domingo, 12 de agosto de 2012

ROSAS DE OTOÑO


Melania Tello Romero

           
            Señores, ustedes me piden que confiese, que diga la verdad. No tengo nada que
confesar: ¡Amaba  a mi esposa!

            No recuerdo cuándo  empezó  a  molestarme su presencia:

Si fueron las rosas de otoño que exagerada  ponía en todos los floreros.
La costumbre de introducir el dedo en el frasco de mermelada y lamerlo.
El crujido de sus dientes en las tostadas con mantequilla.
El color púrpura de su bata.
O la mirada de  perro faldero cuando besaba su mejilla.

            Juro decir la verdad.  

            Las rosas  me provocaban alergia, el color de la bata me recordaba momentos ingratos de mi niñez, los continuos viajes al dentista y las habituales riñas callejeras que siempre terminaban con la nariz rota. Y lo más terrible, el accidente de mi mejor amigo.

            No puedo asegurar si fueron todas o sólo una de ellas, lo que motivó mi rechazo.

            Pensé en una separación…por algún tiempo. Luego deseché la idea, quería evitar los comentarios. Las personas especulan mucho ante estas cosas.

            Soy un hombre pacífico y no tengo instintos criminales.

            ¿Dicen que fue por intoxicación?  Nunca tomaba pastillas.

            Las mujeres son intuitivas. Tuvo que darse cuenta de mi actitud. Si no besaba sus labios al despedirme era porque el “rouge”dejaba un sabor desagradable en mi boca.
Nunca le reproché eso,  tampoco le dije que me molestaba que fumara en la cama.

            ¡Lo soporté…lo soporté! y  no miento.

            Espero que su mortaja haya sido la bata púrpura y su urna rodeada de rosas.
No pude acompañarla; me sacaron inconciente del dormitorio. Y ahora  estoy ante ustedes acusado de un crimen.
           
-¿Señor Suárez sufre usted de alergia?
-Sí, a las rosas
-¿Tomaba pastillas para este mal?
Sí, lo hacía.
-¿Ese día antes de irse a su trabajo las tomó?
-Creo  que sí
-¿Cree o está seguro?
-Si, las tomé…las tomé
-¿Su esposa estaba presente cuando lo hacía?
-Por supuesto, desayunábamos en ese momento.
 Todo era tan confuso, ya no soportaba tanta presión.
La casa estaba invadida de rosas, el olor me asfixiaba; era horroroso ver tantos dedos en el frasco de mermelada, parecían reptiles entrando y saliendo.
Todos mis huesos crujían al ritmo de sus dientes. Ella lucía el fatídico color púrpura: la cara, el pelo, toda la casa pintada igual… todo…¡Todo!

            -¿Y fue en ese momento que usted perdió el control, vaciando las pastillas en su taza?
Sí lo hice… Lo –Hi –Ce.
-Señor  Suárez,  ojalá tome conciencia de  lo que hizo y se arrepienta de ello. Usted incurrió en él más grande de los delitos.  Atentar  contra la vida.
Por lo tanto esta “Suprema  Corte” lo condena a consumirse en el fuego eterno por  privarse de la vida…Su Vida señor Suárez.


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