PÁGINA FINAL DE REVISTA N° 2