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domingo, 27 de febrero de 2011


Revista del Círculo Literario de Maipú

Nº 6 - Febrero de 2011


Enrique Dario Lamas - Julio Abel Sotomayor
Osvaldo Mora - Palmenia San Martin
Roman de la Parra - Gladys Abarca
Connie Tapia - Patricia Franco
Alberto Perez - Raul Tapia y
Rolando SalasCabrera

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¿Recuerdas?


                                                                         Connie Tapia Monroy


¿Recuerdas aquel lugar donde solíamos empuñar las canciones en nuestras manos, saborear el sucio sonido de la guitarra eléctrica, aspirar el humo del cigarrillo ajeno, beber esa botella de ron que pasaba de mano en mano? 
¿Recuerdas que aquellas canciones nos encontraron, cuando buscábamos alimentarnos de nuevos sonidos? ¿Recuerdas ese día que por primera vez nos miramos? saqué un mechón de cabello que molestaba tu rostro, esa fue la primera vez que mi mano rozó tu piel. ¿Recuerdas que muy cerca niños jugaban y gritaban, era un día de verano, febrero exactamente, te regalé un libro con hojas de roneo, era un libro barato, de mala calidad, con poemas y cuentos en el interior también de mala calidad, sin embargo tu lo recibiste con alegría, se suponía que cambiaríamos un tape o un CD, sin embargo a cambio de eso te di un libro de mala calidad e igual sonreíste y como agradecimiento me regalaste el primer beso? ¿Recuerdas que desde ese día ya no dejaste de llamarme?

¿Recuerdas que a los pocos días estabas aterrorizado? decías que solo éramos amigos, que ella aún estaba en tu corazón, yo te dejé tranquilo con tus recuerdos, me fui de viaje por largo tiempo y al volver aún era tu amiga, siempre fue así, una amiga que solo querías proteger, siempre repetías que tu misión era cuidar a la dama blanca del bosque. ¿Recuerdas cómo me acurrucaba atemorizada en tus brazos? ¿Cómo podía dormir con mi cabeza apoyada en tus piernas?

Recuerdas la primera película que fuimos a ver juntos, el primer helado, la primera barra de chocolate, la primera canción. ¿Lo recuerdas? Recuerdas aquellos poemas que deposité para ti en el buzón de correo en sobres de color. Esa fue la vez que logré que me miraras nuevamente y creo que esta vez ya no fue solo como amiga.

Recuerdas el viaje a Isla Negra, donde nos sentamos por horas en las rocas frente al mar, donde en silencio observábamos las olas romper junto a nuestros pies, mientras unas tímidas gotas de sal caían en nuestros rostros.

¿Recuerdas cuando una llamada telefónica cambió nuestro destino y decidimos estar juntos para siempre? Que peculiar forma de hacerlo, siempre te costó mirarme a los ojos, incluso para las decisiones importantes, sin embargo eso jamás importó. No pasó mucho tiempo después de ese episodio y en un pequeño cuarto comenzó la historia más importante de nuestra vida, solo tú y yo en nuestro universo. Nos amábamos, eso era lo importante.

Faltaron muchas cosas, faltó el trabajo, el dinero, pero no importaba, eso era lo de menos, ya que día a día nos amábamos más y más.

Aunque no sé realmente que pasó al transcurrir el tiempo, no lo sé. No recuerdo exactamente cuando mi cama se quedo vacía y no sé realmente si ese día tomé o no mis maletas o simplemente decidí seguir. Creo que tampoco recuerdas el día en que me llamaste Nora por primera vez y comencé a vivir en la Casa de Muñecas. 

Pincelada de existencia con anécdota




Julio Abel Sotomayor Campos


     En la ciudad de Santiago de Chile a mediados del siglo veinte, en el mes de agosto del año mil novecientos cincuenta y dos, una mujer de extracción humilde ingresa a un hospital con síntomas de parto acompañada por su segundo hijo, de diez años, para dar a luz su séptimo hijo. Además de sufrir los inevitables dolores del parto, aquella mujer, pensando de dónde va a obtener el alimento para otra boca que se agrega a su ya numerosa familia, padece de un gran sentimiento de culpa por traer a esta vida un hijo no deseado. Así aparecí por éste mundo un día diez y seis.

     Me pusieron Julio Abel, nombres de los abuelos y con los que bautizaran al hermano que me había precedido, fallecido a los pocos meses de vida. Mis dos hermanos mayores son varones y las tres siguientes mujeres, por lo tanto, a excepción de los primeros años de infancia, en que jugaba con la menor de las mujeres, hubo una distancia con ellos que perduró hasta cuando fui un hombre casado y nos juntábamos regularmente junto a nuestra madre cuando estaba con nosotros.

Mi niñez se deslizó recorriendo el cerro San Cristóbal, ya que vivíamos a sus faldas por el lado de Valdivieso y era nuestro patio, o bien, en otras ocasiones, chuteando una pelota contra la pared mientras escuchaba desde la radio encendida de un vecino las canciones de la nueva ola gringa, Paul Anka, Ray Charles, Brenda Lee, Ricardito, The Platers, Chuck  Berry, Frankie Lane, etc. Más adelante, los domingos asistía a la matinée  a ver wester norteamericanos, películas mexicanas. También en el cine Gardel, que estaba ubicado en la calle Valdivieso con Tres Norte, pude ver grandes películas con insignes actores y actrices de aquellos tiempos que me mostraban un mundo fascinante hacia el cual me evadía en mis largos momentos de soledad.  No recuerdo el numero de la escuela, ubicada a pocas cuadras de nuestra casa, pero sí el nombre de mi primer profesor, Don Heriberto Pacheco Jara, un hombre alto, delgado, semi calvo, de rostro bondadoso. En definitiva creo que fue él quien motivo mi interés por la lectura y la escritura que tanto me ha apasionado durante toda la vida, con esas composiciones que nos hacía escribir para el día de la madre, del carabinero, etc. , y las historias de Pedro Urdemales que leíamos.

     Posteriormente nos cambiamos a la comuna de Barrancas (hoy Cerro Navia) donde me matricularon en el Liceo San José. Empezaba entonces a  cursar el primer año de humanidades. En el segundo semestre, un día lunes que nos tocaba educación física, como no tenía el equipo de gimnasia que exigía el colegio, nos fuimos con otro compañero al cine que estaba cruzando la plaza Garín. A pesar de haber obtenido un excelente promedio en el primer semestre, el segundo fue un desastre. Frustrado por la falta de cuadernos y otros implementos, que en cierta oportunidad solicité a mi padre quien me mandó a freír monos, y como las clases eran en la tarde, me puse a trabajar en el almacén que estaba al lado de nuestra casa, en la calle Roma de la Población Italia.

     A las seis de la mañana salíamos con Don Víctor, mi patrón, a la Vega. Antes de terminar el año escolar abandoné el colegio y después de un tiempo de ser explotado por el vecino, comencé un deambular por diferentes oficios hasta que, estando por cumplir diez y seis años, ingresé a trabajar en un edificio del centro de la capital como aseador-ascensorista donde me mantuve hasta que me tocó cumplir con mi servicio militar el dos de enero de mil novecientos setenta y dos en el regimiento Coraceros de Viña del Mar. El veintisiete de septiembre de ese año me otorgan la baja, que había solicitado al ejército, y el día veintiocho nos casamos con Gladys quien esperaba a nuestra primera hija.

     En diciembre de mil novecientos setenta y dos, mi jefe en el edificio donde había vuelto a trabajar después de salir del ejército, me consiguió un puesto como auxiliar en una institución financiera. Como el sindicato de la empresa, en aquellos tiempos los sindicatos tenían fuerza, implementara un centro educacional aprobado por el Ministerio de Educación para regularizar los estudios del personal que así lo quisiera, me matriculé y, aunque después vino el golpe militar con todas sus nefastas secuelas, el sindicato destruido y con ello el centro educacional, de todas maneras terminé la enseñanza media completa y el año mil novecientos setenta y siete egresé del Liceo Nocturno Nº 14 Manuel Luís Amunategui.

     Posteriormente intenté seguir en la Universidad, donde estuve un año, pero las responsabilidades del hogar ya con tres hijos y del trabajo en donde, gracias al hecho de haber terminado la educación media se me había promovido a la planta administrativa y tenía la posibilidad de seguir ascendiendo, me hicieron desistir y concentrarme en el trabajo y participar en todos los cursos de capacitación que me convocaran. Siempre que entraba en una aula y aún hoy, es inevitable para mi no recordar mi primer día de clases.

     Yo estaba muy entusiasmado con la idea de ir a la escuela, sin embargo, el día que llegamos con mi madre y entramos a esa construcción inmensa, donde en una sala sombría me esperaba un señor a quien nunca había visto, quise salir arrancando inmediatamente. Fue inútil que me sujetaran, me rogaran, me amenazaran. El pobre Don Heriberto quedó con sus canillas delgadas llenas de hematomas con mis feroces puntapiés. No hubo caso. Logré desprenderme de las manos que me sujetaban y salí corriendo. Llegué hasta la casa de una abuela vecina donde me quedé toda la tarde. Ese día la abuela frió en una sartén grande unas sabrosas sopaipillas que le vinieron muy bien a mi estómago, por esos tiempos siempre medio vacío.

     Volví a mi casa entrada ya la tarde con susto, pero luego, como nada me reprocharan, me serené. Mi madre se hizo le desentendida, me sirvió un resto de sopa que engullí muy tranquilo y después me fui a la cama. Al día siguiente no pasó nada y pude seguir con las andanzas solitarias recorriendo el San Cristóbal. En la mañana del tercer día después de mi rebelde actitud vi aparecer una pareja de carabineros. Luego de conversar con mi madre se acercaron hacia donde me encontraba. No dijeron nada, fue mi madre la que hablo por ellos diciéndome que ellos decían que si no asistía al colegio tendrían que llevarme a la comisaría.

     Por la tarde entraba a la escuela, en donde siempre me sentí feliz.



Biografía




Gladys Abarca Villa


Mi nombre es Gladys Concepción, afortunadamente mi primer nombre es Gladys, el que mi madre defendió, ya que mi padre, católico ferviente, quería que me llamara Purísima de la Concepción.

Creo que ese hecho hizo que fuera toda mi vida una agradecida de mi madre, porque ella , una mujer que nació a principio del siglo XX, época en que la mujer no discutía las decisiones de los hombres, fue capaz de defender el futuro de su hija. ¡Gracias madre!
El tener un nombre yanqui tal vez fue lo que me dio personalidad. Desde mi época de estudiante participé en todo tipo de organizaciones; fui dirigente estudiantil, en un club deportivo, en un equipo de gimnasia, y en los aniversarios de los colegios, dirigente del show de las festividades.

Cuando me enamoré como a los 18 años, convencí a ese joven un poco tímido, aunque siete años mayor, que lo mejor que podía hacer con su vida era casarse conmigo, de eso hace ya más de 56 años y aún está a mi lado aunque creo que más de una vez se ha arrepentido.
Tengo tres hijos que son mi mayor orgullo, ellos ya tienen su vida formada pero siempre están cerca de mí, formamos un clan en el que están yernos, nietos, bisnietos, etc.
Desde que me casé, planifiqué mi vida y siempre pensé que nada en este mundo podía impedir cumplir mis metas. Pero no contaba con que a veces se desatan fuerzas malignas externas, poderosas, que nos hieren y destrozan todos nuestros planes. Fue un 11 de septiembre donde cambió mi vida, tuve un giro que ni siquiera en mis peores pesadillas lo vi, de pronto estábamos cesantes y con tres hijos en edad escolar.

El miedo pasó a ser el pan de cada día en nuestro hogar, fuimos allanados, nuestra casa casi destrozada, retirados nuestras cédulas de identidad, golpeado mi hijo, yo insultada, el delito cometido fue ser parte del gobierno derrocado.

Mi esposo y yo habíamos ingresado al Partido Comunista, allá por el año 60. considerábamos que un gobierno que favoreciera a las mayorías, defendiera las riquezas naturales del país, le daría mejores condiciones de vida a todos.

En estas condiciones, organicé mi vida lo mejor que pude, crié pollos, conejos y patos, empezó un desfile a la casa de compra de joyas, lo último que desapareció  fue mi argolla.

En ese estado estaba cuando aparece un compañero de partido que me propone hacer un viaje a Lota, me pagarían pasaje y un pequeño sueldo. Mi tarea era recoger un sobre en una casa y volver a Santiago. Sin pensarlo mucho, acepté. Partí el día indicado en un bus llevando poco equipaje, en el trayecto repasaba la historia que debía contar si por alguna razón fuera interrogada; el miedo me aguijoneaba el estómago pero estaba dispuesta a jugármela para salir airosa.
Llegué a Lota de madrugada, una leve llovizna mojaba las casas y mostraba con más crueldad la pobreza del pueblo.
Para no llamar la atención, tomé una liebre que me llevó al pie de una escalera que desembocaba en el cementerio.
Al empezar a subir, noté que era con pequeños descansos y un poco asimétrica. De pronto me volvió a la memoria la escalera de mi infancia.
Yo nací en Valparaíso y viví hasta los doce años en el cerro Bellavista, el ascensor que tenía para subir estaba detrás de la iglesia del Espíritu Santo que daba su frontis a la plaza Victoria. Me afirmé de la baranda y me puse a llorar, me veía bajar corriendo las escaleras al lado del ascensor, para llegar a la hora al colegio.
Mi padre me daba los centavos que valía el pasaje, pero yo bajaba las escaleras todos los días y el dinero lo usaba para comprar un pan de huevo que vendía una señora en la puerta del colegio.
Esa escalera era igual que la que estaba pisando en ese momento, pero las condiciones eran ¡tan distintas!

Creo que es la única vez en mi vida que me he cuestionado, ¿Qué hice de malo? ¿Dónde erré mi rumbo? Aún recuerdo la llovizna, la escalera y las lágrimas corriendo por mi cara.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero sé que al seguir subiendo ya tenía claro que si debía sobrevivir así, lo haría lo mejor posible.



Veraneos


    



    Patricia Franco Muller

   Cuando se tomaba la decisión de salir a veranear a la costa, los días transcurrían más rápidamente, llenos de expectativas y afanoso trajín. 
El bus partía lentamente de su paradero en la parte baja de la ciudad, hasta enfilar con nuevos bríos hacia el llamado Camino a Melipilla, luego Av. Ramón Freire, donde podían observarse a ambos lados de la carretera unas pequeñas viviendas, mitad inferior de ladrillos y mitad superior de madera, pareadas, provistas de un reducido jardín, que yo reconocía como “las casitas de enanitos.” Me preguntaba cómo sería vivir en esas casas, tan alejadas del centro de la ciudad y con tan poco espacio para darse vuelta. Me habría horrorizado conocer dónde estaría ubicada y cuánto más pequeña y miserable sería mi casa 65 años después.
   
      Llegando a Melipilla, el bus se detenía por un largo rato, mientras era asaltado por las vendedoras vestidas de blanco que voceaban sus comestibles: dulces chilenos, pan amasado, huevos duros y unos emparedados de ave. Según aseguraban los entendidos, los hacían de tiuque.
   
      El lugar elegido para los veraneos de todos los años era un balneario tranquilo y con cierto aire eclesiástico, que se llamaba apropiadamente Las Cruces. Lo de eclesiástico era porque los habitantes del sector alto se autodenominaban “Vaticano” y los de la parte baja “Quirinal” (o viceversa). Si mal no recuerdo, una de sus habitantes era Juanita Quindos de Montalva,  amiga de mi abuela, y quien propiciaba la artesanía local consistente en figuras diversas formadas por conchitas barnizadas: pájaros, pingüinos, perros, bailarinas, etc.

     Llegando desde Cartagena, se podía apreciar una pequeña laguna, llamada “de los patos” (ahora laguna El Peral) donde se observaban gran cantidad de patos y cisnes salvajes. No se permitía la construcción de viviendas en los alrededores para no molestar a las aves. Ahora, las viviendas han ido cercando cada vez más la laguna hasta que quizá terminen por ahuyentar a sus primeros habitantes plumíferos. Pasando la laguna comenzaba el balneario de Las Cruces con algunas casas en la calle junto a la playa, calle que iba subiendo hasta llegar a la parte central donde se ubica la Playa Chica. Desde la parte alta, la visión de la tal playa era muy prometedora, las olas se formaban parejas y previsibles, el color amarillo de la arena contrastaba con los verdes y azules del agua, hileras de oscuros pinos descendían en el extremo norte. Pero abajo era otra cosa. La arena era muy gruesa y se incrustaba dolorosamente en los pies desnudos. Entrar al agua no era fácil; las olas golpeaban con fuerza y rechazaban todo intento de aproximación. La playa era bastante profunda y sólo lo pasaban bien los buenos nadadores. A mí generalmente me aplastaban las olas o me cogían y me lanzaban al borde y tenía que retirarme completamente derrotada a lugar seguro donde sacar las pequeñas piedras incrustadas en las rodillas. Además había tanta gente que apenas se tenía espacio para extender una toalla. 

     Pero había otras playas en dirección a El Tabo donde era muy agradable ir por las tardes y recorrerlas, regresando después de la puesta del sol. El primer paso era llegar a la llamada Punta del lacho, que era un pequeño promontorio de rocas que se adentraba en el mar. Antes de llegar a él, bordeando la costa, la erosión había formado en la arena endurecida montañas y desfiladeros en miniatura que era muy trabajoso recorrer. Me imaginaba ser un gigante en el Gran Cañón del Colorado y recorría toda su extensión por puro gusto, ya que había otros senderos que evitaban tanto esfuerzo. Al llegar a la punta, se debía bajar un sendero algo empinado de polvo y arena suelta, fácil en la bajada y agotador al regreso. El encanto de esas playas más lejanas residía en su escasa popularidad; apenas se veía gente. Sólo en Guaylandia se divisaban pequeños grupos haciendo gimnasia en la playa o jugando bajo la dirección de algún monitor. 

     Alguna variedad en los paseos lo constituía el arrendar un caballo y hacer el mismo recorrido en forma más descansada. Las bestias iniciaban la ruta con muy pocas ganas; cuando enfrentaban una subida o bajada algo pronunciada se detenían en seco, echando las orejas hacia atrás con aire de protesta, como indicando que los esfuerzos extra no estaban contemplados en su contrato de trabajo. En cambio al regreso sufrían una increíble transformación: alzaban el cuello dirigiendo las orejas atentamente hacia delante, levantaban garbosamente las patas que hasta hacía unos minutos casi arrastraban y hasta se permitían un relincho de entusiasmo; entonces había que refrenarlos para que no se lanzaran a una carrera suicida en busca del anhelado descanso. Podía ser que pudieran quedarse ociosamente sin hacer nada mientras mordisqueaban el pasto, pero también se daba que, tan pronto llegaran a puerto, ya había otro cliente en espera de su paseo y la función empezaba de nuevo para el pobre animal. Ese comportamiento hacía recordar a los humanos que no se trataba de una máquina, sino de un esclavo obligado a trabajar, pero que se reservaba el derecho a expresar su opinión.


     Permanecíamos generalmente hospedadas en la Residencial Uribe, en compañía de mi abuela, mi tía Maruja y su marido más el perro del momento. En compañía de este último se emprendía por las tardes el paseo a las playas más lejanas. Y así transcurrían los días sin altibajos hasta que llegaba el momento del regreso a Santiago y me comenzaba a doler el estómago. Partía el bus por la tarde y el comienzo del viaje tenía cierto encanto al disponer de un par de horas sin recibir instrucciones de nadie. Pero a medida que el sol se ponía y llegaba la sombra a los áridos cerros que anunciaban la capital, una gran tristeza me invadía, como si la soledad y desamparo del paisaje se me hubieran metido adentro. Y esa sensación no era nueva, se había comenzado a manifestar mucho antes, cuando era llevada de vuelta a la casa después de jugar en una plaza, por ejemplo. El ingreso a casa era como una garra opresora en la garganta, todo me parecía feo y desolador. Esa especie de alergia doméstica tardó en disiparse. Sólo al regresar al departamento de Bustamante, ya en la edad madura, me parecía agradable y acogedor. 
Claro es que para contrarrestar el efecto de los maléficos espíritus del retorno, llevaba cassettes especiales en el auto, catalogados como “música de tarde” y que incluían melodías frívolas y engañadoramente escapistas. Pero sea cual sea el camino de regreso a Santiago, los accesos son terriblemente feos, fríos, miserables, sucios, deprimen el alma y huelen a tango. 

     El único camino feo y sórdido que tenía su cierta gracia, era el acceso al poniente en la carretera Norte-Sur, en las cercanías de la siniestra calle Placer, donde, luego de vueltas por calles grises y deprimentes, aparecía un letrero esperanzador y evocativo “AL ORIENTE POR PLACER”. Al verlo me volvía el alma al cuerpo, en el viaje de regreso a Maipú. Quizá haya otra manera de abrir el alma cerrada a esas viviendas tan desoladoras y sería el poder penetrar mágicamente en ellas y conocer a sus habitantes y su vida. Creo que podrían perder así parte de su sordidez. (O aumentarla, considerando que todo lo malo puede empeorar). Ahora, si miro con ojos ajenos el barrio donde actualmente vivo: lejos del centro de la ciudad, junto a un cementerio pobre, frente a una funeraria, calles llenas de basura, muros rayados, botillerías con vinos malos en cada cuadra, rebaños de perros miserables, cumbias a todo trapo a la menor provocación, gente mal encarada, caminando sin gracia, siento que el asunto es para enterrarse. Pero supongo que todos sienten lo mismo, porque nadie vive en un lugar así por su propio gusto, sino simplemente por su propia falta de presupuesto. 
Mal de muchos ..