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sábado, 28 de mayo de 2011

EL VIAJE




Julio Abel Sotomayor Campos


Despertó antes de lo habitual, sin necesidad del despertador, relajado, con buen ánimo y, como ocurre cuando se ha dormido bien, su mente estaba totalmente en blanco. Permaneció un rato más en la cama con los ojos abiertos, de espaldas mirando el cielo de la habitación, luego se levantó y fue a la cocina para dejar calentando la cafetera mientras tomaba una ducha. Tarareando la canción que se escuchaba a gran volumen en la radio, disfrutaba del agua tibia cayendo sobre el cuerpo, proporcionándole un agradable placer. Siempre cantando, después de terminar el baño, fue a vestirse poniendo gran esmero en aquello y una vez que estuvo satisfecho con su atuendo, volvió a la cocina para preparar un café y revisar mentalmente su itinerario mientras saboreaba el estimulante brebaje, acompañado de unas galletas dulces.

La brisa fresca le esperaba afuera para acariciar su rostro en esa clara mañana. Como era temprano, aún no se congestionaban las calles  y no tuvo dificultad en abordar un transporte hasta el Terminal donde tampoco sufrió la fastidiosa fila de otras oportunidades para adquirir su pasaje: –Asiento veintiuno al lado de la ventana- pidió. No estaba disponible. –Bueno, no importa, dame el veintidós- solicitó. Regularmente viajaba sentado al lado de la ventana mirando el paisaje o bien cerraba los ojos y se dejaba atrapar por el sueño para escabullir a los viajeros parlanchines. Sin embargo, ahora sentía ganas de conversar.

Una sensación rara y casi imperceptible que a veces ronda en nuestro subconsciente, como si esperásemos algo que nos va a suceder, un acontecimiento extraño, le provocaba cierto grado de ansiedad mientras aguardaba el momento de partir. Con ese sentimiento y el bolso colgado en el hombro se dio unas vueltas por el recinto esperando que el bus se instalara en el andén, las manos en los bolsillos, silbando distraído, mirando la portada de revistas y periódicos, sumergido en su propio mundo sin percibir el agitado ir y venir de las personas que pasaban con prisa por su lado. Consultó por enésima vez su reloj y estimó que era el momento, por fin, de ir a tomar su lugar en el bus.

 Camino hacia el andén percibió un exquisito aroma que le obligó a detenerse para dar vuelta y descubrir una esbelta figura de cabellera negra cruzando presurosa y que luego desapareció en el tumulto sin permitir que pudiera ver completamente su cara. Dejó subir a todas las personas mientras permanecía mirando a su alrededor, envuelto todavía por aquel aroma. Ya no quedaban más pasajeros que abordaran el bus  ni maletas para guardar, el vehículo esperaba con su motor en marcha; el auxiliar le invitó a subir. Arriba del bus, desde su asiento, ella le miró un instante y luego se volvió hacia la ventana. Aquella mujer, de una belleza tal que sobrepasaba lo que imaginara, emanando la fragancia de aquel exquisito perfume, con esa cabellera negra, larga y brillante cayendo sobre sus hombros, ella, viajaría a su lado.

Un cosquilleo recorriendo su estómago no le permitía tomar una posición cómoda en el asiento. Sin atinar a decir algo, cualquier cosa para intentar una charla, trató de leer. Por un buen rato se esforzó por concentrarse en la lectura sin conseguirlo, le era imposible manejar el impulso de mirar de reojo a su compañera. Inquieto se movía en el asiento con regular frecuencia, como un enfermo, incapaz de controlar los movimientos de su cuerpo. Ella miraba, indiferente, el paisaje iluminado por un sol radiante en aquella hermosa y fresca mañana sin nubes en el cielo. Al fin cerró la revista, se acomodó lo mejor que pudo, hundiéndose en el mullido asiento tratando de ocultar su agitación.

-¡Que hermoso día!, ideal para viajar –la escuchó decir. –Ah, ah…sí- respondió, confundido, tratando de disimular su sorpresa y de actuar con naturalidad ante la mujer que le miraba con unos ojos tiernos donde se reflejaba una expresión de amistad. A partir de ese momento se desató entre ambos una espontánea y  fluida conversación. Empezaron por confidenciar el paradero y motivo de sus viajes descubriendo la simpática coincidencia de tener ambos la misma ciudad de destino. 

Él era ingeniero comercial y trabajaba como auditor en una institución bancaria. Tenía bajo su responsabilidad las sucursales de esa zona del país. Viajaba regularmente para auditar las oficinas a su cargo. En ocasiones como ésta por ejemplo, viajaba en forma imprevista, pues se sospechaba que un funcionario estaría adulterando la contabilidad interna y de algunos clientes, desviando esos dineros hacia una cuenta relacionada con una amiga o amante, no estaba claro, el caso es que este empleado manejaba esos fondos que ingresaban por diferentes medios y en gran cantidad en dicha cuenta. Su misión, esta vez, era efectuar una revisión de la contabilidad para determinar si efectivamente existía una apropiación ilícita del patrimonio, tanto del banco como de los clientes.

Ella era modelo y vivía en la ciudad a la cual se dirigían. Regresaba de la capital luego de haber participado en un desfile de las últimas creaciones de un prestigioso diseñador internacional y de haber estado en algunos canales de televisión como invitada en diversos programas estelares. También ella necesitaba revisar sus cuentas después de un largo tiempo fuera de la ciudad y lo primero que haría sería visitar a su contador para que le informara sobre la marcha de su negocio: una academia que preparaba mujeres jóvenes y agraciadas para ubicarlas como promotoras en supermercados y grandes tiendas entre otros servicios-.

Poco a poco la conversación se fue relajando, como si fueran viejos conocidos. Hablaron de actualidad, temas cotidianos, música, cine, comidas, la infaltable farándula televisiva, y otros, hasta derivar en asuntos más personales e íntimos. Entonces, sin ponerse de acuerdo, espontáneamente, uno pensando en la oportunidad, la otra pensando en el destino,  comenzaron el juego. Así fue como él, expresándose con gran convicción, destacaba las cualidades de la mujer: su delicadeza, conocimientos, seguridad y por sobre todo su belleza. La sensualidad de su boca, la luminosidad de los ojos, su espectacular cabellera. Ella sonreía coqueta, pero serena, dominando sus impulsos, dejándose querer; esperando para saber hasta dónde era capaz de llegar el hombre. Necesitaba seguridad antes de mostrar sus emociones.

Ese grato encuentro les había hecho muy ameno el viaje que estaba a punto de concluir. El breve silencio que se produjera al percatarse la pareja del poco tiempo que les quedaba para compartir, fue roto por la mujer. Sorprendiendo al hombre le propuso que almorzaran juntos, evidentemente él aceptó. Luego de bajar del bus y ponerse de acuerdo en la hora y el lugar se despidieron con un tímido beso en la mejilla.

 Minutos antes de la hora acordada la mujer esperaba impaciente, mirando cada vez que sentía el vaivén de la puerta hacia la entrada del local, hasta que por fin apareció el hombre.  Como en el reencuentro de dos seres que han estado juntos mucho tiempo y que el destino, por alguna razón, ha separado, se estrecharon en un largo, emocionado y tibio abrazo, que luego, al separarse, concluyó con beso entre mejillas y labios que hizo padecer al hombre un estremecimiento, un fluir acelerado de la sangre. Aprovechando un breve silencio provocado por la presencia del mozo que anotaba los pedidos, lograron controlar la ansiedad y poner en orden sus emociones. Apenas éste se retiró, con gran interés  la modelo preguntó al ejecutivo por los resultados de la auditoria –Nada-, contestó, -todo está en regla. La dueña de la cuenta es una exitosa mujer de negocios, el empleado la ha atendido muy bien y ella le ha entregado toda su confianza para que él coloque su dinero en los fondos de inversión que sean más rentables. Hasta el momento el funcionario no se ha equivocado y no creo que lo haga porque es muy criterioso. Éste es un típico caso de celos profesionales, la acusación de un empleado envidioso del éxito de un colega avalada por una mujer despechada, la cajera de la sucursal, a quien, el funcionario cuestionado no ve nada más que como una colega a pesar de sus atrevidas y descaradas insinuaciones-. –Ah… que bueno, no sabes cuánto me alegro por ese hombre- dijo ella agregando algo más que él no pudo percibir, porque ya la mujer levantaba su copa de aperitivo para brindar por la gente honesta y por ellos, por este tan singular y oportuno encuentro.

 El aperitivo y el vino con el cual acompañaron el almuerzo los desinhibieron y dio rienda suelta, sin timidez,  al juego de la seducción. Cada frase, ya fuera de ella o del él, expresaba una admiración mutua, destacando virtudes y cualidades físicas. Terminaron de comer y se quedaron largo rato charlando divertidos, riendo de cualquier cosa, acariciándose las manos entrelazadas hasta que el silencio les devolvió la gravedad a sus rostros y ambos parecían estar reflexionando, tal vez, en lo fugaz que son esos momentos. El reloj anunciaba que debían volver a sus propias vidas, a la rutina de cada cual.

Salieron abrazados del lugar y caminaron así por las calles del pueblo, en silencio, lentamente, como si cada paso les llevara a un camino que se partía en dos, donde, inevitablemente, tendrían que seguir  su propia senda. Era allí, justamente, donde ninguno de los dos quería llegar. De pronto la mujer se detuvo, se volvió hacia él y acarició su rostro, el hombre no se pudo contener, la atrajo hacia su cuerpo y apretó sus labios en la boca de la mujer que parecía esperar con inquietud aquello, dejándose besar, totalmente entregada. -Este es mi departamento- le dijo una vez que recuperó el aliento y le invitó a entrar. 

La puerta se cerró dejando afuera espacio, tiempo, obligaciones. Adentro, el deseo contenido se desbocaba como un huracán azotando con furia esos cuerpos estoicos y desafiantes, dispuestos a sentir en la piel, en los huesos, en el alma, aquello que la imaginación estuvo premeditando durante el tiempo que duró el viaje. Acariciándose ansiosos buscaban la cama. El hombre abría la blusa de la mujer haciendo saltar los botones, mordía su cuello, sus hombros, ella, extasiada, se dejaba poseer exclamando, -amor, mi amor…

-Señor, Señor…, estamos llegando- La voz del auxiliar lo despertó. –Está bien-, respondió, medio dormido aún y avergonzado al notar que su compañera de viaje lo miraba como ocultando una sonrisa que no podía reprimir. El bus se acomodaba lentamente en el andén mientras él, observando a la mujer repasaba su sueño y ponía en orden su cabeza. Ella sabía que era observada por aquel hombre, algo en su mirada le atraía también y se sentía halagada. Detuvo un taxi, luego de acomodarse en el asiento clavó los ojos en el ejecutivo, que no apartaba de ella su mirada, le regaló una dulce sonrisa y alzó su mano en un gesto de amistosa despedida. Él dejó caer su bolso para responder y así estuvo, con la mano alzada, hasta que el vehículo desapareció en una esquina cercana.








LIRA Y THERESA






                              

Eran las diez de la noche y todas las habitaciones del edificio se veían sin luz a través de sus ventanas exteriores. Por los pasillos internos aún circulaban asistentes y auxiliares. Afuera, en los campos y prados conformados por pequeños huertos de plantas y flores, se escuchaba el sonido de  ramas  agitadas por el viento, el croar de las ranas en sus diminutos charcos, el chirrido de los grillos jugando a las escondidas ,el canto de algún pájaro nocturno y el exquisito aroma perfumando la desparramada noche de los huertos florales.

Lira se había recuperado lo suficiente como para pasar a la segunda etapa del tratamiento que consistía en cultivar su propio jardín floral terapéutico; allí se enseñaba lo básico relacionado con jardinería y el valor que se le asignaba en la recuperación de los pacientes psiquiátricos. De lo que se trataba finalmente era que cada residente se reflejara con el crecimiento y mantención de su huerto, en su propia reconquista como personas y esas flores preciosas que ayudaban a crecer, echaran raíces en sus almas como en una perfecta simbiosis purificadora. Este tratamiento duraba hasta que la propia interesada consideraba que su sanación estaba completa.

Theresa llegó al Centro de Convergencia de Medicina Natural y Floral con una buena fama de escritora y arrastrando una depresión post parto porque durante el embarazo, el ser que ocultaba en su vientre le había desnutrido su cacumen creativo, como decía. Más adelante le contó a Lira que como ella, también tiraba un problema sentimental y carnalmente se sentía violada y abusada.

El ambiente terapéutico se colmaba de confesiones de mujeres atropelladas y espiritualmente atormentadas, no importaba la edad – la mayoría eran jóvenes – ni la condición social, cultural, económica ni su pasado. La enfermera que las atendía con sus brebajes de medicina natural repetía al verlas ingresar al recinto como delicadas muñecas de trapo: - Padres, hermanos, hijos, esposos, amantes ¿hasta cuándo torturáis a vuestras mujeres?

Lira, en las noches luchaba contra los malos recuerdos que la impulsaban a volver atrás. Una noche en que el sueño estaba a punto de desaparecer, se levantó y fue hasta donde la enfermera para que le diera una poción para dormir y cuando volvía a su cuarto por el pasillo semioscuro, se equivocó de puerta y entró en la habitación de Theresa que estaba sentada en la cama revisando unos papeles. Lira, muy abochornada, le dijo:
-Perdón, me equivoqué de puerta. Tuvo la intención de salir inmediatamente, pero Theresa alcanzó a decirle:
- Espera, no te vayas, hace días que quiero hablar contigo, qué bueno que entraste, veo que llevas tu bebida somnífera; eso es señal de agobio. – Sí, respondió Lira, a veces despierto en la noche con la angustia de revivir el pasado que me trajo hasta aquí. – No me extraña, afirmó Theresa y tengo entendido, de acuerdo a lo que dice el médico, que en la medida en que avanza nuestra sanación, más nos acosarán los demonios del pasado. Theresa la invitó a sentarse a su lado y Lira le preguntó qué hacía con esos papeles. – Son cosas que yo he escrito y que ahora no recuerdo haberlo hecho. Lira dejó el vaso en el velador y descuidadamente tomó un papel y dijo – ¿Puedo?, recibiendo un delicado – Si.
Al poco rato de lectura comenzó a llorar; Theresa le retiró el papel de las manos abrazándola, ambas lloraron como almas gemelas. Hablaron durante toda la noche, de la infancia, la adolescencia, sus deseos, amores, fracasos y alegrías. Cada una relató con detalle su primer gran amor y su pasión sexual y descubrieron que las dos habían sufrido el mismo fracaso por culpa de un amante que padecía de eyaculación precoz. Recorrieron parte de sus vidas como adultas, enredadas en la trampa de un matrimonio que se vino abajo cuando el ser que amaban se sacó la máscara y se convirtió en mitad macho y mitad bestia.

Theresa y Lira desde esa noche fueron inseparables, participaban de las terapias, trabajaban en el cultivo de sus huertos, charlaban paseando por los prados primaverales y se detenían bajo un aromo; Theresa le hablaba de sus proyectos literarios y finalmente le decía: - Tú me inspiras con tu perfume de tierra fresca, dulce y gentil. Se abrazaban y el contacto de esos dos pechos solitarios quedaba palpitando como algo impetuoso y vívido en el cuerpo de las dos mujeres.

Una tarde en que todas las internas jugaban – bajo un sol generoso – a tirarse agua corriendo y riendo de un lado para otro, Theresa tomó las manos de Lira y jugaron con ellas a tomarse, apretarse y acariciarse  sus alegres caras y tomadas de las manos se sentaron bajo el familiar aromo, cada una secó sus manos en el vestido de la otra, rozando sus piernas; de repente, el juego transformó sus caricias y miradas. Ambas descubrieron en sus pupilas lo que habían ocultado como un secreto deseo prohibido y un beso rápido, como un pensamiento de ternura y pasión, juntó sus labios, un ardor trémulo de mariposas atrapadas inundó el corazón de las dos mujeres; una mezcla de sueño alucinante y transparente recorrió sus sentimientos y una ardiente e insondable sensibilidad las arrebató como una inmensa ola de agua vegetal.

En este episodio me viene a la memoria la hermosa rehabilitación de nuestra mente y espíritu. El bello trabajo de cultivar flores fue la gran fuerza que nos permitió abandonar aquel centro con una nueva felicidad creativa y en medio de esa convivencia, nosotras sembramos la semilla que enraizó dos almas y dos vidas. Ambas habíamos sido arrastradas por un torrente de ultrajes que nos trizó la conciencia y nos quebró el amor. En ese estado de miserias, agonías y depresión caímos en el pantano de la nada y después de una larga caminata sobrevivimos del inconsciente y descubrimos que en el fondo del pozo brillaba, enceguecedora, la lámpara del amor.

Ahora con la firmeza y claridad que nos prometió el tiempo pasado, puedo recordar, escribir y describir episodios abominables, sobre todo relatar aquellos momentos terribles en los cuales la angustia me dictó conceptos y palabras enajenados.

Por ejemplo, recordar que yo me encontraba vacía, sin amor y sin nada bueno que evocar, como una vagabunda que no tiene adonde dirigir la mirada. El tiempo y mis dolencias empezaron a ser mis aliados y mi determinación irrevocable y firme, por última vez y en un acto de perfecta cordura, dejé entrar en mi casa y en mi cuerpo a ese despreciable y perverso ser que había transformado mi existencia y que decía llamarse hombre. Esa acción sería el final de una mala historieta de abuso y violación.

En el inicio de esa función postrera, le dije: - En este epílogo mi sexo permanecerá oculto en la cárcel de tus golpes y fabricaré un cuento mientras fornicamos, pero tú no prensarás mi cuerpo con tu saco de corrupciones; esta última vez seré yo la que te cubra con mi jardín de espinas que ha cultivado para esta ocasión y atraparé tu pene con los pliegues de mis calles solitarias y jugaré a clavarte con mis púas candentes
como las que me han herido cuando tú jugabas a dañarme. Cuántas veces, yo y mi vagina sangrábamos mientras tú acababas con la demencia de un macho cabrío. Ahora mi vagina será tu corona de tortura y no podrás ocultarte en tu maquinaria de fabricar miedos, engaños y traiciones, porque para siempre quedarás entre el placer y la agonía como en una pesadilla de troncos quemados. Ésa será mi venganza, que será la venganza de millones de vaginas que han sido desgarradas, humilladas, sometidas y obligadas a permanecer calladas y fingir millones de orgasmos para no destruir tu decadente, gastada y patética virilidad. Y cuando te duermas oculto en tus fracasos, yo armaré mi propia alegoría  y te narraré el comienzo de tu final dentro de mi alma y dentro de mi cuerpo.

Ocurrió en un pequeño espacio donde la magia del lugar hacía florecer todo; allí nos abrazamos y fue como la fusión de cuatro lunas de rojo terciopelo y nos transfiguramos y fuimos dos Evas; la primera mujer inviolada que se entregó al amor por el amor y una mezcla de jardín del Edén y árbol afrodisíaco surgió de las pieles, indicando el camino púrpura que lleva hasta el manantial donde nace la flor del huerto. Y seguí por el abecedario de la lírica nupcial y extasiada de tanta expresión dorada, escribí el primer beso sobre sus labios de pálido cuaderno y ella sonrió con la primera risa inaugurando nuestro ideal de sexo literario y de pronto, las dos fuimos jardineras plantando nuestro diálogo en el texto de la pasión.

Las mujeres hemos fallado en el intento de soportar plenamente tu sexopuñal que nos penetra con el ímpetu de cactus demente, dejando las carnes abiertas de par en par por donde escapan el deseo, el placer y el amor, quedando solo el dolor. Nunca aprendiste ni nadie te enseñó a cuidar y labrar el capullo de la magia de la ilusión.

Esta vez me nutriré con tu propia maldad y te digo: hoy no necesito de ti. Te usé hipócritamente y fingí como tantas otras veces, redactar la leyenda de esa fornicación en la cual yo arrebaté tus intenciones, tus ideas de macho derrotado y mientras me movía recuperé el terreno de la poesía femenina que me usurpaste y violaste con tus torpes caricias de aprendiz de lector atrasado y cuando ofendías mis intimidades atropellando mis pudores con tu lápiz sin pasta, buscando lo que buscan los perros salvajes. Has injuriado mis páginas interiores con el vómito y suciedad de tu espíritu amargo. Destrozaste el icono sagrado que habitaba en mi cuerpo y dejaste como símbolo de tu profanación, una gran mancha deshonesta y letras agonizando.

EPÍGRAFE

En un tiempo pasado, sin fecha exacta, Theresa le preguntó a Lira: ¿Cuidarás y amarás a mi hija? – La cuidaré y la amaré como si yo la hubiera engendrado y yo la hubiera parido – contestó Lira a Theresa.

Rhenán Vilas

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